Esta es una historia publicada el cuatro de mayo del dos mil seis, no sé bien si en el blog EL PUTO JACK TWIST, o en A RAS DEL SUELO, o en UN ANGEL. No estoy seguro. Sólo sé que fue increíblemente buena. Curiosamente, mientras lo releía y lo medio adaptaba a la forma en que veo el mundo (y que me perdone el autor de tan maravillosa historia), me fui encariñando con Ennis del Mar, un tipo al que nunca le he tenido mucha paciencia. Sin embargo, el cuento, me hizo verlo bajo una luz nueva. Y vamos a estar claros, los que vimos la película y nos enamoramos de Jack Twist, debemos entender que para este tipo debió ser el infierno conocerlo, tenerlo, amarlo y perderlo. Por ello me costó incluirlo aquí, perder a Ennis también duele; realmente pensar en eso, me llenó de nostalgia y tristeza. En fin, aquí va el relato; a propósito, en un comentario enviado por el cuento, alguien también hizo una bonita aportación que incluyo aquí.
ENNIS DEL MAR HA MUERTO

Al fin la paz…
Cuando abrí los ojos no sabía lo que había ocurrido, o que hubiera ocurrido algo, simplemente me sentía diferente. Mejor que siempre, mucho mejor a decir verdad: podía erguir la espalda, la pierna dejó de molestarme, la mirada estaba mejor enfocada y sentía la mente despejada, clara, como hacía mucho tiempo que no la tenía. Mi boca estaba limpia, sin el agrio regusto a cerveza o vomito de la noche anterior. Intenté concentrarme porque todo me parecía extraño, no era como despertar de un sueño de repente, o soñar que se está despierto. Ahí estaba yo, de pie, erguido, vestido y mirando al suelo, pero sin saber cómo había hecho todo eso. ¿Desperté en medio de la noche mientras dormía?
Lo más curioso es que llevaba mi viejo y apolillado sombrero calado en la frente, uno que tenía años de años sin ponerme. De hecho… creía haberlo perdido, porque la última vez que lo usé sobre mi cabeza, de cierto y lo recuerdo bien, el frío y poderoso viento del Oeste barría unas montañas altas, y alguien, de voz riente, había gritado que tuviera cuidado que el sombrero se me iba. ¡Magia! El sombrero había regresado por arte de magia, y yo creo en ella; en esas montañas hubo un ser de esos, mágico, que hizo de ellas y de mi vida, por un tiempo, un Paraíso en la tierra…
“¿De dónde saliste, viejo sombrero?”, me pregunté, quitándomelo de la cabeza y sosteniéndolo contra mi pecho. Por alguna razón mi corazón latía con más fuerza, y eso fue antes de darme cuenta finalmente de la camisa que llevaba puesta. Allí estaban esas conocidas manchas secas, oscuras, de sangre. A mis ojos volvieron las viejas y familiares sensaciones, era como si alguien hubiera dejado caer vinagre en cada una de mis pupilas. Las lágrimas acudieron, como siempre, como años atrás, cuando ella me dijo por teléfono… (¡y aún no cumplía cuarenta años!). El mundo perdió firmeza, volviéndose borroso a mi alrededor, cubierto por ese llanto que volvía con la misma fuerza de siempre, como si el dolor fuera nuevo, como si el dolor acabara de llegar y no pensara marcharse jamás: murió… murió en un estúpido accidente.
Estuve un rato así, cubriéndome el rostro con las manos intentando contener todo aquel llanto. ¿Fue un accidente realmente? ¿Sólo eso, amigo mío? ¿O te vigilaban? ¿Sabían ellos de ti, ojos azueles, y te despreciaban demasiado? ¿Te golpeó una palanca en un tonto accidente? ¿O te siguieron a través del campo, con risas, con odio, hacia una cañada, siempre hacia la maldita cañada? ¿Pensaste en mí en ese momento? ¿Sonreías todavía, como siempre hiciste, aún cuando sufrías? No, no debía seguir así, ¿por qué me hacía esto? ¿Por qué me torturaba así? ¿Hasta cuándo duraría esto? Pero no había respuestas. Nunca las había para mí.
Al fin me serené un poco y recorrí todo dentro del trailer con mis nuevos y nítidos ojos. Joder, parecía que llevaba años deshabitado. Nadie se había molestado en sacudir todo el polvo y la arena que el viento del desierto colaba a través de cada rendija. Para colmo de males, la ventanilla de la cocinita estaba abierta de par en par y la arena entraba a mares a través de las cortinas que revoloteaban. Poco a poco la arena lo cubría todo, el suelo, los rincones, los muebles, la cama…
“La cama… ¡Santo Dios!”
Bajo aquella colcha de cuadros, vieja, había un bulto cubierto hasta el cuello, un cuerpo humano con el aspecto delgado y despatarrado de un muñeco roto y abandonado. ¡Soy yo! Si, estaba convencido, pero no sentí tristeza, ni pena, sólo… desconcierto y sorpresa, mucho más de lo que había sentido en los últimos años. Sin duda estaba muerto, la piel tenía un color extraño y parecía haberse encogido en torno a las mandíbulas, mostrando los pocos dientes que me quedaban. Por si aún quedara alguna duda por desvanecer, una mosca grande, azulada, voló irrespetuosamente y se posó en mis labios abiertos, luego sobre mi afilada nariz, donde comenzó a frotarse las patas, divertida, sin que aquel Ennis del Mar hiciera el menor gesto por quitársela de encima.
“No hay duda, estoy bien muerto”, me dije sin pasión, sin interés; sin embargo, una poderosa oleada de autocompasión se hizo presente, de forma avasalladora. Allí estaba yo, muerto, solo y abandonado a merced de los insectos. ¿Cuánto tiempo llevaba allí, así? ¿Es qué nadie me había echado de menos en la taberna o en el viejo rancho? ¿Ni siquiera mi hija Alma? ¿Se iba a convertir el maldito trailer en mi gran ataúd metálico por los siglos de los siglos? Y de pronto sentí miedo, ¿y si debía quedarme allí, mirándome abandonado para siempre en ese trailer cerrado… como un castigo? Porque así había vivido mi vida durante las últimas décadas. Solo, siempre solo, sin que me importara nadie más, encerrado en mí mismo con la única compañía de mis recuerdos, unos pocos alegres, muchos no. Viví encerrado dentro de mi dolor, mi tristeza, mis nostalgias por todo el tiempo que perdí durante los mejores veinte años de mi vida. Mi Dios, ¿esta sería mi penitencia por haberme alejado de todos, aún de mi pequeña Alma y de Francine? ¿O era mi castigo por haberlo amado tanto a él, por haberme muerto con él ese día en ese camino?
“Que final tan triste, Ennis del Mar. Ni siquiera al final supiste morir con algo de dignidad. Dejaste que toda tu vida pasara y no enmendaste tus errores. No supiste buscarlo y decirle que lo amabas. No te disculpaste con Alma, la que fue tu mujer. No les dijiste a tus hijas cuánto las querías, aunque no pudiste amarlas más o ser un buen abuelo, o uno más feliz, porque estabas triste porque él murió un día en un camino, y estaba solo cuando pasó. No le dije a mi gente que no pude vivir, que no tenía fuerzas para seguir, porque sólo podía llorar al que se fue. Se te fue la vida y no hiciste nada por pactar con el dolor, con la soledad, con la vida. Pudiste seguir queriéndolo, llamándolo cada noche, mojando con tu llanto de viejo tonto y ridículo tu almohada, agradeciéndole a su recuerdo el materializarse como una sombra en los rincones, pero también disfrutar de tu familia, de tus nietos. Pero ahora es tarde”.
Esta vez no lloré como un momento antes, tan sólo volví a cerrar los ojos y me pregunte: “¿ahora qué? ¿Debo sentarme y ver pasar la eternidad? ¿Es mi castigo, Dios, por todo lo que lo quise? ¿Ahora debo pagar todavía más por aquel pecado infame? Sí es así, perdóname, Señor, pero tampoco Tú me la hiciste nunca fácil. ¿Puedo pensar en los tiempos felices a su lado, Señor? ¿Me quedarán esos recuerdos por lo menos?”
Descubrí, en ese instante, que el tiempo no transcurre igual cuando uno está muerto, porque aunque me había parecido sólo un parpadeo, de pronto la mortecina luz que entraba por el ventanal había desaparecido. Todo estaba a oscuras, había anochecido. Me pareció mejor, la cruda realidad se difuminaba en sombras difíciles de reconocer, y una suave luz plateada que supuse provenía de la Luna hacía parecer todo más hermoso.
-Sal fuera, Ennis del Mar. –me sobresaltó un susurro que venía de mi interior, pero también parecía provenir de todas partes. Por un momento pensé que era mi propia voz, aunque no lo creí del todo, porque el tono era mucho más amable y amigable del que suelo emplear conmigo mismo.
Creí percibir un poco de cariño y afecto en aquellas palabras, como si alguien muy bondadoso comprendiese en toda su extensión mi agonía, y mi temor ante un castigo más allá de mi muerte. Esa voz parecía indicarme que era el momento al fin de curar tantas heridas, de encontrar paz, de descansar. Me fue imposible negarme a obedecer aquella suave orden y casi sin mover los pies llegué hasta la puerta, la abría sin ruido y salí al exterior.
“Ay, Dios, yo conozco este lugar”, pensé. El suave aroma de los pinos y el aire fresco de la noche golpearon mi rostro de una forma tan real que me resultó difícil aceptar que realmente estaba muerto.
-¿Ves la luz, Ennis? Camina hacia la luz.
“Mierda”, pensé. “¿Así que todo es así, como lo describen en los programas de la tele? ¿Algunos recuerdos del pasado, un túnel oscuro y un viaje siguiendo la luz? No, coño, no quiero ir hacia la puta luz. No quiero encontrarme con Dios. ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Pretende que le confiese mis culpas, mis pecados? ¿No los conoce ya? ¿Qué quiere que diga? ¿Qué pida perdón por aquel a quien amé tanto, o que le de las gracias por este amor, o quiere decirme que todo fue sólo mi culpa? Si le pregunto por su muerte, ¿me dirá por qué coño tuvo que irse así, dejándome atrás para llorarlo cada noche? No, no quiero decirle nada. No quiero asistir a mi juicio; no será justo, Dios no fue justo nunca conmigo. Debo alejarme de aquí. Debo alejarme de la maldita luz”. Todo eso lo pensé con miedo, con rabia, con otro temor aleteando en mi mente: “¿y si en la luz están mamá y papá y me preguntaban qué cochinada hice de mi vida?” Hubo un largo silencio.
-Joder, hijo de puta, camina hacia la luz. –rugio una voz, una con un tono nuevo, uno diferente, pero familiar. La verdad y la comprensión por fin estallaron en mi cabeza, y fue como una explosión de luz blanca y pura.
-No… no puede ser… -fue todo lo que pude susurrar.
Con la respiración agitada, busqué. Miré de un lado a otro hasta encontrarlo: un tenue resplandor anaranjado entre las ramas de los árboles. ¡La luz! Y eché a correr hacia ella como un loco, con miedo de estarme engañando, con miedo de que fuera sólo otra ilusión, una prueba más. El corazón lo tenía en la garganta, impidiéndome respirar, palpitando con fuerza, y las lágrimas, otra vez las malditas lágrimas, me corrían a mares por las mejillas, mientras gimoteaba como un niño que sale de un bosque oscuro donde se creía perdido y condenado para siempre y de pronto ve una vereda y al final de ella a una persona amada esperando, llamándolo a la vida nuevamente. La amargura de tantos años, las penas, las noches de desvelo viendo pasar los fantasmas parecían irse diluyendo, quedando atrás, se me olvidaban. Salí a un claro y me detuve en seco, sin aliento.
Vi una tosca construcción tipo un techo sobre cuatro maderos que servían de pilares, donde dos caballos parecían dormitar sobre el heno. Vi una rústica cabaña levantada en medio del claro. Frente a la vivienda había una hoguera que chisporreaba con fuerza. Y allí estaba alguien agachado metiendo leña al fuego, un carajo de espaldas anchas, de camisa azul, con un sombrero tejano. Sentí temblores por todo mi cuerpo porque yo conocía bien aquellos hombros que había tocado a placer, reconocía el lustroso cabello negro que asomaba bajo el sombrero, en una nuca en la que había enterrado mi rostro muchas noches al dormir, en otra vida. Ese sujeto se volvió y vi unos ojos que iluminaron la noche toda y que me miraban con franca sorpresa, con alegría intensa.
-Por fin has legado, Ennis del Mar. Ya tenía el culo helado de tanto esperar por ti, vaquero. –sonrió, poniéndose de pie. Joven como lo fue cuando lo conocí. Magnífico como lo fue siempre en mis recuerdos.
-¡Jack…! Puto Jack Twist… -sólo pude gruñir, corriendo hacia él, con la mirada difusa otra vez, bañando el camino con mis lágrimas.
Lo abracé con fuerza, como jamás creí que podría abrazarlo otra vez. Mis brazos rodearon sus costados, mis manos atraparon su espalda y lo atraje. Nuestras frentes chocaron mientras decíamos mil vainas, y reíamos, y llorábamos. Ahora podía llorar ante él, ya no había miedo, ni al mundo, ni a mí mismo. Enterré mi cara en su hombro, en su cuello, y lloré todavía más, abrazándolo con desesperación, sintiendo su calor, su fuerza. Era el viejo aroma, el aroma que a veces me parecía imaginado y que me esforzaba por recordar. Pero no, era su olor, mis labios podían percibir su sabor. Dios mío, ¡era el Cielo!, ¡estaba en el Cielo! Dios había permitido que llegara, me habían franqueado la entrada. Estaba allí…
Y nuevamente me asusté, porque sentí como Jack se movía y temí que se alejara, pero no, sólo buscaba mi boca con la suya. Boca a cuyo encuentro corrí, hundiéndome en ella, sin aliento, sin fuerzas, pero sintiéndome vivo y poderoso al mismo tiempo; notando mis carnes dura, la piel caliente, las ganas a flor de piel. Y entre besos mordelones, miradas y caricias, choques de frentes, narices y de manos que tocaban, Jack me fue contando su historia, y fui enamorándome todavía más, maravillándome de que tal cosa fuera posible; pero claro, ¡estaba el Cielo…!
Él se había estado preparando desde cierto tiempo atrás para mi llegada, sabía que pronto estaría ahí y quería estar listo. Estuvo dormido, no recordaba más, despertó y encontró ese paraje hermoso. Y algo le dijo que debía construir un hogar. Desde ese día se dedicó a eso, a nuestra casa, una cabaña humilde pero cómoda, con una chimenea y un gran mueble acogedor, al frente. En los estantes de la cocina no había frijoles. Un solo dormitorio fue levantado, con una gran cama, solo una, donde dos personas podían descansar, pero sobretodo buscar compañía, amor y satisfacción. Era una cama donde yo podría dormir abrazado a él durante toda la eternidad, oliéndolo, tocándolo, besándolo, y cada día sería como el anterior, sin cambios, sin sorpresas, sin sobresaltos, quietos en la tierra de no pasa nada, y el Paraíso duraría para siempre. Los dos caballos habían pasado por ahí, y ahí se quedaron, y él les hizo un cobertizo primitivo, con heno, agua y todo. La cabaña estaba cerca de un cristalino y ancho arroyo, que cantarino, se mostraba lleno de truchas. Había árboles y montañas, coyotes y búhos, praderas, flores y cielos azules e inmensos, pero no hacía frío. Esta vez sin frío, por fin un lugar cálido para vivir juntos.
-La espera ha sido larga, vaquero, pero ha valido la pena. –me dijo al final, mirándome con sus ojos grandes, llenos de amor, de picardía, de deseos.- Ven, Ennis, dame esos besos con los que tanto hemos soñado. Tócame como le has pedido al Cielo poder hacer cada noche desde que me fui. Estoy aquí, Ennis, soy yo, tu Jack, el puto Jack Twist…
Julio César.
……….
La historia termina casi con una posdata del autor, y una exhortación final que habla del gran cariño que también él siente por los dos hombres de la historia; aquí la transcribo literalmente: No sé si Dios me fulminará con un rayo divino por esta imagen del Paraíso, porque en este punto en el que acaba el cuento Ennis y Jack están a punto de hacer el amor frente a ese fuego. Pero sí creo que Dios representa precisamente ese Amor, debo creer que todo ocurre de este modo, y que los dos vaqueros al fin juntos se aman por toda una eternidad (o dos, porque tratándose de Amor con mayúscula a veces una eternidad no es suficiente), de manera que… Que Dios los bendiga por siempre…
NOTA: Esta adaptación la hice en mi otro blog el año pasado, mucho antes del mal momento de la muerte del chico australiano. Este cuento me gusta, como me gustan CABALGATA, FRONTERAS, ANTES DE LA DESPEDIDA Y UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUÉS, pero ahora me parece más intenso. Debe ser por su partida.
-Voy por una muela y quiere que me quite la ropa…
-Ay, chica, estoy tan contenta. –sonríe la enflaquecida mujer, pálida y amarillenta, a la enfermera del servicio de neumología.- El doctor dice que me ve mucho mejor. –y tose de forma agónica, profunda, como si fuera a quebrarse por dentro. O a salírsele un pulmón.
-Hummm… ¿te dijo eso? Siempre es igual, querida. Los médicos se ven acosados por los pacientes en el pasillo y a todos le dicen, con una sonrisa grande y optimista: yo te veo mejor; y eso cuando el pobre paciente ya está entubado, con los ojos blanquecinos y frío como un cadáver.
-Ay, señora…
……
-Dígame, enfermera, ¿cómo amanecieron los pacientes? –pregunta el internista, bostezando todavía, asomándose a la sala de hospitalización sin entrar, como temiendo un contagio.
-Bien, doctor. –informa ella; él se vuelve sorprendido, sin terminar de ponerse la bata.
-¿Amanecieron todos vivos? –está realmente asombrado.
-Así es, doctor, y no sólo eso, hay tres que parecen mejorar con el tratamiento que les indicó.
-¡¿Qué?!
……
La joven, marcador en mano, entra al sanitario de las enfermeras a colocar lo que piensa de la zorra de la supervisora. Allí lanza un alarido de rabia. Alguien se le había adelantado. Beatriz, otra joven enfermera, entra y se detiene a su lado, leyendo el letrero y viendo el marcador en sus manos. Lee en voz alta:
-“Cuidado con la puta de Alicia si traes a tu marido”. –se vuelve hacía la otra.- Pero ¿tú eres loca, Alicia? ¡No pongas tu nombre!
Julio César.
NOTA: Otro escrito del grupo de DIVAGANCIAS.
Dulces privilegios…
La hermosa mujer, en su atrevido traje de baño, pensaba que su acompañante aún se veía muy pálido. Él parecía distante, notando a un grupito que los mira.
-Estúpidos muchachos, desearía que dejaran de mirarte de esa forma. Es obsceno. –suena el malestar en su voz.- Están devorándote con los ojos.
-No te alteres, no están molestándome.
-¡A mí sí! Seguro que están deseando que un rayo me fulminara y ocupar cada uno de ellos mi lugar junto a ti.
-No exageres. Seguro te miran es a ti. Parecen algo… excitados.
-¡No! Es a ti a quien miran así esos muchachos babosos, Jake. Tú lo sabes, aquí, en la piscina, en el restaurante. –recalca ella, exasperada.
Julio César.
Toda investigación terminará sepultada aquí… en la grama.
Luisa Ortega, Fiscal General de la República, acaba de anunciar que iniciará una investigación sobre el Cilia-Gate, el affaire de la presidenta de Asamblea Nacional, Cilia Flores, quien anda muy molesta porque hay gente a la que botó para meter a sus parientes en la Asamblea, que salieron con el cuento de que familiares de ella entrevistaron a los nuevos empleados, rechazando a un gentío pero contratando a otros parientes (familia entrevistando a familia). Intrigas de gente mal hablada, dijeron que eran seiscientas personas (¿quién tiene tantos familiares fuera del patriarca bíblico Abraham?), pero ella aclaró que difícilmente llegaba a los cien; pero también, ¿qué tiene eso de malo o falto de ético? Para eso es revolucionaria, caramba. Ahora la Fiscal nos dice que investigará el asunto. Hummm… Cilia debe estar taaaaannnn preocupada. Pero quién quita y sí investiga, así desvía la atención de la periodista Patricia Poleo, la cual continua exiliada acusada de un planear un asesinato con un tipo, quien la delató, el mismo día que este sujeto estaba preso en Colombia. Parece que le inquieta que la crean sólo otro apéndice inútil de Miraflores. Doctora Luisa, por Dios, ¿quién pensaría eso de usted?
Julio César.
NOTA: Es de mi otro blog, el crudo.
Ahora son leyendas de amor.
Así como en nuestras vidas hay situaciones y personas que jamás podemos olvidar por mucho tiempo que pase, aunque al final evoquemos más nuestros recuerdos que la realidad, así pasa con Ennis del Mar y Jack Twist. Del Secreto en la Montaña el pedazo que me tocó, grande y fuerte, fue el dolor de vidas no vividas a cabalidad, a plenitud. Me dolió y asustó ver lo poco que se permitieron ser felices, aunque lo fueron, y mucho, estando juntos. A otros les encandiló ese amor que lo resistió todo; un amor que no quería pronunciarse ni ponerse nombre, pero ¿qué dudas caben para nosotros que era eso, amor? Siempre quedará el recuerdo de los dos jóvenes que descubrieron en lo alto de un monte que no era necesario estar solos, faltos de compañía o de cariño, que era mejor contar con otra piel, otra mirada, otra sonrisa.
También queda el afecto hacia Jake Gyllenhaal, aunque él, viviendo su vida como le guste, nunca llegue a saber de todas estas tonterías, de que hubo un necio en Venezuela que vio la cinta y aprendió a apreciarlo. Y como yo, muchos otros. No lo sabrá, pero a lo largo de los años uno seguirá alegrándose con sus éxitos, aplaudiéndolos, orgulloso cuando alguien diga lo bueno que es; sentiremos pena por sus fracasos, y esperaremos, y ligaremos, siempre por su felicidad. Y recordaremos al chico australiano, con dolor y afecto, con rabia y piedad. ¿Cómo olvidar a Heath Ledger, el hombre que prestó su cuerpo para que naciera Ennis del Mar? Heath siempre será Ennis, el tosco, el serio, el cerrado a la vida que un día descubre que no es necesario vivir sin afectos. Heath-Ennis, es (es, no ‘era’) alguien demasiado parecido a uno, y no únicamente en lo afectivo.
En fin, hay gente a la que no se olvida, ¿bien? Eso también va por ti, Juan Carlos Poli, mi amigo argentino. En verdad saber que leías de vez en cuando me animaba a seguir. Chao, amigos…
Julio César.
…aunque despedirme no quisiera.
Como dice la canción: todo tiene su final. Llevo casi un año escribiendo aquí. Parece más tiempo. Quise expresar algo, y saber si ese algo era de interés. Afortunadamente supe que sí lo era, al menos para tres o cuatro personas. Gracias a todas ellas. En todo este tiempo he recibido agradables comentarios que dejaron en claro que puedo escribir más o menos bien una oración larga. A pesar de eso, y aunque me gusta escribir, he sopesado si vale la pena o no continuar con este espacio, y creo que no lo vale. Hace poco descubrí el renglón de estadísticas y hay semanas donde siete u ocho personas leen algo. Tal vez entren por accidente, lean un poco, se molestan y salgan. Pasa eso mucho en el Internet. Es algo deprimente que parece viene desde el principio, he continuado escribiendo a pesar de todo por costumbre, porque es fácil subir las entradas y más fácil todavía accesar las imágenes, y porque me gusta habar de Brokeback, y de la gente a la que detesto; pero la verdad es que me deprimí. Casi un año es suficiente para saber que se fracasó, como una mala revista que gusta a unos cuantos pero no cubre las expectativas. Se ve patético sentarse una o dos veces por semana para enviar algo que nadie recibe, o no interesa. Voy a cerrar este portal y dedicarme más al otro, uno más cruel y crudo donde hablo horrores del gobierno, ese sí sé que lo leen más dada la cantidad de correos a favor y en contra que recibo. No se crean, me da algo de vaina terminar esta página, pero es lo mejor. Agradezco los comentarios que llegaron; espero que si alguien se decide e inicia su blog con este grupo, me avise, será divertido echarle un vistazo. Adiós y un abrazo a todos.
Julio César.
Balance de toda una vida…
Dime, ojos grandes, ¿qué puedes hacer si la persona que tanto te hace sufrir, quien llena tus noches de soledad y amargura, y tu vida de dolor, es también la única capaz de confortarte, levantarte, y brindarte paz y felicidad? Resistir, aguantar y continuar amando, ¿verdad, muchacho de rodeos?, hasta que la marea cambie y las aguas estén a tu favor… Como hemos tenido que hacer todos en algún momento de nuestra vidas, cuando tuvimos suerte.
Julio César.
No lo entiendo. La verdad es que no sé si ando pediendo facultades mentales, pero no lo entiendo en verdad. La tarde del día miércoles 2 de julio, yo me encadené después de las tres de la tarde a la televisión, estaba ocurriendo la noticia más importante y sensacional de los últimos días: aparecía Ingrid Betancourt; también los otros, pero el reflector estaba montado sobre ella. Yo escuchaba, miraba, casi sentía lo que esa gente estaba contando. Estaba tan contento que medio gimoteaba; buscando más comentarios me di un paseo por todos los canales nacionales y regionales que sintonizo, con y sin el DIRECTV, y todos, todos, estaban enganchados con la noticia. Bueno, no todos, los canales controlados por el Gobierno, que son muchos en su hegemonía mediática que no sirve porque nadie los ve (puro real botado), no se habían enterado, o al menos no lo transmitían. ¿Y cómo, si esa gente había sido arrebatada a la pobre narcoguerrilla por la fuerza, estaban todos vivos (nadie tuvo el detalle de caer del helicóptero), detuvieron a sus dos captores jefes, y Uribe había triunfado? Pobre Chávez, imagino que andaba de cama, igual que Rafael Correa. La mediocridad no tolera la eficiencia, eso hay que recordarlo siempre.
Como sea, desde ese momento quedé enganchado hasta bien pasadas las doce de la noche, me calé hasta los discursos y las ruedas de prensa. Yo mismo creí que me había excedido, pero luego escuché que esa fue una de las noticias más seguidas del país, ganadora de todos las rating, así supe que muchísima gente hizo lo mismo, quedarse despiertos para terminar de conocer cada detalle. Ah, pero no, no a todo el mundo le pareció que la cosa había sido buena y equilibrada. Hubo voces discordantes, gente inteligente y honesta… no eran. Se trataba de nuestra honorable Asamblea Nacional, la que es, dicha con orgullo por ella misma, roja rojita, esa que fue elegida con un ocho por ciento del electorado nacional (de 16 millones de votantes no concurrieron ni dos millones), de los cuales un tres por ciento eran votos nulos (y sin embargo allí se criticó un referéndum en Bolivia porque no había concurrido el cuarenta por ciento; lo dicho, son gente extrema… damente necia). En el honorable parlamento se criticó la forma círquense de dar la noticia, tachando, con una rabia verde, caliente y feroz, todo el rescate de los rehenes como un show televisivo.
Dios, ¡cómo les duele! Échense árnica que eso se hincha. Señores honorables parlamentarios rojos rojitos, cuando Chávez y la impía de Piedad iniciaron las conversaciones para la liberación de aquellos rehenes en diciembre, donde Chávez invitó a medio mundo, dio ruedas de prensas a diestra y siniestra, habló de ir a la selva por ellos, se llevó con él a Kirchner, a Sarkozy y a medio mundo porque iban a liberar a esa gente (Uribe no estaba, ese muergano sabía), hablando con lágrimas en los ojos de ese niño que luego le dio nombre a la operación, Enmanuel (¡para necios…!), contando incluso con don Oliver Stone, quien demostraba en la zona que el mundo del espectáculo es sólo eso, circo sin pan; y allí pasaron días en ese vacilón: que si hoy sí los liberan; no, que será mañana; que hoy no porque amaneció nublado; que mañana sí porque las runas dicen que será un buen día; hasta que Uribe, compadeciéndose de esa gente, dijo que no los iban a entregar porque no tenían al niño. Y ahí les cayó la gota fría.
Pero al punto, ¿no fue todo eso un circo? ¿No fue un show con bailarines, coro y público de utilería? ¿Por qué la Asamblea Nacional le hace eso a Chávez, por qué lo ponen en evidencia, a él que ya tiene tantas deficiencias? ¿Es justo acaso tanta maldad para con ese pobre hombre acogotado? De gente bruta pero gritona como Carlos Escarrá, quien decía ser abogado pero sabe de leyes lo que yo de física quántica, uno espera esos exabruptos, ese hombre no piensa, sólo hala mecate (dicho por la gente que lo conoce), pero ¿no había nadie que dijera dejemos eso así y pasemos agachados para que nadie relacione el rescate de esa gente con posibles datos encontrados en las computadoras de Raúl Reyes, o para que no parezca que nos duele que se los quitaran a la guerrilla, o que nos da tibiera que Uribe quedara como un tipo eficiente? ¿Era tan difícil? Sólo bastaba con cerrar la boca y simular que pensaban en otra cosa, así sólo se estuvieran pasando la lengua por un comillo.
Imagino que tuvieron que lanzarse en una de arrojar… caca, porque, como dije, demasiado público siguió la noticia, con esa felicidad desprovista de egoísmo de todo el mundo al saber libre a esa pobre gente, y se notó la diferencia entre un político como Uribe Vélez y uno como… Hugo Chávez; y de un ministro como Santos que puede unir verbo con predicado, en constaste con nuestro Ministro del Interior quien dice que cien muertes semanales no significa necesariamente hampa desatada e incontrolada. Pero debieron pensar en algo mejor, ¿verdad? Que alguien del gobierno de Chávez denuncie un show televisivo montado por otros, es como la mujer que habla de las coqueterías de una vecina díscola… en la cama con el amante mientras el marido anda trabajando.
Julio César.
-Yo también me lo pregunto…
Yo no entiendo. De verdad que no. Tengo muchos amigos ecuatorianos, el mejor seviche que he comido lo prepara una amiga, pero en verdad que yo no entiendo a esa gente. Hace ya unos meses el señor Rafael Correa, un político joven, nuevo, ex militar, agarró una tirria con Colombia, y Uribe, que nadie se explica. Este joven de mirada brillante se la tiene dedicada al presidente neogranadino de tal manera que, si se tratara de gente cercana a uno, lo haría sospechar a uno que ahí el odio y el amor confunden. Esas cosas pasan. El problema viene desde hace tiempo; Colombia detectó, ubicó, montó en la mira y destruyó un campamento de la narcoguerrilla colombiana, uno de los grupos más letales, las FARC, fuera de sus fronteras. Mató a un gentío y Rafael Correa montó en cólera. Y en ello, arrastra a buena parte de la sociedad ecuatoriana.
Pero señor, ¿usted no había dicho semanas antes que Ecuador limitaba por allí con la guerrilla? ¿Lo dijo o no lo dijo? Entonces, ¿qué carajos le importa a usted que Colombia haya entrado al territorio de la guerrilla y los matara como suelen asesinar estos a sus victimas como sabemos quienes vimos los caídos en el puesto fluvial de Cararabo aquí en Venezuela, en medio de la noche y por sorpresa? ¿Ah? ¿Qué carrizo le importa a usted esa gente? Lo desconcertante fue que muchas personas, diarios y militares parecieron enfurecerse también, y a todos ellos tengo que repetirles: sí, Colombia entró en el territorio de la guerrilla, poco antes de entrar a Ecuador, y los liquidó, ¿y qué? Lo que ahora ocurre es que se sostiene, dejando muy mal parada a toda la sociedad ecuatoriana, que eso como que no era, después de todo, territorio de la guerrilla. No, al parecer, ese territorio todavía era Ecuador. Entonces es cuando llegan las preguntas…
¿Por qué carajos la sociedad ecuatoriana como un solo hombre no le dijo al díscolo Presidente Correa: no, eso sí es Ecuador, señor Presidente, y usted no puede regalárselo a nadie? ¿Dónde estaban los magistrados ecuatorianos, y los políticos ecuatorianos, y los diputados y senadores ecuatorianos y los militares ecuatorianos, y la prensa ecuatoriana? ¿Cuántas marchas y protestas se armaron para defender el territorio? No, nada se hizo, se dio un consentimiento tácito (el que calla otorga, parece que jamás han oído de ello) y eso se convivió en territorio en reclamación. Claro, cuando Colombia desocupa y liquida a los peligrosos bandoleros, entonces se envalentonan; los militares y los políticos saltan con ojos destemplados, voces roncas y con lágrimas de arrechera… para que Colombia salga. Qué gente tan extraña, ¿verdad?
Yo lo veo así: como eran bandoleros peligrosos, se hicieron los locos, aterrorizados de las acciones que pudieran emprender y los dejaban hacer; y cuando un carajo con bolas como Uribe los liquida, saltan como matronas en velorio, exigiendo explicaciones y que salgan, pensando: “qué bueno nos quitaron ese problema de encima, ahora podemos cantar como gallos”. Claro, en la seguridad de que Colombia, un país serio no como el gobierno de la guerrilla asentada en ese punto, sí respetará las leyes. Como fuera, quedaron fatal, que mal se vieron. Por ahí hay quienes sostienen que Correa, a sabiendas, había entregado ese territorio, cosa inconcebible, es un ex militar que debería amar a su tierra como nadie, a menos que ame más el poder o el dinero y eso deje de importarle. Según este comentario, militares serios dejaron filtrar la información para que Colombia los ayudara a luchar contra estos delincuentes que en décadas pasadas habían sembrado dolor el suelo de Ecuador.
Recuerdo que en la OEA, durante la crisis de los chaflas (pura bla bla bla, y ni un enfrentamiento, qué gente tan poco seria), nadie le preguntó directamente a este señor: ¿sabía o no de los campamentos? ¿Por qué se les permitido asentarse ahí sin informar al gobierno colombiano? ¿Conspiraban juntos contra Bogotá? ¿Es un demócrata o un futuro pichón de dictador o de lacayo como ya señalan a otros? ¡Qué se defina…! O es perro o es gato, es paloma o es halcón, es molusco o es marisco. Entiendo que mucha gente pueda molestarse conmigo por esto, pero antes que me aclaren esos puntos y luego se les escuchará.
Como sea, el gobierno ecuatoriano no desea levantar cabeza; con la aparición de la señora Ingrid Betancourt, perdieron una buena oportunidad de quedarse callados, pero no, por el contrario, un alto funcionario, Javier Ponce, dijo: es una lástima que los hayan liberado… (hizo una pausa, tal vez para tragar o tomar aire, pero se vio raro) por medio de la violencia (claro, era mejor esperar que esos angelitos de Dios los liberaran, apenas tuvieron de cinco a diez años ‘retenidos’, tampoco era para tanto). Ay, qué lindo, siempre tan preocupado. Y, repito, que no se molesten conmigo mis amigos ecuatorianos aquí en Venezuela, pero es verdad, si no pueden afrontar, o no quieren, sus problemas, como no se quieren afrontar en Venezuela, otro tiene que llegar a poner orden, así nos de arrechera.
Julio Cesar.
-¿Dónde coño estás? Ya estoy caliente en esta tina… ven en este instante o salgo y meto aquí a la primera persona que encuentre en el pasillo. –amenaza tajante.- ¡No me importa que sólo haya botones! ¡Lo meto!
Jamás he entendido, tal vez porque soy hombre, qué ve una mujer en un tipo barbudo, rudo, que la empuja, le habla golpeado y mira el rabo de otras en su presencia. ¿Será que ve a un hombre de verdad? Ella lo sabe infiel, desaseado, egoísta, flojo para nada que no sea él, y sin embargo lo ama (la pesadilla de todo padre). Debe ser algo atávico, no como sostiene el Conde del Guácharo, humorista venezolano, que las hijas buscan entre todos los que no sirven para un carajo, al peor, para joder al papá. Pero para sociólogos y sicólogos todo viene de las costumbres ancestrales y de la ‘ley natural’, lo mismo que se observa en el reino animal. La leona siempre busca al macho más fuerte que le garantice seguridad y una prole sana, pero cuando este mengua, ella se arrima a otro, el que va en ascenso. Tal vez nuestra Venus de Willendorf también admiraba al que más golpeaba con su garrote, sobretodo el coco de las hembras, al más grande y rudo.
Es posible que todo eso lance aún sombras de herencia en la especie. Es posible que una mujer, sobretodo las muy jóvenes, asocien esa apariencia a la creencia de virilidad y fuerza. Y todo esto, con la hombría. ¿Que después pueden pasarla mal? También es algo conocido, y que ya deberían saberlo todas en todos lados, pero eso parece no importar muchas veces. Hace tiempo, hojeando una revista, leí una encuesta donde las jovencitas encontraban a Chris O’Donnell (el Robín en las últimas versiones de Batman y Robín) muy ‘lindo’ pero que no saldrían con el, que se irían con Russell Crowe, porque se veía salvaje y rudo. ¡Y su fama de mala conducta tiene!, entonces ¿no aprendemos? Menos mal que no soy mujer. Me gustan las chicas malas, las muy malas conductas, pero no se me ocurriría enloquecer por ellas. O no me ha pasado; quién sabe qué traerá el futuro.
Julio César.
Como él no va, yo tampoco…
Sin ningún sentido del ridículo, lo perdieron hace tanto tiempo como la vergüenza, el Partido Comunista de Venezuela (da hasta risa decirlo), piensa montar una multitudinaria manifestación de rechazo al próximo viaje de Uribe Vélez, presidente de Colombia, a Venezuela. Uno imagina las cincuenta personas, sesenta si ofrecen guarapita, que colapsarán esas calles. Ah, pobre Partido Comunista, ya ni el color rojo les pertenece, no son dueños de nada; yo en verdad no debería tenerles lástima, se han llenado de plata en bruto como nunca antes con la destrucción del país y sólo tuvieron que ca… erse a muela sobre la tumba de ese hombre decente y combativo, Gustavo Machado, fundador de esa cosa que ahora devino en pedigüeños del poder. Pero dan pena en sus manifestaciones, seguramente Hugo Chávez, a quien intentan halarle bolas con la concentración, pronto los llamará para regañarlos.
¡Es que no piensan!, y nadie les hace el favor de hacerlo por ellos. Mientras Chávez siente que lo van envolviendo en la red de denuncias y sospechas de colaboración con el terrorismo internacional, e intenta deslastrarse de eso como sea, dejando guindado a Correa en Ecuador y abandonada la guerrilla en la selva, el Partido Comunista pretende sabotearle el acto donde intenta abrazarse con Uribe, y llamarlo su hermano del alma, como para sembrar la duda en la mente de todos: ah, entonces lo de las computadoras como que no es tan verdad. Al PCV no le alcanza la inteligencia para tanto, la maniobra, vital para el Presidente, se les escapa. Sólo saben del ñemeo y la argucia del momento. Seguro que tras la maniobra de la foto con Uribe, está la mano del Monje Rojo, el único que medio piensa allí.
Algo que estos cuatro gatos no parecen ver, o entender, o no les intriga, es que en Colombia no ha habido marchas de protesta contra Uribe, ni de llanto por los narco terroristas; pero eso no les dice nada. O tal vez piensan que todos esos millones de colombianos están equivocados, y ellos, quince o veinte comunistas, tienen la razón y la verdad. ¿Por qué no protestan en Colombia los colombianos? ¿Dónde están los que lloran por la muerte de los guerrilleros en Colombia? ¿Por qué nadie los llora, los defiende, o los extraña? ¿No será que… los combinaos los ven como un problema, como delincuentes, como un cáncer al que hay que extirpar? No, debe ser que están desinformados, seguro no ven noticieros y no se han enterado, como sostienen los medios controlados por el chavismo en Venezuela. Sea como sea, el Partido Comunista de Venezuela marchará (si no los regañan otra vez y les dicen que ¡no!), lamentablemente por el número que asistirá seguramente todos pensarán que van a hacer alguna cola para comprar leche o pollo. Ojala les llueva por pajuos, hala mecate y necios.
Julio César.
NOTA: Esto, en mi otro blog, cae bajo el nombre de: GOTITAS DE ÁCIDO… Adivinen por qué.
Sólo Jake podía encarnar a Jack.
Hace cosa de unas tres semanas nos reunimos un grupo de amigos y compañeros de trabajo para tomar cervezas y hablar mal de los jefes, y de toda la mala vida que nos hacían pasar. Curiosamente ese grupito, en buena medida, fue el mismo con el que fui a ver Brokeback Mountain la primera vez, cuando no salí muy contento sin saber en ese momento por qué. Como dos de las chicas del grupo, Carmen y Fátima saben de estas páginas, llevamos el tema a ese asunto. El resto de los panas nada sabe, porque es riesgoso en Venezuela, soy un empleado público y aquí la cosa se pone peligrosa para quien diga algo contra el Régimen; lo segundo que me ha frenado es que… no quiero hacer de mis ideas, creencias o gustos personales una tribuna para los conocidos. Hablar así, como en este momento, está bien y es suficiente.
En fin, Fátima y Carmen comenzaron a hablar de ese día que fuimos a ver la película, y a pesar del tiempo recordamos muchas cosas. Personalmente creo que lo recuerdo todo, pero me sorprendió que Alicia, Ricardo, Juancho y los otros, recordaran mucho también. Es que Brokeback Mountain fue una de esas historias que tocan fibras, que hacen emocionar, que te llevan de una cosa a otra, y de la fantasía del cine terminas extrapolando enseñanzas y vivencias. Hay historias que se vuelven importantes para uno. Me había pasado de niño cuando por fin vi La Guerra de las Galaxias, la primera, la fantasía me hizo vivir dentro de ese mundo de aventuras que no deseaba dejar durante mucho tiempo. Una de la toma más perdurable en mis recuerdos es cuando Luke Skywalker, un muchacho vestido de blanco, mira sobre las dunas, con los dos soles (o dos lunas) en el cielo y se oye esa música hermosa. Para mí eso era el espacio, un mundo nuevo en la imaginación.
Otro film igual de fuerte para mí, y significativo, lo vi estando en el liceo, con tres amigas, cuando vimos en betamax la cinta Al Día Siguiente, fue dramática y poderosa. La escena donde el joven entra en el salón de clases y grita desesperado a los compañeros que lanzaron las bombas, es un recuerdo que todavía logra ponerme la carne de gallina. Pasaron los años y tuve que esperar hasta La Lista de Schindler para conmoverme otra vez, porque esa cinta tocaba muchas emociones, el final cuando Schindler se derrumba y llora acusándose de egoísta por conservar un diamante o un carro que pudo vender y salvar a dos más, fue inolvidable. Muchos otros éxitos me encantaron, los disfruté, y hasta solté risas, gritos de alegría, o una que otra lágrima. Pero ninguna otra logró llegarme hasta que vi El Secreto de la Montaña.
Esa primera vez, o mejor dicho, la segunda, cuando la pantalla quedó oscura, callada ya la guitarra y Ennis y Jack se habían ido, con un nudo en la garganta y los ojos ardiéndome, entendí que esa era una historia poderosa, realmente prodigiosa, una que ya no podría olvidar. Una que seguiría gustándome, ganándome más y más, y lastimándome a pesar del tiempo que transcurriera. Porque era dura, descarnada, había más dolor que amor, más dejación que búsqueda. Los personajes eran demasiado humanos, muy reales, muy como todo el mundo. Ennis del Mar no era el cadete de Reto al Destino, que echándose las mochilas al hombro y el mundo a las espaldas, iba a la tienda de tractores y se llevaba a Jack, después de abrazarlo y besarlo delante de todos para después cargarlo en brazos. No, Ennis jamás habría hecho eso. Esta era una historia de gente que era grande en sus amores, pero pequeña en sus acciones, porque el mundo era duro, la gente implacable y las enseñanzas y creencias personales muy fuertes.
Salir de ese cine e ir a casa no garantizaba dejar esa montaña, o dejar atrás a esos dos hombres que tanto se habían querido. La pesadumbre, la tristeza te seguía donde fueras, porque aunque hubieras amado desde ese primer instante un personaje tan lineal, elemental, franco y decidido a vivir como Jack Twist, no podías dejar de pensar en Ennis, de presentir su dolor, su amargura, solitario en su trailer, viejo y alejado de todos, recostado en un sillón, mirando a la nada, recordando, sólo recordando, viviendo únicamente de remembranzas, unas que no podían ser muy alegres. Imaginarlo hablando con Jack, deseando verlo, como el hombre en Cumbres Borrascosas a su amada y perdida Catalina, abrumaba. Era fácil imaginarlo destrozar su vida en trozos pequeños, buscando dónde se equivocó, pensando que si tuviera otra oportunidad no haría esto o aquello, haciéndose juramentos y propósitos de enmienda… cuando ya no quedaba nada.
Y pensar en Ennis y Jack, en una vida que no se vivió, no como se debió, con tantas cosas que se dejaron de hacer, con todo el dolor que se causó a otros para llevar la existencia que se esperaba de ellos, el arrepentimiento por cosas que no se dijeron cuando ya era tarde para rectificar, era algo que seguía atormentándolo a uno días después de ver la cinta, y allí radica, para mí, la grandeza de una película como esta. Igual que en La Guerra de las Galaxias, Al Día Siguiente o La Lista de Schindler. El cine sí tiene magia y a veces uno la encuentra, la vive; puede ser bonita, o no, pero es magia al fin y al cabo.
Mientras tomábamos cervezas y hablábamos de Brokeback Mountain, algunos con cierta indiferencia, pero tan importante para mí, muchos comentaron que los protagonistas habían sido cobardes, sobretodo Ennis. De cierto siempre he sido duro con él, le reprocho no haber sabido hacer feliz a Jack, de hecho no supo hacer feliz a nadie, ni a él mismo. Pero es que Ennis no podía ser feliz porque estaba incapacitado para ello. Su forma cerrada y dura de ser, tanto que le costaba hasta llorar, sonreír o hablar, no le permitía un gesto de debilidad, de ternura. Se había enamorado de Jack Twist, pero no pudo ir más allá, al contrario, para él era una gracia, amar y sentir en una vida sin afectos hasta ese momento, pero el castigo iba implícito en la monstruosa aceptación de que amaba a un hombre. Su medio ambiente hostil, duro, sin afectos, con un hermano que lo golpeaba y un padre que lo lleva a ver el cadáver de un invertido del que se hizo un escarmiento, para que aprendiera a ser hombrecito, lo incapacitaban para abrirse y aceptar el cariño de Jack, y sus peticiones: que lo mandaran todo al carajo y fueran felices. Pero la cosa era peor, Ennis luchaba contra su naturaleza, contra la aceptación de ser un marica. Por eso debía cerrarse, negándose a sentir, deseaba sufrir por su ‘pecado’.
A Jack lo amamos porque es quien está dispuesto a alargar un brazo y agarrar lo que siente que necesita para ser feliz. Y estemos claros, por Jake Gyllenhaal, él es Jack, y en la mente el uno se transforma en el otro, ese tipo que no es guapo, musculoso o sexy, pero que emana ternura, que mira con una expresividad que corta la respiración. La forma en que mira a Ennis esa segunda noche en la carpa, sin camisa, bañado de una luz rojiza, es una mirada de esperanza, de peticiones, de entrega, pero sobretodo de amor. Y lo queremos porque es quien acepta, quien perdona, quien ama. Es él quien propone que corran tras el ‘arco iris’ hasta alcanzarlo y que se atrevan a vivir lo suyo. Es quien siempre tiene la ilusión de que algo cambie, de que sus ruegos sean oídos, el que intenta que las cosas se den, aunque también forme familia, más por dejarse levar, por no nadar contra la corriente. Creo que nos gusta tanto porque nos gusta pensar que así debe ser quien ama, y uno espera que alguien lo quiera así.
Ennis es quien intenta mantener la fachada, la máscara. Jack está dispuesto a saltar sobre eso, a caminar por la calle, con la frente en alto, desafiante o sonriente, aunque lo llamen maricón. Tal vez su muerte, su final horrible se deba a eso. Claro que el cuento original, ambientado en Wyoming, debe estar influenciado por aquel joven homosexual, Matthew Shepard que una mañana amaneció golpeado, crucificado de una cerca, muerto, víctima del odio, del miedo de carajos que temen no ser machos si no se lo prueban cada día y a cada hora. Dios, debe ser tan cansón, tanto miedo, tanto qué probar.
Yo quise a Jack Twist y lloré con su muerte, y todavía me da rabia y se me hace un nudo en las tripas al recordarlo; por ello soy duro con Ennis, pero es posible ahora hasta entender sus acciones. No debe ser fácil para nadie que ha tenido que vivir de cierta forma toda su vida, cambiar de la noche a la mañana frente a todos los que lo conocen en algo totalmente distinto. Y sin embargo hay quienes lo hacen. Lo uno y lo otro. Están quienes se esconden toda su vida, viviendo por raticos, ocultos en mil sitios, sintiéndose vivos, pero también furtivos, culpables. Y están los que, con valentía o llanto tienen que asumir una postura ante la vida, tal vez oyendo gritos, reclamos, enfrentando miradas de angustia, de dolor o decepción, pero decididos a buscar su lugar en el mundo, como Jack.
De esta película se dijo mucho en esa reunión, Juancho aseguraba que era una tontería que no decidieran vivir juntos mandando a todo el mundo al coño. Eso me hizo sonreír, porque hay que recordar que la historia comienza en el sesenta y tanto, y más de veinte años más tarde, ese joven Matthew Shepard fue muerto en Wyoming, por ser homosexual. Sin ir muy lejos, en mi querida Venezuela un joven con pinta decididamente amanerada no puede cruzar ciertas calles sin que le lancen toda clase de obscenidades, de gritos, burlar y groserías, y hasta de agresiones, porque es distinto y porque muchos hombres sienten temor de la perdida de su masculinidad. Hay lugares del mundo donde dos hombres que sean sorprendidos dejando escapar eso que anhelan, que sienten que los ahoga y los mata si no lo expresan, son condenados a la muerte o años de cárcel. La gente juzga, condena, se ensaña y se burla con odio de tal forma que muchas veces sólo queda el ocultamiento, la vida de Ennis. No, no estamos tan lejos en el tiempo del Wyoming de los dos vaqueros maricones aunque viendo series como Will and Grace, parezca sencillo o glamoroso.
De esta película se pude decir muchas cosas, porque cada quien vio algo que le llegó, hubo muchas visiones. Una, que la vida debe decidirla uno a pesar del odio y burla de los demás, esperando que algo pase y dejen de joder, o se puede llegar al momento, pasado los años, que se lamente no haber sentido y vivido. Otra, es algo más dramático, que tal vez para mucha gente sólo quede una isla perdida, una cabaña en un monte o una carpa en una alta montaña para vivir lo que siente, tal vez algo que ni ellos mismo buscaron o desearon sentir, pero que los arropó como una ola salvaje de la naturaleza; y sólo les queda esconderse, apartarse del mundo.
Brokeback Mountain fue triste en su final y mensaje, pero uno puede mirar aquello que desea. Yo prefiero recordar la llegada de Jack en su vieja camioneta y la mirada curiosa y hermosa quo le lanzó a Ennis. Me gusta recordarlo esperándolo la segunda noche dentro de la tienda de campaña, expectante, tal vez temeroso de que Ennis no fuera y dejara escapar la oportunidad de que se amaran, algo que él necesitaba con urgencia. Me gusta recordar a Ennis bajando de su casa, mirando a Jack sin poder creérselo, sobrepasado por eso que ahora entiende que es pasión, deseo, amor, y lo abraza y lo besa, dando el primer paso. Ese debió ser el final, uno donde alguien dijera: y vivieron felices para siempre… pero la vida no es así. En la vida uno se arriesga y las cosas salen bien o mal, se gana algo o se pierde mucho; la juventud y la fuerza se agotan, los seres amados comienzan a partir, un día el dolor de la muerte llega, entonces ¿para qué darse mala vida haciéndosela difícil a los demás o a uno mismo? ¿De que vale ganar los reinos de la tierra si se pierde el alma?
Julio César.
El problema de los demócratas, lograr la nominación del candidato presidencial, estaba tomando ribetes de tragedia. Esa lucha tan prolongada va a terminar agotando al ganador, quien tendrá que lidiar con la reparación de rabias, rencores y malestares. El señor Barack Obama será el abanderado. No es un secreto para nadie que yo prefería a la Hilary Clinton, pero en fin, no soy yo quien vota allá. Lo mejor sería resolver resquemores, limar asperezas y alinearse todos alrededor del candidato, que tiene carisma y juventud. Lo primero es bueno porque atrae gente, lo segundo también, no carga sobre sí ni fantasmas ni reconcomios de otras eras. Últimamente ha hecho las declaraciones, tal vez sólo sean eso, necesarias para aplacar tantos temores sobre su visión de Latinoamérica y el peligro que ronda toda la cuadra. Sin embargo, ahí están los republicanos, todos corriendo tras un único carretón. Espero que el señor Obama entusiasme suficientemente a los jóvenes y a los nuevos votantes, esos que se expresan bien de él, y que por jóvenes esperan cambios reales, aún generacionales. Aunque la experiencia dice que estos son los grupos que el día de las elecciones siente dolor de pies y no acuden. Esperemos, para que termine de una vez la era de los Bush, que asistan.
No ha sido este el año de las FARC, tres miembros del Secretariado ya han caído, Raúl Reyes, Iván Ríos (a quién le tocó una bien fea) y ahora Marulanda; quedan los otros. Pero lo experimentado por la señora Karina (¡qué mujer!, su vida bien vale una película aunque esté en el bando malo), hace suponer que el próximo en caer será el distinguido señor Mono Jojoy. Doña Karina cuenta que se acogió a la entrega porque dentro de su círculo íntimo se manejaba la información de que sus propios hombres tramaban asesinarla para cobrar la recompensa, como pasó con Iván Ríos. Es que la oportunidad de cobrar esa plata, dejar de una vez el monte (ufff, mosquitos y jejenes, ir al baño, qué infierno), ser perdonado y huir de ese infierno, tenta a cualquiera. Ese Uribe es un demonio; seguro que en esta última cumbre en Brasil, Chávez no le aceptó ni café. Sin embargo en Venezuela, el Partido Comunista habló del pesar ante la muerte de Marulanda, querido por el pueblo colombiano, destruido, según ellos, por la oligarquía conservadora (es que no renuevan ni el discurso ni los cortes de pelos). Será en sus mentes extraviada en los setenta, porque hasta donde logré ver, nadie lo ha llorado en el vecino país, y si no fuera porque ‘se ve feo’ habrían salido a celebrar.

Una noticia dolorosa nos ha tocado a los magallaneros, y a los venezolanos en general, la muerte del pelotero, nuestro grandes ligas, Géremi Gonzáles, un destacado pitcher, quien muere de una forma extrañísima: alcanzado por un rayo mientras manipulaba una lancha sky acuática. ¿Cuántas probabilidades existen de que algo así ocurra? Uno lo entiende en China donde hay tanta gente que si un rayo cae mata a tres o cuatro, ¿pero aquí? Y sin embargo pasó, y le pasó a él. Hay quienes suponen que pasó bajo el famoso rayo del Catatumbo, el cual es una fija en cuanto a hora y lugar. Una pérdida, una verdadera lástima. Era un tipo joven y agradable. Cuentan los diarios deportivos que cuando su equipo iba perdiendo, saltaba en la cueva, aplaudiendo y gritando para levantar la moral. Era capaz de bañar con crema de afeitar a todo el mundo, usar una peluca, lanzar patadas de kárate, todo para animar a la gente. Ahora se ha ido, como tanta gente buena en lo que va de año. Paz a su gente, y a recordarlo con cariño.
Ya ha transcurrido un año entero desde que el canal de televisión RCTV fue obligado a dejar de transmitir en señal libre, señal que llegaba a todas partes, desde las casotas en las urbanizaciones, a las casitas humildes, donde podían sentir simpatías por Chávez, pero que veían este canal y no el del Estado (nadie se cala esos cuentos, sobretodo si se sale luego a la calle y se choca con la realidad real). Fue una pérdida para la doñita en el cerro y para las señoronas que seguían sus novelas en la sala, así como la cachifa en su cuarto. Hasta el último momento Venezuela esperó que aquella amenaza no se cumpliera, pero Chávez reía y se burlaba, cerraba la señal porque le daba la gana. La cerraba y acallaría por temor a las otras televisoras. La cerraría y nadie discutiría ni denunciaría tropelías, y él y su gente continuarían haciendo lo que les diera la gana sin que esa molesta voz los incomodara. La cerraron, es verdad, se robaron los equipos de transmisión, aunque le dieron mil nombres al asunto, como si entrar en un lugar y cogerse lo que no es de uno, por la fuerza, cotando con gente armada, no fuera un simple robo. Pero les costó, a Chávez le costó su nueva constitución ese diciembre, y la posibilidad de meter una enmienda para una presidencia vitalicia que sería certificada luego por su CNE, elección tras elección, como pasa en Cuba, Birmania y lo era en Irak; porque aparecieran los estudiantes y jóvenes en el espectro político, frescos, valientes. Cerró RCTV, pero les salió bien caro. Y todavía nos debe.
Julio César.
Sólo una vez… cada vez.
En cuanto su madre desapareció dentro de la vivienda, Joaquín la olvidó. No por mala gente o mal hijo, sino porque así era, ninguno de ellos le brindaba a la doñita un pensamiento mas allá del normal. Era mamá y punto. De haber estado enferma de algo malo o de haber muerto súbitamente, seguramente habría entendido cuánto la amaba e iba a dolerle y pesarle no prestarle más atención antes. Pero la gente era así, el ser humano no estaba programado para pensar en felicidades ajenas mucho tiempo, lo primordial era la propia, era una ley egoísta de supervivencia. Flexionando sus brazos sobre la barra de ejercicios, el joven intenta concentrarse en las mil cosas que tiene que hacer. El y los otros debían ir a las concentraciones para explicar las ventajas del nuevo curriculun estudiantil, de la democratización de las universidades. Era importante que…
-Maldita sea… -grazna con rabia, soltándose. No importaba cuánto torturara su cuerpo, su mente adolorida clamaba más.
Nuevamente se deja caer en el banco. Bañado en sudor, jadeando por la boca abierta. Oye risas detrás del muro, oye conversaciones, música. Era sábado en la noche, todos saldrían a bailar, pasear, amar. Estaba convencido de que muchas citas de cama se resolverían en esos últimos momentos. Todos parecían divertirse menos él. Pero no puede pensar en eso, no quiere, porque lo único que venía a su mente era el rostro de ese tonto, engreído y medio mentepollo muchacho que se le había metido en la piel. Era ese rostro sonriente, a veces altivo y chocante, muchas veces tierno e infantil lo único que podía evocar. Lo recuerda gritándole, insultándolo de esa manera tan dura que tenía, por lo que tuvo que callarlo de la única forma que pudo, a golpes. No sabe por qué lo alteró tanto, otros le habían gritado antes cosas peores, pero en ese momento…
Fue porque era él. Se molestó porque le dolió lo que dijo, no le molestó o alteró, le lastimó. Le dolió porque era Adrián quien las gritaba. Cuánto poder tenían para lastimar aquellos a los que se amaba, recordó esa frase no sabe si leída o escuchada. Dios, cuánto daría por poder llamarlo, por preguntarle si estaba bien (¿y si lo jodí? Coño, pude sacarle un diente o algo; y pensar en esa posibilidad le encoge el corazón en el pecho). Le gustaría tanto llamarlo y oírle decir que lo siente, que siente todo lo ocurrido, y que lo citara para que hablaran. Sí, desea eso, que Adrián diga que deben hablar, que no podían terminar así. Pero sabe que no lo hará. Adrián era una pequeña cucaracha testaruda e intransigente, jamás lo llamaría. Se yergue en la silla; él podía dar ese paso, pero nunca lo haría. Si la vaina debía terminarse, que se acabara, pero no iba a rebajarse llamándolo. No él.
Pero dolía. Ese vacío, esa sensación de querer gritar, correr, golpear o aullar como un perro con rabia era algo nuevo para él. Esa sensación de insatisfacción, de pesar, de casi malestar para respirar era desconocida. Lo sentía ahora, lo sufría ahora… porque Adrián ya no estaba. Temblando, con la boca abierta cierra los ojos. Lo recuerda esa noche, hace como tres semanas cuando salieron huyendo de aquel bar, ocultándose en ese callejón, riente como idiota, como si no entendiera que en verdad pudo pasarles algo malo. Él estaba furioso, con él, con esos tipos que buscaron la camorra. Deseaba golpear a alguien, regresar y caerles a coñazos, o al tonto muchacho; pero al verlo reír de espaldas contra esa sucia pared, como si aquello fuera una aventura de colegial, lo desarmó. Se veía tan joven, tan insensato, tan alegre, tan… hermoso. Fue a reclamarle, pero el otro le había rodeado el cuello con sus brazos, con fuerza, y lo había besado, de forma cálida, no impulsiva, tampoco suave, parecía excitado, y todo su mundo giró, dejó de pensar, de estar molesto, y se aplastó contra él, clavando sus dedos en esa baja espalda. Llenándose con su calor, con su olor, tan duro de ganas que temió estallar literalmente dentro de sus ropas.
Pero eso era pasado. Esa historia había concluido, y su final no había sido nada feliz. Se ahoga y tiene que lanzar un alarido, llevándose las manos a al nuca y cepillando con furia su cráneo con sus dedos. ¿Por qué…? ¿Por qué…? ¿Por qué nada le salía bien? ¿Por qué coño’e la madre todo tenía que malogrársele siempre? ¡No era justo! No era justo, carajo… Y sin embargo, la primera vez que había visto a Adrián, lo había odiado, recordaba que fue en…
……
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Todos los sabían dentro del antiguo Comando de la Unidad, si hay que llamar gente para una marcha, una concentración o para formar un muro de contención, llamen a Adrián Barbosa, que, aunque joven y con pinta de poder estar haciendo cualquier otra vaina (como asolearse en Choroní, como irresponsablemente se cantaba), siempre se presentaba de primero, lleno de adrenalina, con ganas de participar y resistir. Ante cualquier eventualidad el joven se calzaba sus cómodos zapatos de goma, un largo shorts bermudas, una franela holgada que a veces era tricolor, amarilla o azul, y su gorra o cinta a la frente con las iniciales UCV, de la Universidad Central de Venezuela. Y llegaba, batiendo palmas, gritando consignas, llamando a resistir con ese ánimo y alegría de la juventud.
Había comenzado a protestar relativamente tarde, aunque su mamá y sus dos hermanas mayores vivían desde antes muy pendientes de las marchas opositoras al régimen que desdirigía los destino del país. Él no, se lo había ido tomando con soda hasta que dos eventos llegaron a trastocarlo todo: su padre perdió su trabajo en PDVSA, la empresas estatal petrolera, por firmar pidiendo el revocatorio presidencial tres años antes; y luego fueron contra el canal de televisión RCTV, al que cerraron en su señal abierta a todo público. Por razones íntimas, esto fue más revelador e inquietante. A sus ojos jóvenes (que muchos encontraban bonitos) se presentó un panorama aterrador: todo lo que había creído hasta ayer no servía, nada funcionaba, ninguna regla garantizaba seguridad o estabilidad; ahora estaban en el infierno.
Del otro lado, con su franela llevando al frente la oscura imagen del Che Guevara, el eterno rebelde, sobre un fondo rojo, Joaquín Garcés se lanza con igual arrojo y apostolado. En cuento oye que se están congregando los ‘oficialistas’, hay una concentración chavista o se marcharía a favor del Gobierno, el joven se calza también su gorra UCV, caminando con arrojo, con esa pasión que parecía vehemencia o violencia nacida de sus convicciones más profundas. De su boca surgen las consignas que condenan a un grupo necio e insensato que no sabe de qué habla, apátridas que despertaban oyendo y viendo CNN, pendientes del dólar, que deseaban ver su país dominado por los eternos explotadores, por aquellos que habían clavado sus garras y colmillos en las carnes de la república (trasnacionales sin alma, político a sueldo, el Imperio explotando y robando lo que otros no podían llevarse a las bocas hambrientas) y la sangraban, devorándola sin piedad. Su rostro enrojece, sus ojos brillan de furia, de convicción, mientras les grita a las caras detrás del cordón policial que los separa, lo que siente, lo que piensa. Los crímenes de aquella gente, que jamás volverían, eran demasiado recientes, ¿acaso esos muchachos tontos, como el bonitico de flequillo en la frente, no se daban cuenta?
Siendo estudiantes de la UCV los dos, los dos moviéndose alrededor de la universidad, de los grupos que allí se atrincheraban, Adrián y Joaquín estaban destinados (o condenados, según se mirara) a encontrarse cara a cara más de una vez. En medio de marchas y protestas sus ojos habían caído inmisericordes y con furia sobre el otro, y alzando sus puños, tensando los cuellos con el esfuerzo, casi escupiendo con furia las palabras, se habían gritando insultos, condenas y llamadas al otro a entender que sólo seguía a criminales. Joaquín lo detestaba… porque le parecía horrible que un muchacho como él, joven, sano, de rostro limpio y mirada apasionada, casi… decente (pensaba que hermoso, pero no quería usar esa palabra), estuviera allí, del lado de todos esos vagabundos que defendían intereses bastardos, distintos a los de la universidad y el país que los vio nacer. Le desesperaba que él, que ese joven, estuviera en ese bando. A Adrián, no sabía por qué, algo lo urgía a obligarlo a reaccionar, a que entendiera que defendía a bandidos, ladrones y criminales que arruinaban de forma total a la nación preparándola para el remate.
……
La Biblioteca Central era un lugar que le encantaba a Joaquín, aunque pareciera eternamente en remodelación. Le agradaba el orden, el cuidado que se ponía en ese lugar donde cada libro, computadora y archivo era esmeradamente protegido. Los muchachos, y otros no tantos, los eternos estudiantes de postgrados quienes habían hecho esa terrible elección, se comportaban distintos dentro de sus muros en las diferentes salas y pisos. Era común el ceño atento, algo fruncido, mientras las miradas corrían sobre párrafos y bibliografías. Le molestaban algunas restricciones, en algún momento debería permitirse el sacar ejemplares y copiarlo fuera, dentro del edificio el servicio colapsaba, sobretodo en épocas de evaluaciones o preparación de los trabajo finales de grado. También el que se debía estar carnetizado, o ser miembro de la universidad para tener acceso a ella debía ser corregido; lo legal debería ser que se prestara auxilio y servicios a todo el que viniera demandando esa ayuda. Eran cosas que debían cambiarse. Democratizándose, como gustaba pensar.
A él, personalmente, le encantaba ir allí. Sentado, leyendo sobre Marx, Lenin o la martirizada Rosa de Luxemburgo (otros padres del comunismo) se distraía. Se llenaba de calma, de paz. Estar sentado a una mesa, cómodo, con ese aire controlado lejos del calor, lo invitaba a pensar o divagar. Todo era distinto tras esos muros, no había presiones, desencanto, luchas. No pensaba en su labor proselitista que parecía no prosperar. Ni en sus hermanos que no gustaban de estudiar o trabajar. O su padre, bruto y brutal, peleando siempre con su otro hermano. No, nada de eso lo atormentaba allí; y ese sentimiento de bienestar lo había trasferido a ese querido edificio.
Le gustaba el airecillo izquierdista del grupo mismo, aunque los escuálidos (término usado denigrantemente para designar a los contrarios), habían ido combatiéndolo. Hasta hace poco hubo una exposición sobre Cuba, el milagro social de un pueblo cercado en el Caribe por la codicia norteamericana, que fue retirada de mala manera. Ni por un momento pasa por su mente que esos trabajos realizados por jóvenes de la misma universidad, iban afectándose al relacionar estos lo que pasaba en el país a nivel doméstico e individual (a los muchachos solo les dolía los que los tocaba directamente, lo demás no), con el llamado socialismo que el Gobierno auspiciaba. Para él era producto de reaccionarios que deseaban terminar con el pensamiento marxista dentro de la máxima casa de estudios.
Vaya, no debió tomar tanta agua, se dice sintiéndose indispuesto, enfrascado como estaba en un párrafo que debía dejar al tener que ir a vaciar la vejiga. Le agradaban los baños de ese piso, por razones particulares, por lo que al dejar el libro y dirigirse a ellos ya se había disipado parte del malestar. En los sanitarios también se podía leer. Como en todos los baños de hombres, había letreritos chistosos, ingeniosos, intrigantes o… eróticos. Por alguna razón los hombres se ponían poéticos, generalmente homoeróticos, en ellos. No sabe si es algo estudiado por sicólogos o no, pero así era. Todo el que entraba, y llevaba un bolígrafo o un marcador, no podía resistir la tentación de dejar una notita, un homenaje de su presencia en el lugar a la posteridad. Había uno que debió ser escrito hace más de veinte años atrás porque decía: soy bonito como un MENUDO (una olvidada banda juvenil), y quiero un macho que me de… Esa parte la habían tachado, pero podía imaginarlo. Justo al ir entrando el repicador de su teléfono celular le indica que recibe un mensaje, así que leyéndolo, abre la puerta que se cierra simplemente con dejarla caer, y entra en silencio. Era su amiga, la del nombre ridículo e imposible de Mortiana. Lo citaba para que tomaran algo en el cafetín de odontología. Una vez adentro, lo oyó…
Parecen ahogados bufidos, como gemidos muy apagados y quedos hechos por alguien que no desea llamar la atención pero que no podía controlar lo que hace. Siendo joven, Joaquín imagina algo deliciosamente escandaloso: vaya, ¡alguien se masturbaba allí! Y eso le provoca un escalofrió de divertido interés. Era lo suficientemente muchacho como para que todo eso le interesa de manera imperante, y no eran únicamente sus inclinaciones sexuales lo que lo llevó a imaginar mil vainas (un tipo con los pantalones en los tobillos y dándole mano al pilón), sino porque era… un hombre, tan simple como eso. Alguien la pasaba bien ahí, aunque… ¿hacerlo allí? Algo malo debía funcionarle en el cerebro (a estas alturas visualiza a alguien sentado y a otro de pie con el pantalón en…). Allí, de pie cerca de la puerta del aparentemente solitario baño, aseado, cromado, lo ve salir del último de los privados. Era Adrián Barbosa, pero ese nombre no lo conocía aún.
Adrián miraba al piso, mientras parece secarse un cachete con el dorso de la mano. Su pecho sube y baja, sofocado, intentando controlarse. Sorbe por la nariz, y es cuando mira hacia la puerta, paralizándose. Sus ojos se abren mucho. Tal vez se habrían visto por ahí alguna vez, pero no lo saben a ciencia cierta, no están seguros; pero algo les grita que sí se han visto (de hecho en una marcha, por alguna razón, colérico, Joaquín había casi atravesado la vaya de seguridad formada por muchos policías para gritarle a la cara, de forma personal, que era una basura). La franela roja y un pequeño logo con el martillo y la hoz, le dicen a Adrián todo lo que necesita; y a Joaquín su cabello, sus ropas, le dicen otro tanto.
Maldito chavista, piensa uno. Sifrino escuálido, piensa el otro. Pero lo que determina la situación, imponiendo un tenso silencio era que Adrián lloraba. A Joaquín le intriga algo que percibe, no los ojos cuajados de lágrimas o la nariz algo roja, era el aire de infinita desesperación del joven lo que dice que algo muy malo le pasaba. En otro momento tal vez habría alzado la barbilla desafiante en señal de saludo (era un tipito bonitico, se dice de forma maquinal) o un gesto desdeñoso para ponerlo en su sitio. Pero en ese momento no supo qué hacer.
Adrián, parpadeando va a uno de los lavamanos, se moja la cara y sin secarse ni nada, pasa a su lado, como escapando. Joaquín sintió ganas, por un segundo, de interponerse en su camino, deteniéndolo, encarándolo (no sabía para qué), pero dio un paso a un lado y lo vio salir, cerrándose la puerta a sus espaldas. Qué raro… fue lo único que pudo pensar, paralizado por un segundo. ¿Qué le pasaría a ese mariquito llorón?, se preguntó; pero no conseguía llenarse de diversión. Recuerda que una vez en la escuela, pocos años atrás, un grupito encerró a un muchacho en los baños, le habían quitado su short de gimnasia y este lloraba, de rabia e impotencia. Sabía que estaba mal, ahora lo entendía, pero aquello le produjo risas. Muchas. Ahora no. Mientras va al orinal de pared se dice que ahora era un adulto. Sin embargo vuelve la mirada hacia el último de los privados. Había estado allí, llorando. ¿Por qué?
……
Una semana antes de enamorarse realmente, casi rayando en la demencia, Victoria León había pasado una de las peores temporadas de su protegida, afortunada y mimada vida. Y había comenzado, ella podía fecharlo sin necesidad del carbono catorce, en un día que fue muy esperado, y durante el cual fue muy feliz. Esa mañana, una semana antes de la llegada de su destino, había llegado a trabajar temprano, como siempre. Deseaba ser responsable, puntual y eficiente. Debía serlo para agradecer ese empleo, estaba nada más y nada menos que como asistente del arquitecto jefe de la firma (“¿De qué hablas?, eres una secretaria”, recuerda que dijo, desdeñosa, su mejor amiga). La muy perra, reconoció sonriendo. Llegó puntual, altiva y vital. Dentro del ascensor que la llevada a su piso podía sentir las miradas de los hombres. Se sabía hermosa, en ella había algo que hacía volver las miradas. Fuera de su blusa algo ajustada y su falda a medio muslo. Entaconada era un espectáculo, aunque Marina, su hermana, siempre decía:
-Cuando te pones esos zapatos pareces una licuadora toda menada. –y lo decía con llaneza, con esa leve sombra de envidia que le provocaba siempre su hermana menor.
Al salir al pasillo, sonríe al oír los comentarios bajos y uno que otro silbido de despedida. No se vuelve, no lo necesita, pero sabe que sobre su trasero continúan montadas todas esas miradas. No le ofendía. Era hermosa, era vistosa, y le gustaba. Para ella esas miradas eran el tributo que los hombres pagaban a lo que era: una chica en toda la extensión de la palabra. Y no sentía culpas, remordimientos o incomodidades. Era bonita, le gustaba ser bonita y le complacía que otros (los hombres) la encontraran bonita. Punto.
Llega a su pequeña oficina encendiendo todas las luces que encontró en el camino. Encendió radios y computadoras, así como la cafetera eléctrica. Revisó el buzón de voz, los correos y las últimas anotaciones hechas por ella la tarde anterior. Debía hacer algunas llamadas. Imprimir algunos acuerdos y rellenar formularios. Nada muy complejo, pero si importante. Toma el teléfono y se cita con Irene, su mejor amiga de todo el mundo para almorzar, prometiéndole noticias sensacionales. Cuelga y sonríe al imaginar la cara que pondrá Irene cuando le contara el paso que iba a dar con Lino Gómez. Casi imagina sus palabras:
-¿Estás loca? Si tan urgida estás, ve a una de esas tiendas de sexo y cómprate uno de esos enormes…
Sí, diría una pesadez horrible. Pero eso no la detendría. Con aire soñador, imaginando el paso que dará, y lo dichosa que será después de eso, la joven saborea su café. Recibe a su jefe, le tiende las citas y llamadas. No puede concentrarse mucho, pero funciona bien. Y se ve mejor. José Serrano, el hombre sesentón que era su jefe, la mirada entre divertido y algo estimulado. ¡Era tan bella esa muchacha!, por suerte él toda la vida fue un hombre sensato, muy bien casado, Claudia era una esposa maravillosa. Tanto que al saber de una nueva asistente, vino a conocerla dejándose caer por ahí, “como siempre hago”, dijo sonriendo, obviando que la última de esas ‘siempre’ había sido ocho años atrás. A Claudia le encantó Vicky. Sentadas tomando un café parecieron congeniar de mil amores. Y eso convenció a José de que la joven le convenía como asistente. Claudia conocía a la gente, tanto que al ir despidiéndose de él, besándolo en la frente, le dijo:
-Bonita muchacha. Se parece a Sofía, aunque tiene el aplomo y unas ganas de vivir que ni nuestra hija tiene con todo lo animosa que es. Me agrada.
……
Caracas era un horno al medio día. Por alguna razón la temperatura parecía ir en aumento, y ni estar en uno de esos restaurantes al aire libre, en el boulevard de Sabana Grande, aligeraba el calor para las dos hermosas jóvenes sentadas a la mesa. Una era Vicky, reilona, mirando con afecto a la otra, menos llamativa, menos… viva. Irene Sotillo tenía el cabello largo recogido en un moño hecho como a desgana. De rostro alargado y bonito, pero de rasgos como muy marcados, lograba ser interesante pero simple. O tal vez iba mal maquilada, pensaba siempre Vicky, sabiendo que la otra no funcionaba así. Eran amigas desde los siete años cuando se conocieron en el primer grado de aquella escuela grande donde dos niñas dejadas por sus madres podían sentirse inquietas, asustadas o incómodas. Ellas no, congeniaron al primer instante y atormentaron a la maestra con tanta charla. Vicky la sabía cerebral, inteligente… calculadora, pero no pendiente de su apariencia. La creía muy por encima de esas trivialidades.
Y como siempre ocurre, se engañaba totalmente sobre los motivos de su amiga. Sí, Irene era más cerebral de lo que imaginaba, y desde los nueve años, había notado que su amiga era la hermosa y alegre mariposa que atraía todas las miradas. Ella era la… amiga de la bonita del salón. Al correr los años, Irene notó al aire coqueto de Vicky, siempre fiestera y amena. Reparaba en como los muchachos sólo tenían ojos para su amiga, y que pocos reparaban en ella un paso más atrás. Algunos, botados por la bonita, venían a ella por explicaciones, para saber por qué. Más de uno intentó conquistarla de rebote (los muy imbéciles, pensó siempre). Otros habían, como si ella fuera necia, intentado llegar a Vicky usándola de conducto. Amaba a Vicky, pero eso le incomodaba de tarde en tarde. Pero amigas al fin, y se habían aceptado como eran.
Vicky no sabía que ella no se tomaba el trabajo de ‘mejorar’ porque, ¿para qué si nadie lo notaría? A esa conclusión, Irene no llegó de forma inmediata, era algo que fue madurando, creciendo con el tiempo, con cada cosa cayendo en su sitio y lo tomó como otra realidad de la vida. Por eso no le molesta ya notar como los camareros, otros clientes, e incluso gente que pasaba cerca, la miraban de forma claramente admirada. Pero ahora no puede pensar en eso ya que en el momento cuando mordía el pedazo de yuca que acompañaba aquel pollo asado (era raro, siempre comían pollo), Vicky le había dicho lo que se proponía. Casi se ahoga, aunque logró controlarse sin bañarlo todo de saliva ni enrojecer totalmente.
-¿Que tú, qué? ¿Te volviste loca?
-Lo que oíste. Voy a pedirle a Lino que se mude conmigo, que vivamos juntos.
-¿Qué…? -parece no hallar palabras.- Por Dios, ¡estás totalmente demente! Lino Gómez no es más que un pobre imbécil a quien su mamá todavía le da dinero para que se compre la tarjeta del teléfono, y eso cuando ‘se porta bien’.
-¡No digas eso! Es un buen muchacho. Él y yo hemos salidos juntos por tres meses.
-Ay, tres meses enteros, qué bueno, chama, pensé que actuabas sin pensarlo bien. Tres meses ¿y ya quieres que vivan juntos?
-Hay gente que se casa con menos tiempo.
-Y otros que se arrepienten toda la vida con más, esperando que la muerte los libere algún día. –toma agua intentando entender todo aquello.- Mira, sabes que no me agrada Lino por… infantil, pero quien es de cuidado es esa perra que tiene por madre. Ya sabes cómo es. Si le tocas al bebito, a quien seguramente todavía baña y le pone talquito, vas a caer en una lengua viperina más róñica que el agua de El Guaire.
-Me gusta él, no ella.
-¿Y si tus padres se enteran? A tu papá y a tu hermano no les hizo gracia que te mudaras así como así, tú sola. Creo que suponen que… -se atora. Vicky la mira resuelta, tomando de un refresco.
-Puedes decirlo, no es difícil de imaginar. Supongo que creen que ando puteando por ahí con media Caracas, y la otra mitad está esperando turno. –bota aire, no dolida, ni lastimada, sino exasperada.- ¿Cómo pueden creer esas cosa de mí? Digo, son mi familia…
-¿Será porque tu papa te sorprendió en el cuarto de lavado con…?
-Ay, Irene, esa es historia vieja. Pasó esa vez y ya.
-No te volvieron a pillar, querrás decir, porque eso de que fue esa vez y ya, no es así. Yo sé que tú y…
-Basta, mijata, ¿me estás llevando la cuenta? No quiero oír un balance de mi vida. –mira el vaso, buscando las palabras.- Sabes que amo a mi gente. Papá es increíble, mi hermano también, aunque es algo necio. Pero esta es mi vida. –la mira.- Hasta hace dos meses vivía con ellos, me mantenían, me daban lo que necesitaba. Estaba bajo su techo y obedecí sus reglas, porque los quiero y era su casa. Ahora estoy en lo mío. Irme fue duro porque… Dios, cómo extraño encontrar a mamá cada mañana en la cocina, y que hablemos e intercambiemos cuentos de todo el mundo. Extraño no ver llegar a papá por las tarde, no oírlo discutirle a mamá algo insensato. Pero necesitaba mi espacio, hacer mi vida. Quiero vivir bajo mis reglas, hacer lo que quiero.
-¡Y quieres a Lino! –suena a quien oye una locura. La estudia.- Dios, lo quieres para…
-Para no dormir sola. Para no estar sola en mi apartamento. Quiero tenerlo allí, sin ropas, mirándome con adoración, diciéndome que soy bella. Quiero verlo ansioso por mí, esperándome. Y que me toque, me tome y me haga gritar y saltar en la cama. –habla de forma clara, y repara tarde en el camarero, un muchacho, de pie allí, mirándola con la boca abierta.
-No se refería a ti. Y cierra la boca. –le aclara mordaz Irene, dándole un leve manoteo como quien espanta moscas. El chico se aleja y se vuelve a la otra.- Vicky…
-No me digas nada, chama. Respeta mis deseos. Soy una mujer con empleo, gano lo que necesito; con su propio techo, mi vivienda, donde no estorbo y puedo hacer lo que me de la gana sin molestar, ofender o lastimar a nadie. No voy a salir de loca a acostarme con cada sujeto que vea, como parece temer mi papá. No voy a embarazarme del primero en la primera noche. No soy tan idiota, ¿qué mujer queda preñada así? Quiero salir a fiestas, a cines, a restaurantes, a discotecas. A Mérida, a Margarita… sin sentir que dejo mis obligaciones a otros. No voy a empatarme con un vendedor de drogas, un ladrón o un malandro. Eso es cosa de retrasadas mentales. Quien haga eso merece que le estudien el cerebro. Me gusta Lino porque lo conozco, es gentil y amable, y lindo. Sé que no va a golpearme, a gritarme o agredirme… y si lo hiciera lo echaría de mi casa a patadas. Nadie va hacerme eso nunca. Soy la dueña de mi vida.
-Te oyes tan segura de ti, Vicky; tan soberbia y orgullosamente segura. Ten cuidado, manita; no escupas hacia arriba. –advierte, entre molesta y preocupada.
-Por Dios, no pienso casarme todavía, o tener familia. Sólo quiero… -y desvía la mirada, sonriendo soñadora.- …compañía, mimos, caricias, besos, ternura, una mirada de amor y entrega. Quiero, como dice la canción, vivir la primavera que no se queda mucho aquí. Quiero vivirla mientras dura. Ser loca, apasionada, querer y que me quieran. Deseo ilusionarme, enamorarme y soñar como una colegiala cada día hasta que se acaben esos años de beberías como dice mi papá. Quiero vivirlo con Lino. Siento que lo quiero, ¿no puedes entenderlo? Creo que él es el indicado. Qué se yo, tal vez sea mi único y gran amor.
……
-Tiene que haber un reacomodo de todas las fuerzas, Joaquín. Sé que no te gusta oír esto porque tú apoyas a Lina; claro, como ella siempre te secunda… pero hay problemas muy graves. –decía en esos momentos Héctor Mujica, un tipo bajito, de veinticuatro años, algo gordito, de cabello negro enmarañado en su cara en una sombra de barba cheriana. Le quedaba mal.- Después de las últimas concentraciones en apoyo a la reforma educativa debiste darte cuenta.
-Me di cuenta, Mujica. –le replica molesto. Eso era algo que odiaba, la situación interna de la revolución. El movimiento se fraccionaba por grupitos que deseaban alcanzar resultados cada un por su lado.
Para él era difícil entender las aspiraciones de tanta gente con tan disímiles apetitos. Era fácil en su cama decirse que todos deseaban lo mejor, la buena marcha del proceso aunque cada uno tenía su propia idea para lograrlo. Sin embargo a él no se lo parecía. En las mañanas, o mientras rodaba rumbo a clases, se llenaba de rabia. No había unidad de criterios ni de estrategias. Había mil comités donde se discutía, en cada uno, mil estrategias. Estaban dispersos, atomizados, lo que restaba operatividad (y eficiencia, pero no le gusta pensarlo). Únicamente la incompetencia y apetencias salvajes de la oposición los salvaba de la debacle, al proceso y al mismo Chávez.
Disgustado mira al otro, y como siempre retiene en su lenguas las palabras: Mujica, ¿cómo hiciste para comprarte esa Hyosung Comet GT 250R nuevecita, si yo tuve que trabajar bastante para comprarme mi vieja Yamaha? Pero no la hace. Lo calla. Sabe que el otro está con la gente de la Alcaldía Mayor, pero no quiere pensar en corruptelas y despilfarro. Esos eran problemitas que se resolverían luego. En su mente las hordas revolucionarias, una vez triunfadoras y asentadas para siempre, comenzaría, como decía Lina Ron, y el propio Tascón, la revisión interna. Pero una revisión real. Del tribunal popular no escaparían los traidores y corruptos.
Se detienen al fin en la plaza del rectorado, frente a la oficina de Atención al Alumnado. Cada uno lleva su formulario bancario y una fotografía actualizada para la carnetización que los acredite como miembros de la Directiva Estudiantil. Allí, en pleno recinto universitario, se libraba una sorda y feroz batalla que no debía descuidarse. ¡Habían tantos problemas!, como bien decía Mujica aunque nada hiciera por resolverlos, se dice con disgusto Joaquín, que no alcanzaba el tiempo para atenderlo todo. El nacimiento mismo del Partido Único Socialista estaba amenazado por el sectarismo y la incompetencia. A todos decían que las inscripciones de militantes eran por miles, pero el joven dudaba. Sintiéndose culpable al pensarlo, creía que difícilmente llegaban a los cientos.
A él mismo, con lo animoso y lengua de oro que era, se le había dificultado la tarea de reclutar gente dentro de la universidad, aún en aquellos círculos llamados de izquierda. Y no lo entendía. O no quería asociarlo a la sorda batalla librada por el estudiantado meses antes cuando cerraron el canal de televisión RCTV. Su rostro hosco mira al frente cuando la cola de quienes esperan algún trámite frente a la oficinita, medio avanza, pero retrocediendo de pronto cuando una chica deja caer sus cosas, regresándose y agachándose. Todos dieron medio paso atrás, y el carajo que iba frente a él, lo pisó. Nada muy fuerte, pero el andaba molesto, incómodo e insatisfecho desde que se encontró con Mujica sin poder ver a su amiga Mortiana (no, recuerda que desde antes, le decía una vocecita), por lo que miró mal encarado al otro tipito.
-¡Cuidado, coño!
-Lo siento. –se volvió este, disculpándose, sereno y ausente, abriendo un poco más los ojos, reconociéndolo como el sujeto al que vio poco antes.
Y Joaquín también se estremece, erizándosele los vellitos de la nuca, subiendo y bajando su nuez de Adán como si de repente tuviera la boca llena de saliva. ¡Era Adrián!
CONTINUARÁ…
Julio César.
¿Qué? ¿No te parezco buena gente, imbécil?
Esta venezolana nacida un 23 de abril en Las Acacias, parroquia San Pedro de la ciudad de Caracas, es realmente una mujer muy hermosa, con un cuerpo que destaca de forma obligatoria, pero en su carita brilla algo… que no es precisamente dulzura. Hay rostros así. Angelina Jolie, por muy buena que digan sus obras de caridad que es, tiene un algo salvaje, de come hombres, de criatura lujuriosa y salvaje, por lo tanto peligrosa, que emana de su cuerpo. Marjorie de Sousa padece de algo semejante. Dueña de un rostro bonito, y de una figura de infarto, parece la propia niña mala, rica y popular de la escuela, la que se burla de los tontos y de las feitas.
Personalmente siempre me ha parecido que la televisión mexicana encasilla demasiado a sus artistas, los que son buenos son casi gafos, los villanos son de terror, y lo son para siempre. No recuerdo el nombre de una producción de allí donde había un tipo tan malo, pero tan malo, que se prendió candela en un accidente y no murió, sino que andaba por ahí envuelto en un capuchón, como el Fantasma de la Opera, deforme, haciendo maldades todavía; enana novela así participó Marjorie en Miami. Pero, claro, con una carita como la de esta catira, esos personajes son los que resaltan, su voz dura, ronca, es buena para eso. O tal vez el de niña mimada que causa dolor más por insensibilidad que por maldad.
Esa fulana novela, de esas raras que se hacen en Miami, que para mí debía ser mexicana dijeran lo que dijeran, era GATA SALVAJE. Ella era una de las villanas, de las bien malas, casi una súper mala, junto a otra bonita y sensual venezolana, Carolina Tejera, quien era tan bicha en dicha producción, que al final se la comió un caimán. Y ella, esta hermosa catira destacó allí, como la propia cuaima maluca, haciéndole la vida imposible ‘a la salvaje esa’, como le decía a la protagonista, fuera de marginal, de pobretona y muerta de hambre (¿de dónde sacan esos diálogos?). Claro, que si uno se la encuentra por allí no va a despreciarla si te propone ir a bailar. Tal vez no sea tan malosa como parece, pero tiene un aire. También se ve muy ‘buena’ en las latas de cerveza POLAR, pero es que esas chicas POLAR son de armas tomar toditas.
Por cierto, que novela donde hace de buena, fracasa, ¿por qué será?
Julio César.
Esta tiene que ser una de las mejores tardes que han transcurrido en mucho tiempo, y fue por la noticia llegada del otro lado del Arauca. Quince personas inocentes, quince seres que habían permanecido durante años a merced de bandoleros que los mantenían prisioneros, vejados, humillados, tratados como animales, incluso sujetos con cadenas, han sido liberados mediante una brillante, precisa y sorprendente acción militar. Todos sanos y a salvo, gracias a Dios. Para ellos ha terminado la pesadilla de saber sus vidas en manos del capricho del momento de delincuentes, aunque seguramente les costará hacerse a la idea de que ya no son rehenes; pero lograrán continuar. Verán a su gente, reirán, comerán, pasearán, se molestarán o se echarán en una cama, sus camas, a dormir o a querer. La vida comienza nuevamente para ellos. Aún quedan otros, pero el gobierno colombiano parece tener una meta clara: no descansar hasta que el último deje de estar en manos de sus captores, y estos enfrentados a la justicia por sus actos.
De verdad que uno se alegra por esa señora Ingrid, tan apacible, tan clara en su razonamiento, tan firme en sus convicciones. Y por los tres norteamericanos, y por los once militares y policías. Fue conmovedor verlo; qué nos quedaba si no era reír, aplaudir, llamar a los amigos y familiares para comentarlo, como todo el mundo. Bravo. Bravo por todos ellos. Bravo por Colombia.
Quien también debe estar que baila en una pata es ese bárbaro de Uribe Vélez. Como dicen en su tierra, resultó tremendo berraco. Con esa cara de sacristán y con esa vocecita de quien canta en el coro de la iglesia, resultó un carajo resuelto a todo por cumplir la promesa que hizo al llegar a la presidencia: acabar con la insurgencia que mancó el destino de Colombia. Ni gritos de lobbys pagados, ni prensas ‘liberales’ acusándolo desesperadamente de esto y aquello, ni narco diputados o Piedades impías, ni presidentes que convierten sus territorios en aliviaderos de estos malandros ha valido de nada. Únicamente les queda la pataleta destemplada, las caritas de arrechitos, las denuncias vacías e inútiles. Cercano está el día cuando los colombianos se sientan seguros y libres de estos grupos terroristas. Y ese será un gran día.
Julio César.
La felicidad está donde el corazón encuentra la paz.
“¿Y si se lo digo? ¿Y si le digo cuánto lo quiero? Dios, no podré seguir lejos de este lugar y de ti; así no creo poder vivir. Y si te lo digo… ¿qué harás? ¿Me obligarás a amarte para siempre y no me dejarás partir nunca? ¿Me juras que lo harás? ¿Y si dejo mi miedo de ser Ennis del Mar y te lo digo? ¿Y sí…?”
……
Como ya dije, me encanta esta fotografía. Se ven jóvenes, felices, con esperanzas todavía… y Ennis es quien da el primer paso. Si, me gusta.
Julio César.
¿Cuántas veces no pedimos un favor, aún a la familia más cercana, y nos salen con una vaina? Y en cosas sencillas: chico ayúdame y cierra esa puerta. No falta quien proteste y gruña como perro apaleado, como si le estuvieras pidiendo que cargara una nevera de dos puertas por unas escaleras. Si les pides la hora, parece que quieres sacarle sangre. Y lo hacen simplemente para molestar, sólo eso, porque nada les cuesta responder a esos detallitos. Pero la verdad es que todos somos así. En mi trabajo hay gente que me dice “pero llame a la doctora para ver sí está”. Y me señalan el teléfono, y me resisto, cuando en verdad eso no me cuesta nada.
Pero seguramente hay gente que no tiene esos problemas. Y no me refiero únicamente a la gente famosa, bonita y con billete (a esos ¿quién les niega algo?), sino a gente común, pero agradable. Creo que ahí reside mi problema, no soy agradable. Debe ser una sensación maravillosa necesitar algo y que todo el mundo no solo no se niegue, sino que se ofrezca. ¿Te imaginas ir por una hermosa playa europea y tropezarte con esta niña bronceadita y hermosa, Anna Kournikova, la talentosa tenista que chilla tan bonito mientras compite?:

-Señor, mi auto se dañó, ¿me lleva hasta el hotel? Estoy algo mareada por tantas piñas coladas… (o lo que sea que tomen en las playas europeas).
……
-Amigo, sé que estás full de trabajo, pero necesito que revises estos datos en la red, que los leas y analices, que hagas un resumen con varios esquemas y me lo imprimas en un disco. Necesito que diseñes una portada y me hagas cincuenta copias de él. Y envíalos a estas direcciones, que te firmen un recibo de recibido y las metas en una carpeta, de la cual se necesitarán tres copias también. Pero eso es para ya. Yo me puedo quedar aquí contigo mientras lo haces, ¿crees poder hacerme ese favorcito? Te estaré eternamente agradecido… –pide todo modosito, casi encimándosele en un hombro al técnico, Chris Evans, el joven actor que encarnó a La Antorcha Humana en LOS CUATRO FANTÁSTICOS.
……
¿Quién le dice no a gente así? Pero hablando en serio, uno se sorprende cuando piensa en frío sobre la manera que actuamos ordinariamente y reparamos en los mil detalles, pequeños, tontos e insignificantes que convertimos en motivo de molestia y amargura para gente cercana. Por necedades armamos un problema o nos negamos a la cosa más tonta que, sin embargo, habría sido de importancia para otros: un hermano, la mamá, los amigos, la pareja. Algo tan común como “por favor, no dejes destapada la crema dental”, se convierte en motivo de guerra. ¿Y para qué? Simplemente para estresarnos, es lo único que conseguimos a la larga. Hacernos la vida más difícil. Y siempre existe el peligro de que nos paguen con la misma moneda si necesitamos o pedimos algo.
Julio César.
Sí, gente como uno…
Hace tiempo, en un capítulo de mis queridos Simpson, presencié uno de los momentos más hilarantes de dicha historia. A Lisa le había salido una competidora en la escuela, una niña sifrina que decía “cómo crees”, que la hizo sufrir. Pero lo realmente increíble de ese episodio fue la actitud de Homero, quien se involucró en una de sus ideas más desacertadas, locas e irresponsable: iba a hacerse rico recogiendo y vendiendo manteca usada. Grasa de cocina. En un momento gastó más dinero del que iba a ganar friendo unas tocinetas. Lisa, incrédula ante tantas tonterías, le pregunto: ¿Te harás rico vendiendo grasa? Y él, con un airecillo de quien responde a una gran bobería, replico: “No, llevaré gastos inteligentes, ahorraré y haré buenas inversiones”. Lo dijo como si la locura fuera esa, no su plan. Yo me reí largo rato ante tanta inconsecuencia. Pero esa forma disparatada de pensar la manifiestan demasiadas personas. Por un lado es bueno, porque incentiva la aparición de mercadillos que uno ni imaginaba. Hay quienes alquilan sillas frente a colas largas donde la gente espera para hacer trámites. A su manera, son útiles.
En buena medida esa manera irresponsable de pensar es un mal generalizado de nuestros tiempos. Los Simpson no hacen más que colocar un enorme reflector sobre el problema (enorme como debe ser Homero en carne y hueso). Creo que por eso me gustan tanto, motivo por el que otros los detestan. Desde que aparecieron hace tantos años, los defendí diciendo que los Simpson eran gente como uno (siempre me replicaban: serán como tú). Pero el que resulte grotesco, o desagradable, no lo hace menos real (el problema de la inconsecuencia, no los Simpson). Ni va a desaparecer. Y me temo que por sí mismo tampoco se va a corregir. Por experiencia se sabe que todo camino fácil es el que se toma, así el resultado no sea el deseado, pero termina aceptándose como a todo, aún a una mala suegra. ¿Cuántas personas no arrojan la basura por la ventanilla del auto ya como algo automático, sin detenerse a pensar en ello? La maña comenzó con la prisa: no había donde botarlo y se arrojaba, sintiéndose cierta culpa. La costumbre acabó con eso. Ahora el gran basurero que terminan siendo tantas ciudades (en Venezuela) es cotidiano, por lo tanto no merecedor de una segunda mirada o análisis. Uno se acostumbra como a ver un perro en una esquina o una mata secándose.
Ah, carrizo, ya divago y me aparto de lo que deseaba hablar. Es lo que digo, se desvía uno del camino que deseaba seguir cada vez. Actualmente Venezuela Ecuador y Bolivia sufren de un mal endémico de nuestra región: olvidándose todo plan previo de trabajo, un grupo alzado con el poder cree que sólo ellos saben, sólo ellos pueden disponer de los recursos y de la manera de utilizarlos, como si el resto de la población no contara o no mereciera ser oída. Lo más preocupante es el delirio con el que parten, cada nuevo gobierno cree que es el más mejor, el bueno, que la historia y los cambios comienzan ahí, que el pasado debe ser sepultado, y por lo tanto todo plan o estrategia para enfrentar los problemas, olvidado. Cuando se analiza a fondo, encontramos que es la vieja maña de comenzar siempre de nuevo, una y otra vez, inconsecuentes, como malditos por algún designio que no nos permite prosperar. Nunca he entiendo a cabalidad por qué continuamos perpetuando tal estado de cosas.
En Venezuela las tendencias a combatir son claras, no sé realmente si puede extrapolarse a otras realidades, pero aquí voy. La gente adulta, padres, representantes y ciudadanos comunes debemos hacer un esfuerzo para enderezar el entuerto que años de práctica viciada han ido creando como patrón o modelo de vida. En la escuela, desde los seis años, y desde el llamado primer año (o grado como era antes) hasta la salida misma del bachillerato, a los muchachos debe decírsele que los problemas de la vida diaria no pueden resolverse con milagrería, golpes de suerte o con brujas. Que se puede pedir ayuda al Cielo, pero moviéndose para resolver. Que los problemas no desaparecen solos, que hay que enfrentarlos y combatirlos. Debe inculcárseles una visión clara para que aprendan a asociar causas con efectos: sexo sin seguridad puede terminar en embarazos no deseados o en enfermedades. Diciéndolo claro, los niños vienen del sexo, el SIDA también; sin disfrazarlo tanto, este es un punto donde debemos enfrentar tajantemente las tendencias sociales o la vaina empeorará, por lo tanto hay que llamar al pan, pan y al vino, vino. Cuando los muchachos ya tienen cierta edad, cuando las hormonas halan en todas direcciones y ‘sabe’ que eso, el sexo, puede ser divertido, rico y satisfactorio, es difícil intentar cosa quiméricas como que abracen el celibato (ja ja ja), o ‘piensen’ en ese momento en los riesgos, pero sí que entiendan que si un muchacho se mete con una chica, o esta ‘quiere’ demasiado al novio, y caen en una cama, puede haber consecuencias.
No quiero meterme en cuestiones morales o éticas, cuando hay problemas reales e inmediatos, prácticas como dicen, esos esoterismos me parece que deben ser tratados únicamente en púlpitos y cátedras, la obligación inmediata es contener estos males: adolescentes embarazadas, peligros de abortos ilegales, paternidad irresponsable, aumento del círculo de la miseria, marginalidad y carga social pasiva, o enfermedades. Si no podemos impedir que un joven y una muchacha vayan a divertirse (o en las variadas combinaciones), por lo menos que tengan conciencia de enfermedades como el SIDA que consume y destruye, que vean y escuchen a sus víctimas; que en la casa donde no hay baño, comida o medicinas, eso puede empeorar con otro y otro y otro muchachito. Si van a tirar, como decimos por aquí, que se lleven un condón, carrizo. Que medio piensen que el sexo puede ser divertido y satisfactorio… pero más cuando no hay consecuencias con las cuales cargar toda la vida (o recostándoselas a otros). Hay que enseñarles a asociar una cosa con otra, sexo indiscriminado (sí, como si fuera tan fácil) con mayores probabilidades de problemas más tarde. Debe explicársele, día a día, que quien no se prepara para aprender un oficio termina trabajando en lo que sea, así no gane bien o le toque vivir en un lugar inundo, sin nada de lo que un día soñó o creyó merecer. Que entiendan que si toman caña y conducen puede haber un accidente, y que ello no es un castigo del Cielo ni mala suerte, que hubo una relación entre una cosa y otra. Y hay que hacerlo, porque muchos jóvenes (incluso gente más vieja) no es capaz de entender dicha correlación.
Hay que terminar con ese pensamiento irresponsable, superficial y algo estúpido que nos hace creer que todo saldrá bien al final, sin que medie ningún esfuerzo propio. Desde los seis años, en cada casa y escuela, en cada ciudades y campos, y hasta que abandonen el bachillerato, se le debe explicar todo esto a los muchachos. Que entiendan que no hay una máquina mágica para hacer plata (excepto las del gobierno), que no existe algo como el negocito rápido y fácil (asaltantes, traficantes, criminales y asesinos terminan pagándolo, de una forma u otra, llevándose a la familia en los cachos muchas veces, la violencia tiene sus propias reglas), que para el futuro hay que prepararse o se terminará lamentándolo. Que quien no se prepara para encararlo puede terminar amargado cargando cajas en una fábrica, quejándose de su suerte o del italiano maldito que no paga, o envidiando al que puede viajar, comprar un carro o comer en un restorán, creyendo que la vida fue injusta con él o ella y que los demás son unos desgraciados (ah, este grupo, caldo de cultivo siempre para seguir a los revolucionarios, siempre arrechos con todos los demás. ¡Envidiosos!). Con todo esto no quiero decir que las oraciones no sirvan (como canta y defiende Vico C, bonito tema), o no se pueda encender una velita… pero como expresan por ahí: Dios dijo, ayúdate que yo te ayudaré…
Julio César.
Grita porque la vio hasta el final…
Hace unos días, llegado del trabajo acalorado, molesto, cargado de tensiones y rabias, encendí mi aire acondicionado (no me gusta dejarlo fijo), la televisión y me serví una taza enorme de café. Me dispuse a presenciar una cinta (o disco, es raro decirlo así) de muertos vivientes. Me encanta ese tipo de películas. Me agradan esos seres torpes, brutales, que se multiplican como un chisme maloso, acorralando a los pobres vivos. Sí, me gustan, algunas pueden ser argumentalmente muy malas, como lo son generalmente las VIERNES 13, pero siempre es emocionante, grato y… (no sé cómo decirlo sin parecer un psicópata) ameno ver los asesinatos. ¿Qué quieren que les diga? Eso me distrae. Sólo en filmes, sólo en la ficción. Esta, MUERTOS REVIVIDOS, me la vendieron como “Uno de los mejores filmes de zombis en años”. Y en verdad era sustentable. Nada del otro mundo, los lugares comunes y todo eso, pero las escenas de brutalidad caníbal eran como más feas, las víctima como que tardaban más en morir. Hubo dos grandes aciertos dramáticos para decirlo así, el primero en caer devorado, el chico del aseo, se veía bien, buena gente, amable y galancito (creí que era el héroe), cuando todo comenzó me decía: corre, no, aléjate, aléjate; pero luego va y muere de una forma atroz, a mí me dio escalofrío. Pero también ese muchacho, ¿cómo se lo ocurrió abrir esa vaina? Es como el viejo chiste de parodias: “Dios, todos están muerto, parece la obra de un loco homicida, ¿qué es eso?, bajaré al sótano para ver qué es ese ruido”.
El otro momento impactante fue la hermosa joven asesinada saliendo de su carro cuando iba rumbo a la fiesta de los chicos bonitos, idiotas y necios (ya es un estereotipo, aún en ALIÉN CONTRA DEPREDADOR, la dos, se vio esto). Fue salvaje todo lo que le hicieron esos bichos; porque estos, para aumentar el horror, no eran los típicos muertos vivientes que caminan arrastrando una pata. No, estos corrían, y duro, como el policía malo en TERMINATOR dos. Difícilmente alguien podría ganarles en los cien metros planos. Pero hubo desaciertos que molestaron, dañando algo que pudo ser regular tirando a bueno; fueron tres detallitos en específico. Uno era el grupo de los chicos ‘buenos’ encerrados en un carro rumbo a una verbena, fumando marihuana como si de algo inocente, una tremendura, se tratara. Es la contribución y continuación del falso paradigma que sostiene que eso no es malo, sino que da caché. Esta excusa de enfermos que intentan justificar su debilidad, siempre me ha molestado. No, las drogas no hacen daño, eso es mentira. Pregúntenle a Britney. Lo otro fue cuando estos seres comenzaron a atacar (y fue casi absurdo), cuando los jóvenes se encierran bajo techo, cercados, y uno le dice al otro “parece un ejercito de zombis”. Y lo decía como quien dice, coño, llegaron los portugueses, o los italianos, o los gorditos, o los inmigrantes. Se supone que si uno no los ha visto antes, que si el mundo no se ha enfrentado ante a los zombis, no se les conoce. A menos que eso pase a cada rato en ese pueblo. Pero como digo, fue este un detalle tonto.
Pero lo grave fue el final. El chico y la chica, los últimos, están frente a una morgue, no pueden abrir la puerta, los muertos vivientes los rodean, los miran y echan a correr hacia ellos, saboreándolos ya. ¿Saben lo qué pasó? Ah, no, mírenla y arréchense ustedes también. Pero en verdad no fue tan mala. Yo, excepto por ese detallito final, la pasé más menos bien viéndola. Como dije, me agradan los zombis… no como vecinos, claro. Recuerdo que cuando vi por primera vez EL RESIDENTE MALIGNO, con Milla Jovovich, la disfruté bastante, y comentándola con un hermano le dije: hubo un accidente y la computadora mató a todo el mundo, ¿y sabes qué pasó? No sé cómo lo hizo, pero me dijo: no, no me digas, revivieron como zombis y comenzaron a matar gente. Creo que me vuelvo predecible.
Julio César.
Por donde muchos lo miren...
El señor conocido como David Robert Beckham, nacido hace unos cuantos añitos en Leytonstone Inglaterra, a quien llaman (obviamente por la mujer) el Spice boy, es un triunfador tanto dentro de la cancha, con su gran talento, como fuera de ella. Creo, en mi modesta opinión, que su gran virtud en el juego, lo que lo ha hecho grande (fuera del físico, claro) es esa increíble puntería, ese don para colocar el balón desde casi tres cuartos de chancha de una certera patada, empalmándolo con el pie o la cabeza de un compañero que corona la anotación (¡goooool!); aunque hay que reconocerle que cobrando tiros libres es igualmente soberbio. También se las ingenia para anotar por su cuenta, pero en lo otro, en la asistencia y el cobro de penas, es fantástico. Fuera de la cancha parece seguro de sí, arrogante, y da la impresión de ser algo antipático. Y tiene por qué; con esa fortuna, esa mujer y esa pinta... cualquiera.
Su matrimonio con la ex Spice girl Victoria Adams, como todas sus otras inversiones, lo lleva bien; su mudanza a Estados Unidos no fue muy acertada en opinión de muchos, pero sólo el tiempo lo dirá; amen de la bola de billetes que gana. Pero en lo otro, en la explotación de su cuerpo (lo digo en el buen sentido), Beckham es todavía mejor. Es amado e idolatrado de forma obsesa por hombres y mujeres, y no todos seguidores del fútbol (¿pueden imaginar la naturaleza de algunas ‘fantasías'?). Se mueve bien, y de alguna forma siempre consigue que haya una fotografía como esta. Uno la mira y piensa: “se mete un poco más y...”. Y con ello logra ser un poquito más famosos cada día. Que se administre bien, el tiempo corre y pasa facturas a veces injustas; pero ojal, aunque no sea mucho de mi agrado, siga brillando durante largo tiempo, es una de esas personas que hacen este mundo más interesante.
Julio César.
El día quince de agosto de dos mil cinco, el país se había ilusionado con la esperanza de salir del desastroso gobierno de Hugo Chávez. La gente ya estaba cansada de años de prédica estéril, de decir una cosa, atacando, descalificando, crítico y duro, mientras se hacía otra totalmente distinta, de forma completamente descarada. La entrega del país por pedazos; la deliberada destrucción de la mayor empresa, la única que sostiene a todos, PDVSA, pensándose en un remate final al mejor postor; las persecuciones políticas; los juicios amañados; los asesinatos; las agresiones; el maltrato de conciudadanos a manos de cubanos; el odio mondo y lirondo que el Líder exhalaba y sus complejos de inferioridad, habían rebasado el plato. La gente quería salir pacíficamente de ese problema.
El resultado es conocido ya de todo el mundo, de forma sorpresiva, que nadie creyó, el presidente Hugo Chávez fue declarado vencedor de la prueba electoral por un Consejo Nacional Electoral nombrado para eso, con un trío de curiosos personajes que debían representar a las mayorías ciudadanas, donde uno de ellos, Oscar Battaglini, se declaraba chavista de uña en rabo de propia voz; otro, Francisco Carrasquero, se llamaba imparcial y poco después era nombrado magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, por el Gobierno; y el otro, Jorge Rodríguez, terminó como Vicepresidente de la República. Y aunque este trío, que conformaba la mayoría y desidia todo lo que se hacía o no dentro del organismo, y controlaba todo lo relacionado con el referéndum, fueron denunciados, ni el Centro Carter, la OEA o el llamado Grupo de Amigos de Chávez, los objetó jamás. Ni siquiera después de que consiguieron sus nuevos cargos, algún miembro de estas organizaciones hizo un señalamiento.
De ese día infausto, recuerdo claramente el valor de dos mujeres singulares. En un país de mujeres corajudas (cuando se escriba la historia de estos tiempos las féminas alcanzarán alturas épicas), dos dieron la tonada del triste día dieciséis: Marta Colomina y Sobella Mejías. Cada una, dentro de su campo, libró la gran batalla de resistencia, fueron oídas por muy pocos. Pocos intentaron hacer algo. La mayoría guardó silencio y las dejó a su suerte.
El Gobierno intentó por todos los medios evitar el referéndum. Lo primero que hizo fue desestimar y desconocer el primer intento realizado para recolectar las firmas para hacer la petitoria. No habiendo separación de poderes, la ciudadanía no tuvo a quién ocurrir ante tal pretensión. Se hizo una segunda recolección de rúbricas, pero entonces salieron con el cuento de que la gente no había escrito por sí misma en los cuadernos donde se tomaban los datos, dándose a la recolección, el mismo día del hecho, la denominación de mega fraude. Así lo llamó el Presidente en persona, y el resto de los acólitos repitió como loro. Se dijo de las firmas planas que eran inaceptables. Y al cometer un magistrado del Tribunal Supremo de Justina, de la Sala Electoral, Alberto Martini Urdaneta, honesto y valiente, el delito de decir que esas firmas sí eran validas para pedir un revocatorio, la jauría se le lanzó encima. Se le desobedeció y se le separó del cargo, sin que las fuerzas de oposición hicieran un amago siquiera de apoyarlo; mientras Brasil, Argentina, la OEA y España gritaban a coro: así, así, así es que se gobierna.
Lo curioso fue que para varios de los llamados diputados de la oposición, cuando se recolectaron firmas para sacarlos de la Asamblea Nacional, se notó que estas eran ‘planas’; sin embargo esto sí ya no era un problema ni era una irregularidad en este caso, como Carlos Escarrá no se cansaba de repetir, el otrora hombre de leyes, envilecido ahora por las mieles del poder. No, las firmas planas sólo eran ilegales cuando estaban en contra del Gobierno. Nuevamente Brasil, Chile y Argentina admiraron el tino democrático y legalista del Régimen: lo bueno para mí, lo malo para ti.
Cuando al Gobierno no le quedó más remedio que aceptar que se recolectaron las firmas, rebajando el número de ellas para hacer creer al tonto, imagina uno que en España o en la redacción del The New York Tames que no era tanta la gente que odiaba al Líder, se blindó el tinglado del Consejo Nacional Electoral. De los cinco rectores que debían dirigir y controlar los comicios, que se suponía debían ser elegidos por la sociedad civil, y aunque la gente gritó que todo quedaba en manos de una mayoría gubernamental (Carrasquero, Battaglini y Rodríguez), dejando a sólo dos para la ‘oposición’ (Ezequiel Zamora y Sobella Mejías), estos últimos quedaron completamente alejados de toda dirección de control. El Centro Carter, César Gaviria, Brasil, Argentina y Estados Unidos se aprestaron a avalar tal situación.
Comenzaron las denuncias de que se cedulaban dos y tres veces a las mismas personas, que se nacionalizaba a gente sin los requisitos, y que el fiscal de cedulación, que siempre era representante de la oposición para equilibrar a la dirección de identificación, en este caso pertenecía al partido de Gobierno. Se dijo que los equipos traídos para el voto computarizado eran poco fiable, primero porque sólo el Gobierno tenía acceso a los programas y al control de las máquinas; segundo, porque había sido demostrado que era posible saber por quién votó cada persona en pruebas en vivo; y por último que los resultados podían ser modificados con tan sólo iniciar un programa oculto. Eso se gritó en muchos programas de televisión, en la radio y en la prensa. Marta Colomina, Patricia Poleo, Nelson Bocaranda y otros lo manejaron casi como tribuna abierta y diaria, con expertos que alertaban del problema, aunque los llamados líderes de la oposición daban toda clase de garantías de que era imposible hacer trampas con el sistema, y que las elecciones estaban blindadas contra el fraude. Fue más la acción de esta gente, que la propaganda electoral, la que hizo creer a la ciudadanía que de esta forma se podía salir del problema en el que se metió Venezuela botando por un hombre que juró convertir a su país en otra cárcel como Cuba.
Con estos políticos llamados de la oposición pasaba algo muy extraño, mientras todo el mundo veía peligros y sombras de fraude, incluida la excelente gente del grupo SÚMATE (odiados por Gobierno y oposición, por eficientes), ellos auguraban un final feliz, con un presidente Chávez reconociendo su derrota y marchándose dignamente (ja), como si del viejo Raúl Leoni, el gran demócrata que dijo que si perdían por un sólo voto entregaban el coroto, se tratara. Por mucho tiempo estos señores gritaron que este era un Gobierno autoritario, tramposo y delictivo con tendencia dictatorial, pero en el fondo no lo creían. El peligro que el hombre y la mujer común percibían en cada acto del Régimen, era algo desconocido para ellos, demostrando que eran una generación de políticos incapaces de enfrentar, dirigir u organizar nada. Ya no digamos de ‘cobrar’ un resultado electoral; el problema estuvo en que hicieron creer que si podían. Estafa, creo que le llaman a eso.
Los grupos de vigilancia ciudadana denunciaban que se cedulaba muchas veces a los mismos grupos pregobierno, que se negaban las auditorias al registro electoral, y mucho menos se permitía su publicación (¿cómo explicar tantos inscritos sin dirección fija?), que se procedía al negoción de las máquinas, que tampoco fueron auditadas, a no ser por aquellas que escogieron los rectores electorales puestos ahí por el Gobierno. Sin embargo, el Centro Carter, la OEA y los observadores internacionales no vieron en ello ninguna irregularidad. Según ellos, eso siempre se hacía así, aunque meses después se asistió a la escena más dantesca en los últimos tiempos, cuando Jimmy Carter, mostrándose como el cínico sin escrúpulos que es, denunciaba y se oponía tajantemente al uso de máquinas electorales en Estados Unidos, ya que eran susceptibles de ser alteradas y sus resultados eran poco confiables. ¿Alguien le preguntó por qué se negaba allá a lo que aquí favoreció? No, las respuestas podrían ser muy bochornosas para el gran país que un día lo hizo presidente.
¿Hace falta hablar de ese día quince de agosto? Fue soleado, las colas fueron largas y con muy poca movilidad, parecía algo hecho a propósito para desanimar a los votantes, pero la gente aguantaba. Cosas curiosas se sucedieron sin parar, la gente, frente a la Guardia Nacional, hablaba de forma clara y alta que ya era hora de buscar un cambio y dejar la peleadora. Cuando alguien miraba a un conocido dentro de la cola le gritaba: ¿vas a votar? Este respondía: claro que ‘sí’, en clara alusión a su preferencia. Algo extraño, ya que el venezolano siempre había mantenido cierto respeto a la no propaganda en esas colas. Mientras caía la tarde comenzaron a llegar los resultados a pie de urna, tanto de los partidos políticos como de los observadores internacionales, también los que dejaban filtrar los testigos de mesa. Todos los esperaban con ansiedad.
La Casa del Partido del Gobierno lucía solitaria en horas de la tarde; y una alocución del Vicepresidente de la época, José Vicente Rangel, más bien sonaba a despedida. Un aire triunfalista comenzó a manifestarse dentro de la oposición. Pero el Consejo Nacional Electoral nada soltaba, dejando correr las horas, negándose a cerrar las mesas de votación aún pasada las ocho de la noche. Las horas pasaban y pasaban y los benditos primeros resultados nada que se anunciaban. La gente, pasada las doce de la noche, se retiró a dormir, sintiéndose aliviado no sólo del resultado que veladamente ya manejaban las televisoras, los comandos de campaña de los partidos y aún la prensa internacional, sino que parecía que todo transcurriría con tranquilidad, sin necesidad de llegarse a una guerra interna.
Sin embargo una voz de alarma estalló con toda crudeza a tempranas horas de la madrugada, cuando dos de los rectores principales, aquellos asociados a la oposición, aparecieron frente a las cámaras de televisión. Quienes aún se mantenían pendientes de las noticias, se inquietaron ante la vista de esos dos, que se notaban agotados, furiosos e impotentes. Eran ellos un Ezequiel Zamora de mirada mortecina, cansado, como hastiado de tratar con este país; y a su lado, Sobella Mejías, esa mujer de porte sencillo, de doñita de casa de clase media alta. Fue ella quien llevó la voz cantante, la que estaba ahí y la destinada en ese momento para dar el grito de alerta. Con rostro desencajado, ojos muy abiertos, asustada, mirando hacia los rincones como si temiera que en cualquier momento apareciera la Policía Política, la DISIP, que la arrastraría fuera de foco hacia un calabozo, habló. La mujer con voz tartajeante, de miedo, de verse de pronto impulsada a un papel protagónico que tal vez no había deseado, pero sintiendo eso que llaman la voz de la conciencia y la llamada de la historia, denunció lo increíble.
Mientras los cómputos iban llegando a la sede principal de CNE, un grupo de técnicos relacionados todos con el Gobierno, con otro grupo de técnicos cubanos, se habían encerrado en la Sala de Totalización, de donde ella, a pesar de ser una rectora principal, fue sacada con malas caras y tratos por la Guardia Nacional, y se le impidió la entrada al otro rector cuando éste quiso protestar por esa arbitrariedad. Los llamados observadores del Centro Carter, de la OEA, y de países cómplices como Argentina, España y Brasil, también fueron retirados y no se les permitió la entrada nuevamente. Todo eso fue denunciado por esa mujer que abría desmesuradamente los ojos: que las actas electrónicas, los resultados, estaban llegando y se hacían manipulaciones a espaldas del país y de los observadores, de las que ellos (ella y Ezequiel) nada sabían. Ella llamaba al pueblo de Venezuela para alertarlos, no sabía qué estaba pasando con las actas y los resultados computarizados, ni lo que podría ocurrir con ellos en esa encerrona. No lo dijo con todas las letras, pero estaba implícito: ¡los habían sacado de allí para invertir los resultados! ¡Para hacer trampa! Un fraude mondo y lirondo, donde ellos sacaban sus propias cuentas y, oh, sorpresa, les daban como querían. Pero ella no pensaba permitírselos. Lo gritó, lo denunció, lo otro sería la salida a las calles de la población, capitaneados por los políticos. Que se armara la ucraniana, pensó la mujer para sus adentros, y que Dios cuidara de todo el mundo, pero eso no podía quedarse así. Seguramente también contaba con la colaboración de los llamaos observadores, que habían constatado en vivo las irregularidades (¡qué inocencia!).
Menos de dos horas después, con su cara muy lavada, el señor Carrasquero repetía unos resultados que en horas de la tarde ya los canales estatales habían repartido en varios medios de comunicación a nivel mundial, coincidiendo a la maravilla los números, cosa de pitonisos. Lo que vino después fue la estupefacción. El país quedó silencioso, en shock. La oposición no entendía qué había pasado, los seguidores del Gobierno tampoco salieron a celebrar esa madrugada del dieciséis, así como todo ese día. Nadie podía creerlo. Y en medio de ese silencio de depresión, de engaño, de muchas lágrimas de frustración, una voz se levantó con furia, con amargura, decidida, resuelta y valiente, doña Marta Colomina, quien desde su programa mañanero en ese que otrora fue un canal libre, TELEVEN, llamó fraude al fraude, mientras otros intentaban recular o suavizar los términos. Lo dijo con rabia, con voz dura, tanto que muchos de sus invitados parecían algo temerosos. Ella y el fallecido Jorge Olavarría, un hombre que había defendido y encumbrado a Chávez, repudiándolo al saberlo un demente peligroso para la salud de la patria, hablaron con toda la hiel del desencanto esa mañana.
De ese infausto dieciséis de agosto, se levantaron voces discretas como la de Mari Pili Hernández, una periodista radial defensora del Régimen, quien pidió ponderación en los comentarios y que dejara de hablarse de fraude, ya que eso dividiría más al país y creaba un caldo peligroso para la paz. José Vicente Rangel, Vicepresidente para el momento, llamaba a la calma, que la vida republicana continuaría. Del resto, los políticos brillaron por su ausencia, tanto los del Gobierno como los de la mal llamada oposición, gerentes para tiendas, pero no para administrar tiempos duros y de batalla. Y comenzaron los relatos de leyendas. Unos decía que César Gaviria, Secretario General de la OEA para el momento, furioso, amenazaba con irse del país sin reconocer los resultados ante la evidencia del secreteo en la Sala de Totalización, donde sólo el Gobierno estuvo presente para sumar los cómputos.
Era mentira, tal dignidad y resolución jamás existió. Para esos momentos Estados Unidos, embarcados en otro atolladero bélico en el Golfo, necesitaba lo que aún creía el suministro confiable de combustible desde Venezuela, y lo que menos deseaba era una guerra civil, como si esa fuera desición suya. Pero podían permitirse tal altanería, ya que es como dice el periodista Rafael Poleo, el imperio sí existe y es bien maluco. Otra leyenda hablaba de un joven técnico que salió corriendo de la Sala de Totalización y le dijo a un grupo de observadores que estaban invirtiendo el resultado del referéndum, siendo detenido inmediatamente por la Policía Política. La especie jamás pudo ser verificada. Lo cierto es que las cifras finales fueron, pero de orden contrario, las que todos los resultados a pie de urna daban en horas de la tarde el día anterior, dando como triunfador al “sí, si queremos salir del Presidente”.
Un grupo de espontáneos, llenos de rabia y desesperación, de impotencia, se reunió rápidamente en la plaza Altamira, a protestar contra el fraude. Es de justicia reconocer el valor de algunos políticos, casi todos del Comando de la Resistencia, al que pertenecen Antonio Ledesma, Oscar Pérez, y hasta el momento de su huida forzada del país, Patricia Poleo. Allí, respondiendo a la máxima de que muerto el perro se acaba la rabia, frente a las cámaras de televisión, un hombre bajó de una motocicleta y disparó contra los manifestantes, matando a la señora Ron (no Lina Ron). El Gobierno, más tarde, hizo lo imposible por decir que la culpa era de los reunidos, que había que enjuiciar al Comando de la Resistencia, como fue culpa de los marchantes del once de abril del dos mil dos, el morir por marchar. Por el asesino se hizo de todo para salvarlo, y ese juicio aún no termina. Sabe el Gobierno que cuenta con sus ‘documentalistas’ que luego saldrían a contar la ‘verdad’ en universidades idiotas y países creyentes de pendejadas, pero sobretodo con la complicidad de los que sí fueron informados de forma concreta y veraz, como el señor Lula da Silva, Ernesto Kirchner, la señora Bachelet y Rodríguez Zapatero.
De ese desastre electoral, del hecho de la totalización de los resultados en forma muy privada, presente únicamente los afectos al Régimen, y que luego uno de los rectores saliera para el Tribunal Supremo y otro a la Vicepresidencia de la República, nadie ha dado explicaciones. Ni Brasil o Argentina, ni Chile o España; se conformaron con hacer pensar que creían en aquella payasada, aliviados de que solamente mataran a una o dos personas en todo el territorio y ya. Para Lula y Kirchner, ahí radicaba el éxito. A Marta Colomina se la cobraron y salió de TELEVEN, casi condenándolo con su ida. A Sobella Mejías se le trató mejor, incluso se dijo que se le propuso, al salir dos de los rectores, el que fuera presidenta del CNE. Ella continuó allí, preparándose para las siguientes elecciones, las de gobernadores y alcaldes, que la oposición corrió a aceptar cuando Chávez lo ordenó. Él quería elecciones y había que complacerlo, aunque los resultados ya se sabían y que Marta Colomina se halaba los cabellos intentando explicárselos a la oposición. Era obvio que la maquinaria del fraude no iba a detenerse después de los buenos resultados obtenidos, la clara cobardía e incompetencia de la oposición y la carbronería internacional. Todos sabían que se perderían estados en manos de la oposición, como Miranda, Lara y Carabobo. Sólo Enrique Mendoza, Eduardo Lapi y Salas Feo, sus gobernadores para el momento, lo ignoraban.
Mientras se preparaban estas contiendas, mucha gente, incluido mi apreciado señor Rafael Poleo, criticó a Sobella Mejías por no hacer más para detener a esta gente. Todos la notaban tibia y callada. Pero para ese momento ya Ezequiel Zamora se había retirado y la correlación de fuerzas era de cuatro oficialista contra ella… Y seamos sinceros, ¿qué ganas de hacer nada podía tener esa señora? Esta mujer, una rectora principal, había sido agredida por la Guardia Nacional el ocho de febrero del 2005, siendo vapuleada e insultada, conociendo en propia carne de los atropellos, abusos y violencia del Régimen. Se dijo que se investigaría el hecho pero nada se hizo. Y sin embargo, esa madrugada del día siguiente al fraude, logró sacar fuerzas de flaquezas, y a pesar del temor, con alarma pero resuelta, dio la voz de alerta: hacen trampa, no me dejan ver qué hacen con los resultados, hay que pararlos, salgan todos a la calle. Eso dijo con tartajeos, sabiendo que el Régimen ahora podría ser aún más violento; pero con ese valor curioso de las mujeres, que no piensan en el poder inmediato, como los hombres, sino que sacan rápidas cuentas sobre la vida y bienestar de hijos, sobrinos, ahijados y nietos. Pero nadie salió, los políticos de oposición se mimetizaron con sus camas, escondiéndose. Ella debió verlo, con rabia, seguramente con algo de llanto en sus ojos, esa mañana del día dieciséis, y debió pensar: ah, ¿no harán nada?, jódanse. Ella hizo su parte, el país falló.
Sobella Mejías está ahora jubilada, alejada de los abatares públicos. Posiblemente dedica más tiempo a su carrera, es abogado y Magíster en Ciencias Políticas, de larga y honorable trayectoria en las faenas electorales. Tal vez se dedica más al cuidado de su casa, de un jardín, o al cepillado de una perra. Ella merece estar bien, en paz, pero seguramente no lo está, porque es una mujer realista, cabal e inteligente, y debe temer por el futuro de Venezuela bajo la suela del dictador cubano, el sombrío anciano líder de un sanguinario régimen que sólo ha sembrado muerte, dolor y miseria por donde ha pasado. Pero Sobella Mejías debe tener claro en todo momento que ella cumplió con todo lo que pudo para impedir tal descalabro. Tal vez antes o después de eso no realizó nada digno de unas líneas en cualquier reseña, pero esa noche, la noche del fraude, del robo, del engaño en complicidad con gobiernos pro dictatoriales, hizo lo que pudo por salvar a su país, puso en juego todo aquello de los que tantos hombres adolecieron en ese momento, bolas, incluido el valor de hacer lo correcto, lo necesario, así eso significara ser agredida, arrestada y vejada en un calabozo de la tenebrosa DISIP.
Esta mujer de rostro ancho y anodino, se convirtió esa noche, la noche de su vida, la noche de Sobella, en otra de esas féminas cuyo retrato cuelga en una larga galería de valor, determinación y coraje. Su conciencia está tranquila, los demonios del arrepentimiento y la culpa no la perseguirán jamás. Ella puede mirar de frente a quien quiera, explicando sus acciones o no, estos hablan por ella. Hizo lo que debía y eso debería bastarle para brindarle tranquilidad hasta el final de sus días, pero casi estoy seguro de que no es así. Venezuela continúa en la oscurana, esa de la que habló un día Alí Primera: en mi tierra los hombres han tomado partido, unos por la vida, otros en contra de ellos mismos…
Julio César.
Esta es una historia publicada el cuatro de mayo del dos mil seis, no sé bien si en el blog EL PUTO JACK TWIST, o en A RAS DEL SUELO, o en UN ANGEL. No estoy seguro. Sólo sé que fue increíblemente buena. Curiosamente, mientras lo releía y lo medio adaptaba a la forma en que veo el mundo (y que me perdone el autor de tan maravillosa historia), me fui encariñando con Ennis del Mar, un tipo al que nunca le he tenido mucha paciencia. Sin embargo, el cuento, me hizo verlo bajo una luz nueva. Y vamos a estar claros, los que vimos la película y nos enamoramos de Jack Twist, debemos entender que para este tipo debió ser el infierno conocerlo, tenerlo, amarlo y perderlo. Por ello me costó incluirlo aquí, perder a Ennis también duele; realmente pensar en eso, me llenó de nostalgia y tristeza. En fin, aquí va el relato; a propósito, en un comentario enviado por el cuento, alguien también hizo una bonita aportación que incluyo aquí.
ENNIS DEL MAR HA MUERTO

Al fin la paz…
Cuando abrí los ojos no sabía lo que había ocurrido, o que hubiera ocurrido algo, simplemente me sentía diferente. Mejor que siempre, mucho mejor a decir verdad: podía erguir la espalda, la pierna dejó de molestarme, la mirada estaba mejor enfocada y sentía la mente despejada, clara, como hacía mucho tiempo que no la tenía. Mi boca estaba limpia, sin el agrio regusto a cerveza o vomito de la noche anterior. Intenté concentrarme porque todo me parecía extraño, no era como despertar de un sueño de repente, o soñar que se está despierto. Ahí estaba yo, de pie, erguido, vestido y mirando al suelo, pero sin saber cómo había hecho todo eso. ¿Desperté en medio de la noche mientras dormía?
Lo más curioso es que llevaba mi viejo y apolillado sombrero calado en la frente, uno que tenía años de años sin ponerme. De hecho… creía haberlo perdido, porque la última vez que lo usé sobre mi cabeza, de cierto y lo recuerdo bien, el frío y poderoso viento del Oeste barría unas montañas altas, y alguien, de voz riente, había gritado que tuviera cuidado que el sombrero se me iba. ¡Magia! El sombrero había regresado por arte de magia, y yo creo en ella; en esas montañas hubo un ser de esos, mágico, que hizo de ellas y de mi vida, por un tiempo, un Paraíso en la tierra…
“¿De dónde saliste, viejo sombrero?”, me pregunté, quitándomelo de la cabeza y sosteniéndolo contra mi pecho. Por alguna razón mi corazón latía con más fuerza, y eso fue antes de darme cuenta finalmente de la camisa que llevaba puesta. Allí estaban esas conocidas manchas secas, oscuras, de sangre. A mis ojos volvieron las viejas y familiares sensaciones, era como si alguien hubiera dejado caer vinagre en cada una de mis pupilas. Las lágrimas acudieron, como siempre, como años atrás, cuando ella me dijo por teléfono… (¡y aún no cumplía cuarenta años!). El mundo perdió firmeza, volviéndose borroso a mi alrededor, cubierto por ese llanto que volvía con la misma fuerza de siempre, como si el dolor fuera nuevo, como si el dolor acabara de llegar y no pensara marcharse jamás: murió… murió en un estúpido accidente.
Estuve un rato así, cubriéndome el rostro con las manos intentando contener todo aquel llanto. ¿Fue un accidente realmente? ¿Sólo eso, amigo mío? ¿O te vigilaban? ¿Sabían ellos de ti, ojos azueles, y te despreciaban demasiado? ¿Te golpeó una palanca en un tonto accidente? ¿O te siguieron a través del campo, con risas, con odio, hacia una cañada, siempre hacia la maldita cañada? ¿Pensaste en mí en ese momento? ¿Sonreías todavía, como siempre hiciste, aún cuando sufrías? No, no debía seguir así, ¿por qué me hacía esto? ¿Por qué me torturaba así? ¿Hasta cuándo duraría esto? Pero no había respuestas. Nunca las había para mí.
Al fin me serené un poco y recorrí todo dentro del trailer con mis nuevos y nítidos ojos. Joder, parecía que llevaba años deshabitado. Nadie se había molestado en sacudir todo el polvo y la arena que el viento del desierto colaba a través de cada rendija. Para colmo de males, la ventanilla de la cocinita estaba abierta de par en par y la arena entraba a mares a través de las cortinas que revoloteaban. Poco a poco la arena lo cubría todo, el suelo, los rincones, los muebles, la cama…
“La cama… ¡Santo Dios!”
Bajo aquella colcha de cuadros, vieja, había un bulto cubierto hasta el cuello, un cuerpo humano con el aspecto delgado y despatarrado de un muñeco roto y abandonado. ¡Soy yo! Si, estaba convencido, pero no sentí tristeza, ni pena, sólo… desconcierto y sorpresa, mucho más de lo que había sentido en los últimos años. Sin duda estaba muerto, la piel tenía un color extraño y parecía haberse encogido en torno a las mandíbulas, mostrando los pocos dientes que me quedaban. Por si aún quedara alguna duda por desvanecer, una mosca grande, azulada, voló irrespetuosamente y se posó en mis labios abiertos, luego sobre mi afilada nariz, donde comenzó a frotarse las patas, divertida, sin que aquel Ennis del Mar hiciera el menor gesto por quitársela de encima.
“No hay duda, estoy bien muerto”, me dije sin pasión, sin interés; sin embargo, una poderosa oleada de autocompasión se hizo presente, de forma avasalladora. Allí estaba yo, muerto, solo y abandonado a merced de los insectos. ¿Cuánto tiempo llevaba allí, así? ¿Es qué nadie me había echado de menos en la taberna o en el viejo rancho? ¿Ni siquiera mi hija Alma? ¿Se iba a convertir el maldito trailer en mi gran ataúd metálico por los siglos de los siglos? Y de pronto sentí miedo, ¿y si debía quedarme allí, mirándome abandonado para siempre en ese trailer cerrado… como un castigo? Porque así había vivido mi vida durante las últimas décadas. Solo, siempre solo, sin que me importara nadie más, encerrado en mí mismo con la única compañía de mis recuerdos, unos pocos alegres, muchos no. Viví encerrado dentro de mi dolor, mi tristeza, mis nostalgias por todo el tiempo que perdí durante los mejores veinte años de mi vida. Mi Dios, ¿esta sería mi penitencia por haberme alejado de todos, aún de mi pequeña Alma y de Francine? ¿O era mi castigo por haberlo amado tanto a él, por haberme muerto con él ese día en ese camino?
“Que final tan triste, Ennis del Mar. Ni siquiera al final supiste morir con algo de dignidad. Dejaste que toda tu vida pasara y no enmendaste tus errores. No supiste buscarlo y decirle que lo amabas. No te disculpaste con Alma, la que fue tu mujer. No les dijiste a tus hijas cuánto las querías, aunque no pudiste amarlas más o ser un buen abuelo, o uno más feliz, porque estabas triste porque él murió un día en un camino, y estaba solo cuando pasó. No le dije a mi gente que no pude vivir, que no tenía fuerzas para seguir, porque sólo podía llorar al que se fue. Se te fue la vida y no hiciste nada por pactar con el dolor, con la soledad, con la vida. Pudiste seguir queriéndolo, llamándolo cada noche, mojando con tu llanto de viejo tonto y ridículo tu almohada, agradeciéndole a su recuerdo el materializarse como una sombra en los rincones, pero también disfrutar de tu familia, de tus nietos. Pero ahora es tarde”.
Esta vez no lloré como un momento antes, tan sólo volví a cerrar los ojos y me pregunte: “¿ahora qué? ¿Debo sentarme y ver pasar la eternidad? ¿Es mi castigo, Dios, por todo lo que lo quise? ¿Ahora debo pagar todavía más por aquel pecado infame? Sí es así, perdóname, Señor, pero tampoco Tú me la hiciste nunca fácil. ¿Puedo pensar en los tiempos felices a su lado, Señor? ¿Me quedarán esos recuerdos por lo menos?”
Descubrí, en ese instante, que el tiempo no transcurre igual cuando uno está muerto, porque aunque me había parecido sólo un parpadeo, de pronto la mortecina luz que entraba por el ventanal había desaparecido. Todo estaba a oscuras, había anochecido. Me pareció mejor, la cruda realidad se difuminaba en sombras difíciles de reconocer, y una suave luz plateada que supuse provenía de la Luna hacía parecer todo más hermoso.
-Sal fuera, Ennis del Mar. –me sobresaltó un susurro que venía de mi interior, pero también parecía provenir de todas partes. Por un momento pensé que era mi propia voz, aunque no lo creí del todo, porque el tono era mucho más amable y amigable del que suelo emplear conmigo mismo.
Creí percibir un poco de cariño y afecto en aquellas palabras, como si alguien muy bondadoso comprendiese en toda su extensión mi agonía, y mi temor ante un castigo más allá de mi muerte. Esa voz parecía indicarme que era el momento al fin de curar tantas heridas, de encontrar paz, de descansar. Me fue imposible negarme a obedecer aquella suave orden y casi sin mover los pies llegué hasta la puerta, la abría sin ruido y salí al exterior.
“Ay, Dios, yo conozco este lugar”, pensé. El suave aroma de los pinos y el aire fresco de la noche golpearon mi rostro de una forma tan real que me resultó difícil aceptar que realmente estaba muerto.
-¿Ves la luz, Ennis? Camina hacia la luz.
“Mierda”, pensé. “¿Así que todo es así, como lo describen en los programas de la tele? ¿Algunos recuerdos del pasado, un túnel oscuro y un viaje siguiendo la luz? No, coño, no quiero ir hacia la puta luz. No quiero encontrarme con Dios. ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Pretende que le confiese mis culpas, mis pecados? ¿No los conoce ya? ¿Qué quiere que diga? ¿Qué pida perdón por aquel a quien amé tanto, o que le de las gracias por este amor, o quiere decirme que todo fue sólo mi culpa? Si le pregunto por su muerte, ¿me dirá por qué coño tuvo que irse así, dejándome atrás para llorarlo cada noche? No, no quiero decirle nada. No quiero asistir a mi juicio; no será justo, Dios no fue justo nunca conmigo. Debo alejarme de aquí. Debo alejarme de la maldita luz”. Todo eso lo pensé con miedo, con rabia, con otro temor aleteando en mi mente: “¿y si en la luz están mamá y papá y me preguntaban qué cochinada hice de mi vida?” Hubo un largo silencio.
-Joder, hijo de puta, camina hacia la luz. –rugio una voz, una con un tono nuevo, uno diferente, pero familiar. La verdad y la comprensión por fin estallaron en mi cabeza, y fue como una explosión de luz blanca y pura.
-No… no puede ser… -fue todo lo que pude susurrar.
Con la respiración agitada, busqué. Miré de un lado a otro hasta encontrarlo: un tenue resplandor anaranjado entre las ramas de los árboles. ¡La luz! Y eché a correr hacia ella como un loco, con miedo de estarme engañando, con miedo de que fuera sólo otra ilusión, una prueba más. El corazón lo tenía en la garganta, impidiéndome respirar, palpitando con fuerza, y las lágrimas, otra vez las malditas lágrimas, me corrían a mares por las mejillas, mientras gimoteaba como un niño que sale de un bosque oscuro donde se creía perdido y condenado para siempre, y de pronto ve una vereda y al final de ella a una persona amada esperando, llamándolo a la vida nuevamente. La amargura de tantos años, las penas, las noches de desvelo viendo pasar los fantasmas parecían irse diluyendo, quedando atrás, se me olvidaban. Salí a un claro y me detuve en seco, sin aliento.
Vi una tosca construcción tipo un techo sobre cuatro maderos que servían de pilares, donde dos caballos parecían dormitar sobre el heno. Vi una rústica cabaña levantada en medio del claro. Frente a la vivienda había una hoguera que chisporreaba con fuerza. Y allí estaba alguien agachado metiendo leña al fuego, un carajo de espaldas anchas, de camisa azul, con un sombrero tejano. Sentí temblores por todo mi cuerpo porque yo conocía bien aquellos hombros que había tocado a placer, reconocía el lustroso cabello negro que asomaba bajo el sombrero, en una nuca en la que había enterrado mi rostro muchas noches al dormir, en otra vida. Ese sujeto se volvió y vi unos ojos que iluminaron la noche toda y que me miraban con franca sorpresa, con alegría intensa.
-Por fin has legado, Ennis del Mar. Ya tenía el culo helado de tanto esperar por ti, vaquero. –sonrió, poniéndose de pie. Joven como lo fue cuando lo conocí. Magnífico como lo fue siempre en mis recuerdos.
-¡Jack…! Puto Jack Twist… -sólo pude gruñir, corriendo hacia él, con la mirada difusa otra vez, bañando el camino con mis lágrimas.
Lo abracé con fuerza, como jamás creí que podría abrazarlo otra vez. Mis brazos rodearon sus costados, mis manos atraparon su espalda y lo atraje. Nuestras frentes chocaron mientras decíamos mil vainas, y reíamos, y llorábamos. Ahora podía llorar ante él, ya no había miedo, ni al mundo, ni a mí mismo. Enterré mi cara en su hombro, en su cuello, y lloré todavía más, abrazándolo con desesperación, sintiendo su calor, su fuerza. Era el viejo aroma, el aroma que a veces me parecía imaginado y que me esforzaba por recordar. Pero no, era su olor, mis labios podían percibir su sabor. Dios mío, ¡era el Cielo!, ¡estaba en el Cielo! Dios había permitido que llegara, me habían franqueado la entrada. Estaba allí…
Y nuevamente me asusté, porque sentí como Jack se movía y temí que se alejara, pero no, sólo buscaba mi boca con la suya. Boca a cuyo encuentro corrí, hundiéndome en ella, sin aliento, sin fuerzas, pero sintiéndome vivo y poderoso al mismo tiempo; notando mis carnes dura, la piel caliente, las ganas a flor de piel. Y entre besos mordelones, miradas y caricias, choques de frentes, narices y de manos que tocaban, Jack me fue contando su historia, y fui enamorándome todavía más, maravillándome de que tal cosa fuera posible; pero claro, ¡estaba el Cielo…!
Él se había estado preparando desde cierto tiempo atrás para mi llegada, sabía que pronto estaría ahí y quería estar listo. Estuvo dormido, no recordaba más, despertó y encontró ese paraje hermoso. Y algo le dijo que debía construir un hogar. Desde ese día se dedicó a eso, a nuestra casa, una cabaña humilde pero cómoda, con una chimenea y un gran mueble acogedor, al frente. En los estantes de la cocina no había frijoles. Un solo dormitorio fue levantado, con una gran cama, solo una, donde dos personas podían descansar, pero sobretodo buscar compañía, amor y satisfacción. Era una cama donde yo podría dormir abrazado a él durante toda la eternidad, oliéndolo, tocándolo, besándolo, y cada día sería como el anterior, sin cambios, sin sorpresas, sin sobresaltos, quietos en la tierra de no pasa nada, y el Paraíso duraría para siempre. Los dos caballos habían pasado por ahí, y ahí se quedaron, y él les hizo un cobertizo primitivo, con heno, agua y todo. La cabaña estaba cerca de un cristalino y ancho arroyo, que cantarino, se mostraba lleno de truchas. Había árboles y montañas, coyotes y búhos, praderas, flores y cielos azules e inmensos, pero no hacía frío. Esta vez sin frío, por fin un lugar cálido para vivir juntos.
-La espera ha sido larga, vaquero, pero ha valido la pena. –me dijo al final, mirándome con sus ojos grandes, llenos de amor, de picardía, de deseos.- Ven, Ennis, dame esos besos con los que tanto hemos soñado. Tócame como le has pedido al Cielo poder hacer cada noche desde que me fui. Estoy aquí, Ennis, soy yo, tu Jack, el puto Jack Twist…
Julio César.
……….
La historia termina casi con una posdata del autor, y una exhortación final que habla del gran cariño que también él siente por los dos hombres de la historia; aquí la transcribo literalmente: No sé si Dios me fulminará con un rayo divino por esta imagen del Paraíso, porque en este punto en el que acaba el cuento Ennis y Jack están a punto de hacer el amor frente a ese fuego. Pero sí creo que Dios representa precisamente ese Amor, debo creer que todo ocurre de este modo, y que los dos vaqueros al fin juntos se aman por toda una eternidad (o dos, porque tratándose de Amor con mayúscula a veces una eternidad no es suficiente), de manera que… Que Dios los bendiga por siempre…
NOTA: Esta adaptación la hice en mi otro blog el año pasado, mucho antes del mal momento de la muerte del chico australiano. Este cuento me gusta, como me gustan CABALGATA, FRONTERAS, ANTES DE LA DESPEDIDA Y UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUÉS, pero ahora me parece más intenso. Debe ser por su partida.
Ya terminó el suspenso por conocer el nombre del nuevo director técnico de la aguerrida y en verdad batalladora selección nacional de México. Los problemas que había atravesado, sus recientes y significativas derrotas, quedando fuera de competencia que dominaban abiertamente, molieron el prestigio de ese hombre altanero y prepotente como lo es Hugo Sánchez, uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos. Para un ciudadano de un país donde lo común es mostrar sorpresa cuando nuestra selección gana (la VINOTINTO, lo usual es perder o empatar, y lo peor es que perder por uno o dos goles se considera un avance), admiraba ver tanto escándalo y angustia en la prensa mexicana. Los manitos se lo toman muy en serio, como imagino que ocurre en Argentina o Brasil, donde una derrota fea obliga a hara kiris y cosas así. Bueno también ocurre en Europa, tengo una amiga gallega criada aquí que fue una vez a su terruño y se admiró que en su pueblo se preparaba una marcha para ir a protestar el arbitraje de un juego. Estaba pasmada. Gente sin oficio.
La crisis mexicana, para mala suerte de Hugo Sánchez, coincidió con los juegos de la copa clubes de Santander, por lo que era frecuente, en DIRECTV, ver y oír los noticieros deportivos y los programas de opinión mexicanos. Dios, ¡las cosas que decían del pobre Hugo Sánchez! En verdad no es un hombre por el que se sienta simpatías, por muy bueno que sea, pero los ataques eran como desproporcionados. De broma no lo llamaban gordito inútil o cartucho quemado. Me dije: que duros son en la prensa azteca. Pero tal vez él no se ganó la buena voluntad de nadie. Recuerdo que en uno de esos programas hasta su hijo, quien tiene el curioso nombre de Hugo Sánchez Portugal, habló de sus errores y que lo mejor que podía hacer era dejar la selección (¿pueden imaginar la reunión familiar de este diciembre? Por una parte, fue… desagradable ver todo ese ataque, que imagino lastimó el corazón azteca, debe ser como cuando un argentino se ve obligado a decir algo contra Maradona, quien aporta bastante material. Pero por el otro, se entiende. México presenta un fútbol de calidad, siempre en ascenso, no hay Copa, Liga o Mundial donde no esté metido México. Su fútbol debe ser el tercero mejor del continente (no habrá que aclarar cuáles son el uno y el dos, ¿cierto?). Sinceramente creo que está si no a la par, a la zaga pero de cerquita del brasilero y el argentino. Y con Hugo de verdad no es fue nada bien. Competencias donde clasificaban, o ganaban, se perdieron.
El nuevo director es el sueco Sven-Goran Ericsson (vaya, hasta dónde se fueron), y cómo no, los manitos para demostrar ese nacionalismo que a veces no es la mejor guía, ya alzan voces en críticas contra el sueco (por Dios, ¿un sueco?). Lo que ya se oye es que cómo va a dirigir a la selección un hombre que ni español sabe, habla o entiende. Sin embargo este señor tiene a su favor el haber dirigido a varias escuadras buenas, colocadas entre las mejores del mundo, así que el beneficio de la duda habrá que otorgárselo. Esperemos que le vaya bien y que los mexicanos le den tiempo de demostrar si trae algo en la bola. Si, ojalá lo haga bien, que México no sólo continúe entre los mejores del continente, sino que se mantenga y avance en su roce internacional, brillando en la próxima Copa del Mundo. Siempre es bueno que halla nuevos ganadores; que cuando en Asia, África y Europa se piense en la América futbolística, se piense también México.
Julio César.
Como habrán notado estoy presentando un trabajo ‘literario’, una… (me da cosa decirlo) novela; suena pretencioso, pero eso es. Hace años que intento escribir algo pero no me ha acompañado la suerte, hablando de publicar. Los que me leyeron dicen que es interesante, que tiene posibilidades (ya odio esas palabritas; cuando las escucho…) pero no llego a más. Creo que por ahí ya he dicho que lo único mío que ha sido publicado, en papel impreso no aquí en la red, fueron dos cuentos enviados a una revista de temática adulta, llamada ENLACES, y por el nombre sacarán la maleta y al viajero. Trataba temas algo subidos de tono, y yo envié cuatro cuentos cortos para un concurso. No gané (siempre gana el amigo de alguien. ¡Mentira!), pero me publicaron dos cuentos en especifico. Y me los pagaron. ¡Estaba yo tan contento!
Los cuentos en cuestión no eran de fino erotismo o suave sensualidad, no, eran de pornografía pura (me fui por lo seguro… y perdí, pero con ello conseguí venderlos), de la que hace sonrojar al desprevenido que los leas por primera vez. De hecho me pidieron dos cuentos más, de un subgénero dentro de lo adulto, me aseguraron que se vendían bien (pero dan mala fama). El caso es que cuando decidí intentar escribir una novela larga, con muchos personajes, tramas y subtramas, me fui por lo que ya había probado gustar, pero… la revista cerró y no podían ayudarme. La envié a una casa editora, una buena, y pasaron como cinco meses con ella para arriba y para abajo, siempre parecía leerla alguien distinto, hasta que me regresaron una copia que no era la mía y me dijeron que lo sentían pero eso no concordaba con la política de la empresa. No lo entiendo, ¿cinco meses para descubrirlo? Bastaba leer los dos primeros párrafos para saber por dónde iba la historia. Pero en fin…
Había pensado que todo terminaría ahí hasta que descubrí estos espacios donde se puede publicar prácticamente todo, sin ofender o dañar, y vi abierta una nueva ventana. En este espacio no voy a reproducir nada de aquella novela, es que no hay manera de suavizarla, es terrible en dos aspectos: en la temática sexual que raya casi en lo obseso, y en mis duras palabras para con mucha gente de mi país (la parte que imagino nadie lee). Sin embargo, releyéndola, me divierto, me quedó algo chusca. Recuerdo que la inicié con una escena presenciada por mí una tarde legando al edificio donde vivía para ese entonces, encontrarme con que no tenía mis llaves. Paseándome por los estacionamientos noté a un vecino, un tipo joven y de buena pinta, mirando absorto a la parte baja de la calle. Asomándome, vi que miraba a un gimnasio donde unos tipos, seguramente al terminar la jornada y preparándose para las duchas, vestían muy poca ropa (realmente calzoncillos escandalosos). Mi vecino huyó casi a la carrera. Yo me reí mucho. Y de eso escribí un cuento corto con el cual comencé después toda aquella trama.
Pero aún quiero probar si puedo escribir algo que resulte de interés, sin aquel ‘ingrediente’, y para ello quise comenzar esta historia que me fue llegando a la cabeza de muchas fuentes, por allá en el 2002, el año de las marchas y contramarchas en Venezuela. Todos los días había que ir a una. Me dio la idea una vieja lectura de un libro que presté y me robaron, ligero pero bueno, una lectura simplemente para pasar el rato; otra fuente de inspiración fue una película sueca que vi añales atrás cuando era un liceísta y me dejó medio trastornado por aquella época (y sí, era para adultos).
Otra fuente de inspiración llegó casi combinada de dos vertientes, de una moderna historia de Romeo y Julieta entre dos personajes que se odian por creencias sociales y políticas, pero que se gustan de cerquita, tomada de la columna periodística de José Pulido, ANTAGONISTAS, que fue buena y me dio pie a lo que deseaba plasmar. Por último, un bien intencionado, seguramente para molestarme, me envió un cuento de un sitio para adultos, un cuento escrito por un antagonista, un chavista, sobre un amor parecido. El relato era malo y no sé cómo estaba dentro de ese portal, pero su delineación de los personajes y hasta su argumentación me dieron en qué pensar. No jamás soy parcial cuando hablo de Chávez y el chavismo, pero este cuento me dio una perspectiva nueva. Y en cierta forma una patente de corzo para llamar a gente por sus nombres, como hacia él en su cuento. Si él no cuida esos detalles, ¿por qué iba a hacerlo yo? Por cierto, su cuento figuraba como ANONIMO, si llega a reconocerse el autor sería bueno saber su nombre completo.
Visto en frío, no soy muy bueno relatando, soy muy lineal, las cosas se me adivinan fácilmente, no soy capaz de sorprender, y mi lenguaje es prosaico, la poesía es algo que me ha sido negado. También notarán que soy algo disperso (eso se nota en todo lo que escribo) y poco concreto, pero es que originalmente pensé hacer esto como un guión para televisión, para RCTV, como un vehículo para atacar ciertas políticas, pero el canal ya andaba condenado. Pero en fin, tal vez nos divertiremos criticándola o decidiendo qué cambiar. Lo someto a consideración, no vayan a hacerse muchas ilusiones, ¿okay?
Julio César.
¡Aquí no!
Ahora que hablamos de fútbol, y de las emociones que despierta, recuerdo que hace tiempo leí que este deporte era uno de los últimos bastiones del machismo, así como los prostíbulos, ¿qué piensan? Seguramente es así y esto no es más que una simple caricia de emoción, o de ruda ternura (¿acaso un hombre no puede sentirla? Me refiero a la ternura, no la lengua, ¿eh?). No es como si uno le susurrara al otro: ahora no, espérame en las duchas. Por cierto, la imagen no tenía identificación en la red, pero parece leerse en la espalda del más emocionado ROONE… ¿se tratará de ese inglés malgeniado y mala sangre que se la tiene jurada al portugués Ronaldo? Hummm…
Julio César.
Miradas
A veces temo mirarte y que descubras mi corazón.
Ya no puedo dejar de mirarte…
Hay hombres que nunca partirán,
y se les ve en los ojos,
pues uno recuerda sus ojos
muchos años después de que han partido.
posted by Mar del Norte at 8:53 PM 9 comments
......
Que me disculpe Mar del Norte, pero necesitaba tener esta entrada aquí. Por dos motivos; porque es hermoso lo que dice... y últimamente no tengo mucho tiempo para escribir. No sé, y me admira, como hacen algunas personas para decir tanto con tan pocas palabras. Yo no puedo. Para mí este fue un momento clave en la película, cuando comienzan a hablar de lo que son, pero al mismo tiempo ya sentían eso que era tan grande y tumultoso que los ahogaba. Recordarán que después de esto, Jack tuvo que gritar y satar como un vaquero de comiquitas. Gritaba y se agitaba para intentar aligerar la carga emocional que lo atenazaba en ese momento: su gran amor por ese otro carajo. No debe ser sencillo para nadie, hombre o mujer, hetero o no, encarar un momento así: Dios, ¿me amará? ¿Sentirá lo mismo que yo? ¿Y si me dice que no? No, no es fácil, por eso es de admirar el valor de aquellos que saltan sobre sus dudas y miedos, y encaran su verdad, sea para probar la miel de la dicha en otros labios, o para lamer sus heridas cauterizadas en amargo llanto. Pero sabiendo a qué atenerse.
Julio César.
Todo parece indicar que la presión ciudadana a veces (raramente, muy de vez en cuando) logra resultados. Este domingo, Chávez, en su programa (realmente fue el lunes, yo ni enfermo y amarrado a una cama miraría Alo Presidente) dio noticias increíbles por lo desaforado, dando la medida de lo que ocurre. Desde hace tiempo el Gobierno viene en una de rectificaciones de última hora, tan solapadas que uno ni cuenta se da, que resultan extrañas. Hace poco el Ministro de Educación, Adán Chávez, propuso un nuevo currículo educativo donde toda individualidad era eliminada, la educación religiosa era desterrada, y quedaba en manos del estado todo lo que estaba bien o mal (¡Dios!). Se dijo que era una maravilla y que se implementaría así saltaran sapos o ranas (es decir, democráticamente). Pero debieron rectificar porque maestros, representantes y estudiantes alzaron la voz, educadas, respetuosas, pero de forma brava, decidida, aunque se les acusaba de esto y aquello, o se les tildaba de todo desde lo que antes era el canal de estado (VTV) convertido en una cloaca ahora (hasta escatológicos se ponen en el aire). Luego llegó una medida populista destinada a rebajar el pasaje urbano. Creyeron comérsela, que la gente saldría a aplaudirlos, y que los choferes se la calarían porque no era bueno enfrentarse a un Gobierno como este que ya ha robado, confiscado y quitado muchas cosas. Los choferes se paralizaron, dos días, sólo dos días y amenazaron feo… si nos traicionas iremos contra ti. Y la rebaja debió ser eliminada, porque sólo hay algo más feo que un paro de transporte (aquí o en España) y es que la gente no saliera a dar vivas por la medida.
Como los canales de TV, tipo RCTV Internacional y GLOBOVISIÓN, viven pasando segmentos de declaraciones oficiales en el canal estatal, VENEZOLANA DE TELEVISION, donde ministros, militares y asambleístas quedaban como ignorantes y mentirosos (¿de dónde saldrían tantos… fenómenos?), al señor Izarra, el Ministro de Propaganda, se le ocurrió la genial idea de cobrar en millones de bolívares viejos el segundo (si, el segundo) de transmisiones que estos hicieran de la señal. Pronto el Gobierno revocó la medida porque cayó en cuanta de que si los canales privados no transmitían las noticias oficiales, que únicamente se declaran en el canal controlado porque allí nadie les pregunta aquello que no esté en el libreto, el pueblo no se enteraría de nada, ya que hasta los chavistas prefieren ver GLOBOVISIÓN donde sus problemas son sacados al aire (en VTV no), o ver RCTV, a calarse los canales controlados y entregados (es que son realmente malísimos). ¿Donde entonces se enterarían que el Presidente hará, mejorará o resolverá (siempre conjugando en futuro)? No, era un invento que salió mal, simplemente una halada de mecate más de un hombrecito poco talentoso pero retrechero, eso sí. Y bastante maltratado físicamente que anda Izarrita.
Pero lo de este domingo 8 de junio fue lo cumbre. Nada más el día sábado me reencontraba yo con mucha gente conocida en la marcha que protestaba por un año del cierre de RCTV, y la implementación de la ley GESTAPO, temiendo todos que semejante monstruosidad tomara cuerpo, y a otro día la revocan, o por lo menos su padre renegaba de ella (¡esa no es hija mía!). Por cierto, el sábado eso estaba lleno. Había tanta gente que me sorprendió. Esas leyes autoritarias asustaron a todo el mundo. Pero a pesar de eso ministros y asambleístas, con ese airecillo de quien cree que engaña a una pila de bobos, decían que eso no era así, que la gente deseaba esa ley. Pero ¿qué pasó el domingo? El mismo Chávez dijo que esas leyes eran una barbaridad y que él jamás las aprobaría, regañando a la gente involucrada en su redacción. Uno se alegra, pero no le cree nada. Él dijo, dos semanas antes, que llevaban dos años redactándola; ah, ¿nunca la había leído? (y no lo crean, puede ser, todo es posible en la dimensión absurda). Lo otro fue declarar que la guerrilla colombiana ya no tenía razón de ser, que debían dejar en libertad a sus rehenes y buscar nuevos caminos de lucha (política). La verdad es que uno no entiende como el cuello no se le fractura con semejantes volteretas. Debe estar hecho de goma.
Sí, parece que algo de sensatez se filtra a veces. Pero muy poca gente lo cree. Al parecer las encuestas que legaban a Miraflores, a las que ahora sí le pararon y no como en diciembre cuando se les dijo que la gente le cobraría el cierre de RCTV con el resultado de la aprobación o no a la reforma constitucional, y el Presidente no quiso arriesgarse a otra derrota, ya que esas medida ponían en peligro las elecciones de noviembre. ¿Quién iba a votar por semejante seres? También se dice que los militares, cansados ya de la tutela e injerencia cubana, no deseaban nuevas leyes confiscadoras y dijeron claramente que no. Como sea, Chávez, quien tiene la cara de piedra, dio esa sorpresa. Pero fue una dura e inquietante batalla. Mujeres como Rocío San Miguel, Cecilia Sosa, amén de todos los abogados de trayectoria en este país, dieron esa guerra, denunciando tantos entuertos. Fueron valientes. Periodistas como Roberto Giusti y Leopoldo Castillo (El Ciudadano), en GLOBOVISIÓN; Miguel Ángel Rodríguez y La Bicha en RCTV; y Marta Colomina en UNIÓN RADIO dieron la nota también, informando, con alarma, angustiados; acusados de mediáticos por aquellos que los sacaron del aire en muchos canales, o los persiguen en mil juicios, o controlan gran cantidad de medios… que nadie ve por falta de credibilidad.
Por ahora parece que se ganó una, pero con esta gente nunca se sabe. Aún quedan algunas reuniones en asambleas populares y de ciudadanos que se han articulado de forma asombrosa para informar, llamar la atención y vigilar. Todavía es pronto para sabe si todo quedará así. Por ahora no hay tiempo para mucho más.
Julio César.
-Señora Gómez, ¡su marido está afuera! –se alarma el hombre.
-No se preocupe, señor Martínez. En este negocio me metí yo, y yo doy la cara como ve. Sé que me metí en un compromiso de pago grande, me dicen que es enorme. Pero yo puedo con ella.
Una noche estudias en tu residencia estudiantil, llaman a tu puerta y allí está, recién bañadito, mirada ardiente y voz baja y grave, con el balón bajo el brazo.
-¿Quieres jugar conmigo? –te pregunta.
¿Qué le dices? ¿Qué haces? ¿Te niegas? ¿Dirás que tienes que estudiar ecuaciones o el periodo medieval? ¿O caes de rodillas agradeciéndole al Cielo tu suerte para hacer nuevos amigos?
Julio César.
NOTA: Imagino que les sorprenderán un poco estos… relatillos. Pero la verdad es que me salen facilitos (mi ex suegra decía que yo era un tipo vulgar; ah, la querida viejita). De hecho mi otro blog es horroroso en este aspecto. Lo hice así para llamar la atención de quien entrara, se interesara y se quedara a leer lo demás, como en aquella película La Venganza de los Nerd y el cartel: SEXO ORAL… y ahora que capté tu atención quiero hablarte del recalentamiento global… Me había contenido de incluirlos aquí pero… no tuve tiempo para escribir nada más. Y como dije, esto sale fácil.
Vuelve, por favor. No me dejes solo.
Jack, inconforme con algo que no entiende o no expresa, se queja amargamente de las subidas con las ovejas al aprisco a pasar malas noches en lugar de quedarse en el campamento junto al fuego. Ennis se ofrece a vigilar…
……
Subes por primera vez a cuidar las ovejas y parte de mi paz se va contigo. Pensé que sería grato quedarme en el campamento, pero ahora entiendo que sólo lo sería si te quedaras a mi lado. No podré dormir, cómo si estaré pendiente de ti, soñando que regresa en medio de la noche, altivo, sonriendo, preguntándome si esperaba por ti, adivinándolo, antes de acaricia mi rostro, cayendo a mi lado y besándome.
Te vas y me siento culpable, con mis quejas te obligo a partir, y tú lo haces porque quieres que esté tranquilo, que el trato sea más justo para los dos… pero lo único que en verdad deseo en este mundo eres tú, estar junto a ti. Mis noches, cada noche, se llenan contigo; en mis fantasías vuelves una y otra vez y mi cuerpo es la guitarra que tocas a placer, que acaricias, que haces vibrar, tensar y estallar de vida, de alegría.
Me alejo por primera vez del campamento rumbo al aprisco y aunque lo nuevo me atrae y la noche es clara y hermosa, nada me satisface. Otra vez estamos separados. Subo con las ovejas y tú te quedas atrás. Dime, por favor, ¿es tu mirada ardiente lo que siento a mis espaldas, o son mis deseos de que me extrañes tanto como yo a ti? Te avergonzaste de quejarte, crees que me sacrifico, que será una tortura este viaje… pero tortura es estar junto a ti viéndote sonreír, oyéndote reír, y tener que apartar la vista, excitado y apenado de mis deseos, cuando lo único que quiero es mirarte, mirarte siempre y para siempre, a mi lado, junto a mí.
No podía seguir en el campamento porque de noche no duermo. Cuando cierro los ojos es a ti a quien veo, sentado en el aprisco, vigilante, atento, solitario, fumando, mirando a la noche en medio de la nada. Y en mis pensamientos deseaba subir, llegar sin hacer ruido y caer de sorpresa a tus espaldas. ¿Puedes creer tanta locura, mi querido amigo? Quería atraparte entre mis brazos, desde atrás, imaginando que si te resistías aún así te sometería, y hundiría mi nariz en tu cabello negro y sedoso, mis labios en tu cuello y te mordería y besaría, mientras todo mi cuerpo, caliente y duro se aferraría al tuyo; y en mis sueños respondes, te vuelves y mi mirada queda atrapada en tus labios suaves y rojos, en esos lunares y…
¿Estas pensando en mí? ¿Por qué me lo parece? Mi corazón late con fuerza, con angustia y esperanza. ¿Acaso estás pensando en mí, chico peón de hacienda? ¿Acaso me extrañas tanto como yo a ti?
¿Me estás llamando en verdad, muchacho de rodeo? ¿Es tu dulce voz pronunciando mi nombre la que trae el viento o son mis esperanzas? ¿Por qué me pareces que estás aquí, junto a mí, abrazándome con tu calor, con tu olor? Subo por primera vez y no sé si podré permanecer lejos de ti, esta noche te siento más cerca; me alejo pero creo que estás más unido a mí. Cómo deseo enterrar mis dedos en tu cabello, mi amigo, y atrapar tu aliento con mi boca, bajar mis manos por tu espalda y oírte gemir contra mí… Dios, ¿qué me pasa? ¿Qué es esto que tengo?
Regresa, por favor, regresa conmigo, y lo que quieras de mí te lo daré; lo que desees que sea, seré…
……
Sólo hay miradas que se siguen, silencios de tipos rudos que no conocen de ternuras ni de afectos, de muchachos que ya son hombres… y el acompasar de dos mentes en un mismo pensamiento, de dos cuerpos que se buscan sin darse cuenta, de dos corazones que laten a un único ritmo que llama al amor. Hay gente con suerte en este mundo.
Julio César.
Filosofando sobre nada en especial…
Que broma. Es increíble como pasa el tiempo. Ni cuenta me había dado que ya llevo más de nueve meses escribiendo aquí. Recordaba vagamente que había comenzado el año pasado, pero no me había fijado cuándo. Ha sido un tiempo prolífero en entradas, aunque tal vez no en calidad (como en mi trabajo), como dicen. He escrito bastante. Mucho de algunas cosas como no se cansan de decirme quienes me conocen y únicamente me envían correos para quejarse de la parte más… seria del blog. Mucha política, dicen. ¿Y cómo no hacerlo? Por culpa de eso debo movilizarme otra vez. Ahora quieren imponer la llamada ley GESTAPO o la ley SAPO. El Gobierno sostiene que no hay nada malo en que una persona sea detenida sin una orden judicial, sin que esté un fiscal presente, sin mediar un motivo como no sea una sospecha o denuncia de que se está hablando ‘algo inconveniente a la seguridad’, o que una vivienda pueda ser allanada sin ningún otro formulismo como no sea una patada en la puerta, o las personas incomunicadas sin derecho a un abogado, o sin saber de qué se les acusa, y pendiente siempre de las pruebas que puedan aparecer después. Ni nada reprobable hay en una ley, calcada de los comandos de defensa de la revolución cubana, que obliga a los maestros a interrogar a los muchachos en las escuelas sobre qué hacen, dicen o piensan sus padres, o que estos interroguen sobre los maestros, amiguitos o las familias de los mismos. Dicen que lo usarán para bien. Pero muchos no les creemos y debemos movilizarnos una vez más. Esperamos que España, Chile y la OEA esta vez no los apoyen, de Brasil y Argentina no se espera mucho a este respecto, poderoso amigo es don dinero, y no todos tienen la flema británica.
Bueno, son problemas de nosotros, y de aquellos que deseen un régimen igual para ellos. Hablar sobre estas cosas fue uno de los tres objetivos que tuve en mente cuando comencé. Hablar mal, bien mal, de esta gente que nos desgobierna. Lo otro era saber si mis escritos podían parecer interesante, y hablar sobre Brokeback Mountain. He escrito mucho, pero todavía no sé si esto es de interés para alguien. De relatos de Brokeback recibí una bonita y sentida reseña, un comentario intenso, donde se identificaba el autor (un amigo argentino, como le gusta la cinta es un amigo) con mucho de lo que sentía yo, el primero que recibí de cuatro en casi un año, eso me sostuvo en la tarea de escribir durante mucho tiempo.
¡Tiempo! A veces no se tiene. O no hay ánimos. Durante este tiempo he abarcado muchos caminos en este blog que no han prosperado. Hay cosas en las que me repetí, errorcitos que deben corregirse. En otro espacio, no en este, inicié algunos trabajos de historias propias (que no personales) como LUCHAS INTERNAS, RELATOS CONEXOS, ENCUENTRO EN EL INFINITO, y DIOSES Y DEMONIOS. No sabía cuando comencé que daría tanto trabajo llevarlas al mismo tiempo, es por ello que ENCUENTRO Y DIOSES, las paré por el momento… pero creo que nadie lo notó allí. Y es tan deprimente. Ahora quiero presentar y desarrollar aquí uno de esos trabajos, TRINITARIAS, aunque he andado algo errático en su publicación, aunque… no creo que muchas personas lean estas cosas, así que tampoco hay daño.
Bueno, mientras se me ocurra algo que escribir sobre Ennis y Jack, o encuentre algo hermoso escrito sobre ellos, seguiré aquí. Imagino que llegará el momento en que me fastidie, o ya no deseé abrir más esta entrada, ese día terminará todo. Últimamente he estado pensando en el último cuento, algo de realismo mágico, como las entradas que coloqué como Oz, o uno escrito por otro. Tengo uno en mente. Una belleza. Con él terminaré, en su momento. Ahora me gustaría expresar mi gratitud a este grupo blogspot.es, qué fácil es accesar un texto o subir una imagen, jamás dice que no aunque es algo lento, o lo es en mi caso, no tengo la banda ancha; publicar una entrada es igualmente sencillo. No queda mejor mi plantilla porque no soy muy bueno con estos periquitos tecnológicos. Todo el que desee decir algo, debería utilizar este grupo e iniciar su propio blog. Todo el mundo tiene algo que decir, y siempre habrá al menos una persona que desee leerlo. Si lo hacen me avisan. Chao…
Julio César.
Así los imaginaría siempre…
Mientras hacía la cola en el estadiun universitario para comprarle a los hijos unas entradas para un juego de béisbol (no podía ocurrírsele regresar a casa sin ellas), la mujer planeó su viaje al cine. ¡Porque iba a ir al cine!, se dice con determinación. Obligaría a Roberto a llevarla. Nada de ver cintas mal quemadas en el reproductor de DVD. Sonríe al recordar la cara que puso cuando ella se lo propuso, estaba segura que habría preferido dar un brazo, un pie y un ojo por negarse. Pero no podía. Ella había asistido a la reunión de sus padres, que se habían casado hacía cien años atrás por lo menos, y había sido amable con todos. Y se portó bien, aunque en más de una ocasión tuvo la oportunidad de colocar algún veneno en la sopa, no lo hizo.
Ahora él le debía una, así que tendría que acompañarla a ver Brokeback Mountain, aunque gimoteara como un chivo recién nacido. ¡Que tontos eran los hombres!, pensaba al conseguir las entradas y regresar a su carro; les daba miedo que sus amigos fueran a saber que entraron, ¡en un cine!, a ver la película de los vaqueros maricones. Y en cierta forma, Amanda lo hacía para molestarlo, como una tremendura, aunque en verdad esperaba entretenerse con la cinta. Desde que supo que la proyectarían decidió verla, se dijo que lo haría. Lo extraño, aún para ella, fue esa determinación. Otras veces había deseado cosas, pero el trabajo en la escuela, la rutina de la casa, los mil problemas de la familia, siempre la distraían. Pero esta vez no. Había decidido verla, e iría. Quería verla en pantalla grande, cómodamente sentada en una butaca, con Roberto a su lado. Quería… que fuera como años atrás, no salir por compartir un momento de calidad, sino ir porque lo deseaba, con el único propósito de pasarla bien.
La lucha de última hora con Roberto había sido titánica, nada ayudada por los hijos que bromeaban a costa de él. Su marido la miró de forma suplicante y por un instante pensó en perdonarlo e ir sola. O ir a otro lado con él. Pero no. Fueron, hicieron cierta cola, compraron sus entradas y algo de golosinas, cosa que la hizo sentir bien, como un regreso a esos otros tiempos más fáciles, más sencillos, sin tantas presiones (¡sin hijos!, se dijo entre divertida y culpable). Ocuparon sus asientos y esperaron. Por alguna razón su corazón latía algo más de prisa, y no sabía por qué. Allí estaba Wyoming, sabía que así se llamaba el estado, y por alguna causa ajena le sonó musical; era seco, árido, solitario. Y aquella música de cuerdas reverberó dentro de ella, inquietándola más.
El hombre silencioso de mirada baja le pareció atractivo al estilo gringo, aunque decían que no lo era realmente. El moreno de mirada curiosa le pareció agradable. Cuadro a cuadro fue conociéndolos, los vio enfrentar lo que sentían, los vio tomar el camino que la sociedad y la vida común, así como el de sus propias convicciones, al menos las del catire, les obligaba, uno que los separaba. Una mirada del moreno, de despedida, le pareció bella; la visión del catire que se encogía casi vomitando ante la inmensidad de lo perdido, le dolió. Vio una lucha de amor, de miedos, de conveniencias sociales. Los vio cometer errores, dejar pasar oportunidades. No entendió bien una muerte, una que fue dolorosa, que le hizo arder los ojos y el corazón. Miró a un hombre mayor sin nada como no fueran sus recuerdos, tal vez deseando como miles de millones en situaciones terribles, tener una nueva oportunidad, comenzar otra vez y hacer las cosas distintas.
Todo finalizó, los créditos terminaron su aparición y la guitarra dejó su lloroso rasgar, y aún así Amanda continuaba sin fuerzas, traspasada por emociones que no podía clasificar todas, incluso que no entendía. Estaba triste, por Jack, por Ennis, y por alguna razón, por ella. No podía moverse y fue el toque de Roberto sobre su hombro, para luego atrapar su mano y apretarla con calidez, lo que la trajo al presente, a la realidad, rescatándola de ese dolor. Y le sorprendió mirar comprensión en los ojos de Roberto, y ese cariño, esa calidez que tenía tiempo sin ver, o notar; pero por alguna razón, eso le agrandó el nudo de la tristeza.
-¿Por qué, Roberto?
-Eran hombres. Eran otros tiempos. Son estos tiempos. Somos nosotros, la gente. Los hombres no se pueden querer así, Amanda; o yo me molesto si sé que están junto a mí, mirándose… como maricones. O si descubro que son amigos míos y cayeron en eso, o si son vecinos. Y a ti te asustaría que vivieran cerca de los muchachos, porque se les tiene idea, de que andan por ahí todos promiscuos. O la gente de nuestra iglesia los condenaría. O se les pitaría en la calle, o les gritarían vainas y no faltaría quien les buscara pelea.
Amanda quiso decir que no, que ella no pensaría algo así, que él no haría eso, pero no pudo. Ese maldito nudo en la garganta no la dejaba hablar, y recordó algo que años atrás, en una reunión, comentó Félix, un amigo extravagante, sobre el poder del tiempo y las masas.
-A uno siempre le gusta creer que es distinto, que en cualquier situación será bueno y mejor que los demás. Uno quiere pensar que de haber estado en tiempo de Jesús, cuando Pilatos preguntó: ¿a quién quieren que libere?; uno gritaría a todo pulmón: a Jesús, libera a Jesús. Pero eso no es así, de haber estados todos nosotros allí, tal vez habríamos gritado con el resto, con fuerza, agresividad o burla: a Barrabás, suelta a Barrabás; mata a Jesús, crucifícalo, crucifícalo.
Pero no quería pensar en eso. No quiso hacerlo aquella vez, ni deseaba hacerlo ahora. Su marido continuaba mirándola, sonriendo con ternura y le dio un leve beso, algo que no hacía espontáneamente desde hace tiempo. Un beso de despedida, de bienvenida, de compromiso, como un hola o un adiós, era lo normal. Pero este había sido cálido, bonito, y a ella le gustó, lo agradeció con una sonrisa de amor, pero también le dolió, porque recordó que hubo un tipo hermoso, de grandes ojos, que también había amado y nunca oyó decirlo.
Para Amanda no fue una noche fácil, ni lo fue el día siguiente. La familia guardaba silencio, la miraban inquietos, pero no la molestaban mientras hacía sus cosas, contestando con sonrisas ausentes, perdida en algún paraje lejano, y por su expresión no sabían si era hermoso o terrible. Tres días más tarde, encerrada en su cuarto con el disco de El Día Después de Mañana, de la colección del hijo (la que tenía junto a la otra, la porno, que él creía ella no conocía), la mujer miraba y miraba a un tipo que hacía de hijo de Dennis Quaid, irónicamente llamado Jack ahí. Lo miraba, con su sonrisa, sus ojotes azules, y una y otra vez volvía a una hermosa montaña, donde ese rostro, esos ojos, habían mirado con intenso amor y entrega a otro hombre, el que desde ese momento fue el dueño de su destino.
Diez días después de ir al cine, fue a una función de media tarde con Martina y Alejandra, colegas de trabajo, quienes andaban de lo más curiosas por el tema, lo veía algo mórbido y excitante, pero extrañadas por la urgencia de Amanda por verla de nuevo. Juntas esperaron, Martina comía algo, Alejandra hablaba como loca. Amanda no había comprado cosa alguna, sabía que no podría pasar nada en esos momentos, y respondía con monosílabos. Allí estaba el camino agreste y solitario, ahí estaba la guitarra, esa música hermosa y maldita que le hacía sangrar el corazón. Y mientras las escenas se sucedían, a ella le parecía que demasiado rápidas, despiadadas en su urgencia por llegar al dolor, los ojos se le cuajaron de lágrimas y lloró contenidamente, sin aspavientos, pero dejándolas correr. Necesitaba llorar.
El llanto fluyó y corrió abundante, a su lado, Martina se sentía atravesada también, con las cotufas olvidadas a un lado, y Alejandra miraba con ojos llorosos, y aunque oían risitas y rechiflas que salían de vez en cuando de algún grupito de espectadores, callaban. Amanda no escuchaba nada, ella estaba en Brokeback Mountain, enamorándose otra vez; emocionada a los pies de una escalera presenciando un encuentro que era el reencuentro con la vida, con el amor. Al momento siguiente corría al lado de Jack mientras le gritaba a unos hombres que lo seguían que lo dejaran en paz, que no lo tocaran; en esa casa rodante abrazaba a Ennis e intentaba darle consuelo, acunándolo como le había tocado hacer, de tarde en tarde, con Roberto o sus hijos.
Salieron silenciosas, comentando únicamente lo buena que fue, aunque demasiado triste. Se despidieron e intentaron parecer más ligeras, pero en su carro, estacionada, la mujer lloró nuevamente, y le llevaría un tiempo dejar de hacerlo. Pero no le pesaba aunque le parecía extraño, tal vez un poco tonto. De tanto en tanto, recordaba al tipo de los ojotes azules, y estaba a su lado cuando moría, sosteniéndolo, llorando desconsoladamente. Otras, le tomaba las manos a Ennis y sufría con él, repitiéndole que todo saldría bien, pero sabiendo que era mentira, sabiendo que todo había terminado para el catire, que sólo le quedaría la soledad y el arrepentimiento por lo no hecho.
En cuanto pudo, compró el original de la película, y de tarde en tarde, la reproducía, en aquellas partes que necesitaba explicarse. En aquellas donde se encontraban y entendían que nada más importaba y Ennis lo acunaba en sus brazos, con amor. Pero también recordaba la separación, el tiempo no vivido, el amor no realizado a plenitud porque el mundo no los dejaría. Recordaba la discusión final, la amargura, y el que no hubo tiempo para una disculpa, para otro encuentro, para nuevas caricias o amor. Para Amanda el mundo se había vuelto algo extraño, cuando hablaba de aquella película, le molestaba notar que muchos no vieron todo eso que ella notó. Sólo observaron melodrama, morbo oscuro, un final trágico a propósito, una película demasiado larga o lenta. Para ella había sido una increíblemente bella historia de amor, una triste, como triste era la vida misma. ¿Acaso no envejecería ella un día y moriría, dejando a sus hijos sumidos en la pena? ¿Y si, Dios no lo permitiría nunca, Roberto se iba antes? Ella enloquecería. Pero así era la vida. De la historia de Ennis y Jack lo único lamentable fue todo el tiempo que se perdió sin amar, separados, todo aquello que no se dijo, lo que no se hizo. E imaginaba un final distinto donde Ennis, cincuentón, enjuto, sonriente, entra a su cabaña y encuentra a Jack, más panzón, con un bigote de morsa, tocando su armónica, dejándola para sonreírle en saludo, con sus ojos rodeados de arruguitas, pero viéndose a los ojos del catire tan hermoso como a los veinte.
La mujer no podía comentar, excepto con Roberto, en su cama, abrazada a él, el único que no la juzgaría necia, tonta u obsesionada, sus sueños o esperanzas. Estaba convencida de que Jack acompañaba a Ennis cada noche, porque este lo mantenía vivo en su corazón, como un viudo; y que un día, cuando la vida lo llamara al fin, en otro paraje, en otra tierra, bajo el nuevo cielo, volverían a encontrarse, y Ennis ya no lo dejaría irse nunca de su lado, porque había aprendido la lección: muchas veces hay que disculparse, pararse a tiempo y no dejarlo para después; y que la vida puede dar una sola oportunidad y lo que después queda es vivir para lamentarlo.
Amanda estaba convencida de todo ello, y ahora miraba el mundo bajo esa nueva óptica. El tiempo pasa y ella sigue con su vida, intenta que sus muchachos en el colegio entiendan las nociones que trascienden, una de ellas era la tolerancia hacia los demás, el respeto a los otros, a lo que piensan o sienten; la otra, más difícil de entender para los jóvenes, era lo frágil de la vida, de lo que damos por sentado hoy, incluso que se tiene tiempo para rectificar o disculparse, no era necesariamente cierto. De tanto en tanto, mientras revisaba algún trabajo o un examen, mirando por una ventana, se marchaba, y tenía que sonreír al mirar la belleza del cielo en Brokeback Mountain, ese pedazo de Paraíso en la tierra. Y detenía su vista en un tipo enjuto y catire cocinando algo en una hoguera de leñas, que lanzaba miradas de divertido amor a un moreno de ojos grandes, gritón y escandaloso, que hacía corcovear un caballo, riente, joven y hermoso…
Julio César.
Ahora sí que se subió la gata a la batea. Ante el negoción que resultan las olimpiadas, y el dineral invertido ya individualmente por cada país, nociones como dignidad de los pueblos, soberanía, libertad o derechos humanos tienen que ser condenados y callados. Mientras los juegos se realizan que no protesten esos tibetanos del carrizo, que esperen que no vayamos y comienzan con su vaina otra vez; palabras más, palabras menos ha dicho el Comité Olímpico Internacional. Así, sin penas, sin vergüenzas, las cifras son demasiado altas para detenerse en detalles como las apariencias. Así China está facultada para continuar con su política de pasar los tanques sobre quién sea sin que sean molestados, importunados o sancionados. ¿Quién osará meterse con el gigante asiático cuyo mercado le hace agua la boca a tanta gente, desde Bush y los congresistas demócratas a Hugo Chávez? Nadie. Nadie es tan loco. Que ahora los tanques sean propagandísticos, es lo de menos.
Del desastre de represión, violencia y muertos en el Tíbet, el culpable ha aparecido. No, no es China (qué ingenuidad esperarlo), quien mantiene sojuzgado un territorio ajeno, y el cual no debe soltar en opinión de la Asamblea Nacional venezolana aunque a esta le parece que, quiera o no, Puerto Rico debe separarse de Estados Unidos. Repito, la culpa no es de China y su monstruoso sistema de vida, sino de ese peligrosísimo agitador internacional, con tropas, armas, dinero, satélites en órbita, ese genio criminal semejante al Doctor No… el Dalai Lama. Y a la campaña se prestan desde el Comité Olímpico Internacional, a buena parte de la prensa. Aún aquí, en Venezuela, patéticos comentarios al respecto se han dejado oír: que no se debe mezclar una cosa con la otra, que China brille en sus juegos y luego revuelque a es gente cuando nos vayamos; repito, palabras casi textuales. Cómo me gustaría que a todos esos sátrapas de la llamada prensa de izquierda los encerraran en ese infierno que es el pueblo de Linfen para que conocieran en carne propia lo que es el horror, aunque esos vividores que chulearon de la Unión Soviética en Francia, Italia y España para atacar salvajemente a los perseguidos de ese régimen, siempre se las arreglan para quedar de pie.
La campaña tendenciosa ha sido tan desaforada que el Dalai Lama ha tenido que salir a decir que él no dijo nada contra los juegos, ni fomenta disturbios en el Tíbet, casi reculando de forma patética ante una oportunidad histórica como esta. A mí este señor y su filosofía me parecen algo… absurdas, nunca he creído en un pacifismo a troche y moche, si uno ve que alguien viene a matar al que está a tu lado y no alzas tu mano para impedirlo, al menos para intentarlo, eres tan culpable como el asesino, tanta paz parece cobardía individual. Pero ahora debo, porque de conciencia es, estar del lado de este señor, de esta gente. Ver a mujeres golpeadas, sangrado, pateadas, a monjes chorreando sangre por sus rostro, en batolas, mientras gritan y corren de un esbirro que los persiguen macanas en mano, es algo que hace revolver la bilis. Las palabras se repiten siempre en estos casos: si se pudiera, si se pudiera hacer algo contra esos animales…
Sin embargo, algo de dignidad queda a pesar de la campaña mediática de la Izquierda, del gobierno norteamericanos y los demócratas que entorpecen tratados con Colombia pero aplauden el de China, el Comité Olímpico Internacional (esa gentuza), Hugo Chávez y otros; en Francia la gente gritó y se arrojó contra esa representación de la vergüenza; en Estados Unidos se les atacó también; en Buenos Aires se gritó y se les persiguió, y en muchos territorios han tenido que pasar agachados, cubiertos, escondidos como los delincuentes. Todavía queda sangre en las venas, todavía hay gente que siente como suyo el dolor de otros, de gente a la que no ha visto pero a las que sabe cautivas, sometidas, humilladas y agredidas. Secuestradas en su propio país.
Esperemos no ver mañana al Dalai Lama encadenado, con CNN gritando que al fin detuvieron al peligroso hampón, llevado como un animal por tropas norteamericanas y entregado a China para ser juzgado por ‘criminal’. Esperemos, aunque a estas alturas nada debería sorprender ya…
Julio César.
Ay, esta colegiala…
Despertar temprano no era un problema ya, ni un sacrificio. Su madre, intrigada, notaba que más bien parecía feliz. Ya nada le molestaba: ir hasta el terminal, la cola esperando la llegada de un bus, el recorrido lento y frustrante. Nada de eso ocupaba ya su mente desde hace aproximadamente dos semanas. ¡Fue cuando ella apareció! No se había fijado antes, tal vez siempre estuvo allí, pero la molestia del viaje, esperar, discutir con gente que pensaba que no debía formarse como los otros pero si tenían derecho a subir a las unidades de transporte, era agotador. Y amargaba. Mal encaraba a todo el mundo bien temprano. Pero dos semanas atrás esa joven belleza había hecho acto de presencia en su campo visual; entró, con su pequeño bolso, su blusa estampada que parecía algo maternal, pero era moda, que dejaba al descubierto sus hombros bronceados, algo pecosos, insinuando unos senos jóvenes y redondos. Con sus cuadernos bajo el brazo, su cabello castaño largo y leonino sobre su rostro y hombros, como enrollado en mil rizos. Su carita tenía forma de corazón, sus ojos se veían castaños amarillentos tras unos entecitos redondos, blancos y sin monturas, que le hacían verse aplicada. La eterna estudiante de todas las mañanas.
Ese día había buscado un asiento vacío, y notó el que estaba a su lado. Sus ojos parecieron sonreírle dándole los buenos días y algo truculenta cayó soltando un suspiro, como todo el mundo, de alivio al encontrar un puesto, por lograr subir de una vez y por ponerse en marcha a su destino. La universidad, seguramente. Nada se dijeron. Sólo fue conciente de que ella se movía levemente, de que su codo rozaba su costado, de que por momentos caía en su muslo, fugazmente mientras respondía un mensajito telefónico o buscaba alguna libreta de apuntes. Olía a flores, a talco, a cabellera limpia. Y su cuerpo era tibio, de un tibio que le pareció sensual. No pudo evitar aún esa primera vez, erizarse, sintiendo la sangre correr con fuerza por sus venas. Tuvo que tragar por un momento, desviando el rostro, para calmarse. Su corazón insistía en latir con rudeza.
Desde esa primera vez, tal vez porque al verla subir se encogía un poco más en su asiento, haciéndole más espacio, ella iba directamente hacia allí, una leve y distante sonrisa era el preámbulo para que tomara asiento. A veces la joven leía, ceñuda, casi todo el trayecto. Tal vez preparándose para un examen. Otras veces dormitaba con rostro sereno. Era cuando podía mirarla, despejada, descansada. Se veía fresca y… pura. Y el deseo de recorrer esas mejillas con sus manos era horrible. Debía volverse hacia a ventanilla, siempre con el temor de verse en el predicamento de notar que alguien miraba en ese momento en su dirección. Temía no poder disimular que deseaba tocarla, hablarle, mirarla. Cierra los ojos e imagina acercar su rostro a ella, percibir su aliento tibio, con la mirada fija en esos labios de fresas. Y rozarlos con los suyos, suavemente, una y otra vez, hasta que estos respondieran abriéndose un poco, momento cuando podría atraparlos sin disimulos, sin engaños. Y sumergirse en ella, besándola de forma loca, apasionada, aleteando su lengua, atrapándola por la cintura, alzándola, abrazándola. Hasta que, en sus sueños, la chica gemía, despertando, correspondiendo a la pasión que había en su mirada, entregándose también.
Eso le robaba el sueño de noche. En su trabajo, mientras otros le hablaban, y las muchachas le bromeaban diciéndole que olía a amor en el aire, sólo podía recordarla, recreándola, una y otra vez. ¿Quién sería? Parecía una gran chica, alguien alegre, inteligente y responsable. Seguramente era una gran amiga, una buena hija… Sintiéndose torpe, sonreía, sabiendo que la adorna, pero no le importa, porque allí, donde nadie más puede mirar, lo que le gusta es imaginarla como amante, atrapándola entre sus brazos, recorriéndole la cintura con sus manos, subiendo y subiendo por ese torso de niña mujer, sintiéndola temblar y estremecerse. Y sus bocas siempre unidas, sin soltarse, amándose ya.
Hace tres días, después de un largo fin de semana que fue enloquecedor (porque no la vio), la chica apareció, viéndose distante, soñadora. Y sintió celos. ¿Pensaba o recordaba a algún enamorado, alguien que la amaba con su misma intensidad? ¿Amor? Por Dios, ¡estaba enloqueciendo!, se dijo, pero eso era irrelevante. El caso fue que ese día, tres días antes, ella se adormiló casi en seguida. Y poco a poco su cabecita fue rodando hasta chocar de su hombro, provocándole un corrientazo, una emoción intensa, poderosa y terrible. Al caer, ella había reculado enderezándose, pero volvió a rodar, y deseó que se quedara así, quieta. Y así fue. Al principio parecía tensa, luego fue relajándose en ese punto de apoyo. Durmiendo. Y mirándola de reojo le pareció que sonreía leve. Con disimulo acercó un poco su rostro, como si también durmiera y aspiró el olor de sus cabellos. Era embriagador, tanto que temió que los sonidos de su corazón la despertaran. Qué tortura, qué agonía, qué maravillosa era toda aquella locura.
Sin moverse, sin respirar, hizo todo el trayecto entre temblores y calorones. No deseaba que llegaran jamás. Pero llegaron. La joven despertó, y fingió dormir. La sintió acomodarse, y casi le pareció una caricia física la mirada que la chica le lanzó, tal vez para cerciorarse de que dormía y no notó que ella iba recostada. Ese día se dijo que debía hablarle, intentar saber quién era, o enloquecería. Pero tres días más tarde continuaba en las mismas, en total quietud en su lado del asiento, aunque asegurándose, montando su carpeta en el otro puesto mientras la gente subía, que ese espacio siguiera libre. La miraba subir, y la joven ya no buscaba, podía haber muchos asientos libres antes, pero ella siempre iba en su dirección y tomaba asiento. Sin embargo, todo cambió esa mañana cuando llegaron a su destino, después de que dormitaron cómodamente a dúo, sin sueños, sin sobresaltos, despertando con una sensación de bienestar compartido.
-Fue corto el viaje hoy, ¿verdad? Dormí rico. –la sorprendido ella, hablándole, desperezando su cuerpo.- Hola, me llamo Jenny… -le sonrió. ¡Jenny!, que nombre tan bello, se dijo.
-Mucho gusto, yo me llamo Matilde. –le respondió la otra, viéndose hermosa con sus mejillas enrojecidas y los ojos brillantes como estrellas en un cielo abierto al anochecer.
Julio César.
Hace algún tiempo oyendo las declaraciones del canciller colombiano Fernando Araújo, dadas en algún punto de Estados Unidos a un reportero, le oí una historia que me dejó pensativo durante un rato. Hablaba el buen hombre del tiempo que estuvo secuestrado por la guerrilla criminal que ha mancado la vida de Colombia durante tantos años. De hecho hizo dos comentarios que a mí me parecieron relevantes: uno era que la guerrilla escuchaba al presidente Chávez, de mi país, como quien oye hablar a un profeta. En seguida se comenzó una polémica sobre si el hombre quería implicar o no al Presidente con esos grupos. Creo que se trató de una rara ingenuidad del colombiano (¡cosa que es tan extraña, como un Secretario General de la OEA defendiendo la Carta Democrática!), y algo tomado fuera de contexto ya que él no insinuó nada. De todas formas es nuestro propio Presidente quien se pone en la picota cada vez que abre la boca, llamándose amigos de grupos criminales; lamentablemente no hay nadie con suficiente personalidad para recordárselo cuando vocifera como gorila bajando de un árbol contra quienes lo nombran, y eso que se mete con todo el mundo, contando con la poca hombría de tanta gente y la total inoperancia de tantos Organismos Internacionales que de verdad no sirven para nada como no sea para gastar dinero en su mantenimiento.
El segundo comentario que hizo el colombiano fue sobre el horror que vivió como rehén de esos maleantes. Un segmento me fue particularmente escalofriante, comentaba que al estar en uno de los campamentos en pleno monte, oyeron rumores de que las fuerzas armadas colombianas estaban acercándose y la guerrilla se disponía a abandonar el punto, corriéndose la conseja de que matarían a los prisioneros dejándolos abandonados en la espesura. El hombre cuenta que él, y otros, tomaron objetos filosos y cortantes, y cada uno escribió en sus carnes su nombre, por si los mataban y botaban (como basura, así siempre ven estos criminales mesiánicos a los demás) por ahí. Así, si alguien los encontraba, supieran quiénes eran y fueran remitidos a sus familias. Dijo que lo hacía porque no quería terminar como un muerto sin nombre, en una fosa en la selva, olvidado, o dejar a su familia con la eterna angustia de saber si vivía o no. Para uno que se pincha a veces con una aguja y es tan desagradable, imaginarse el mutilar la carne para escribir algo legible le suena extraño. ¿Qué pensamientos cruzaban por esas cabezas mientras se dedicaban a identificar sus posibles cadáveres? Es difícil entender en toda su magnitud una acción como esa así como estoy yo, cómodamente sentado en mi casa. Su historia, marcar su carne prisionero de asesinos violentos, me recordó cuentos de los campos de concentraciones nazi durante la Segunda Guerra Mundial, de cómo hubo personas que se dedicaron a cazar luego a los criminales, y en los juicios subían las mangas de sus ropas para mostrarle a la Ley, y al mundo, que sí habían sido prisioneros y que fueron marcados como animales.
Todo eso me llevó a recordar la masacre de Cararabo, algo que hoy parece olvidado en un país sacudido por delitos de Lesa Humanidad cada uno peor que el otro. La noche del 26 de marzo de 1994, en el puesto fronterizo fluvial de Cararabo, a pata de mingo de la frontera con Colombia, un destacamento de la Armada fue atacado por un grupo de irregulares colombianos, de los que se hacen llamar ejércitos de esto o aquello, pero en la práctica son brazos armados del narcotráfico. El ataque había sido bien montado y estudiado. Sabían cuántos eran en el puesto, qué armamento tenían y hasta con cuáles medios de comunicación contaban. Los puntos de posible ayuda también habían sido cubiertos, sabían que les sería difícil recibir ayuda. Toda esa información había sido dada por venezolanos enemigos de la paz del país en esa época. La mesa estaba servida para un sensacional ataque en territorio venezolano. Los irregulares querían mostrar garras y colmillos.
Poco después de las diez de la noche de tan álgido día, un grupo cercano al centenar rodearon el lugar. El primer disparo de FAL se produjo menos de un cuarto de hora después, y el centinela, atrincherado en uno de los nidos de ametralladora murió sin darse cuenta de nada (eso espero), con el rostro destrozado, como dice la canción de Rubén Blade que murió Andrés al lado de padre Antonio. Con el arma disponible, volviéndola contra las instalaciones, desde el nido comenzó el ataque en serio contra los infantes venezolanos.
Los nacionales se defendieron con razonable eficacia, tal vez más movidos por la desesperación, o el miedo mondo y lirondo, ese que siente la rata acosada en una esquina que viéndose incapacitada de escapar se lanza al ataque con furia suicida. Rodeados, atacados desde los nidos de ametralladoras y destruidos los pocos medios de comunicación, imposibilitando la pedida de ayuda, los infantes estaban a merced de sus salvajes atacantes. Sólo podía contar con ellos mismos, librados a sus fuerzas… y a su suerte. Los pocos más de treinta hombres que defendían el fuerte apache estaban distribuidos a todo lo largo del puesto, por lo que los irregulares lograron separar pequeños grupos, a los que atacaban con singular poderío de fuego. Y sin embargo los muchachos se defendieron bien, como gatos patas arribas, como hombres, al menos mientras duraron las municiones. ¿Qué habrán pensado o sentido en ese momento? Tal vez algunos estudiaron la posibilidad de rendirse, y que con eso terminara todo. Dios, pobres muchachos…
Los detalles dantescos y grotescos de las salvajadas cometidas por este grupo de mal vivientes, con prácticas aberrantes (y con lo mucho que sus representantes y aliados en la lucha contra la gente decente gustan de acusar a los Estados Unidos de genocidas), fueron de tal gravedad que la sangre de todos lo venezolanos hirvió de indignación. Porque ese ataque había sido el producto de la debilidad de Venezuela y Colombia en el enfrentamiento total y definitivo de este grupo de hampones a los que se les dejaba hacer, decir y existir. Los cadáveres de los infantes, colocados en filas, fueron profanados, porque más allá de la muerte debían continuar enviando un mensaje: no se les quería por ahí, el dinero de las drogas hablaba claro y con fuerza. A algunos se le cercenó la garganta y por ahí les sacaron las lenguas, en el llamado ‘corte de corbata’, práctica que parece común de la mafia en sus ejecuciones. A otros le costaron los testículos y se los colocaron en la boca. Y estuvo el caso del joven, quien aún vivo y suplicando por su vida, le metieron una granada fragmentaria dentro del pantalón. Cómo debieron reír al verlo chillar y revolcarse dentro de sí intentando sacar la granada. Qué momento. Qué cómico debió parecerles, eso debió ser lo mejor de la noche para esos valientes guerreros. Uno se imagina al joven gritando, totalmente enajenado de miedo manoteando por sacar la granada y entiende la risa de esa gente, de esos dignos luchadores sociales, ¿verdad? Al estallar debieron vomitar de tanto reír.
Así, esos jóvenes venezolanos, sacados de calles tal vez como las de Caracas o Maracay (por esos tiempos aún existía la recluta obligatoria, donde agarraban al más bolsa y lo enviaban al peor de los punto fronterizo) encontraron la muerte. Los reclamos no se hicieron esperar, la gente andaba molesta con los colombianos, como si ellos fueran los únicos culpables de que la frontera, del lado venezolano, no estuviera bien resguardada, o los puntos de control mejor organizados, o la Inteligencia Militar mejor informada, o que los equipos de radio no fueran los idóneos. Porque en medio de todo ese horror, los marinos no pudieron ni pedir ayuda porque los equipos de comunicación no funcionaban. No eran los adecuados para la zona; porque en Venezuela todo es negocio, y los contratos militares siempre dan ganancias, ¿qué tal vez mueran unos pobres idiotas como resultados del negocito? Bueno, ellos (los traficantes de contratos) están dispuestos a correr ese riesgo, como ahora se hace con países como Rusia o España. El mundo gira y se mueve… para caer siempre en el mismo punto.
De esos días recuerdo al periodista José Vicente Rangel, quien tenía un programa de opinión en el canal de televisión Televén, que era impelable. Se le debía ver cada domingo de forma casi obligatoria, de lo contrario uno se sentía mal, José Vicente Hoy era el programa del momento. Recuerdo que al hombre, ya viejo, el bigote blanco le temblaba de indignación, arrecho por aquella barbaridad. Se le veía casi al punto de soponcio ante tanta bestialidad innecesaria. El hombre denunciaba que las fronteras eran zonas libres, tierras de nadie para criminales, que la guerrilla y los narcotraficantes, trabajando de la mano, aterraban a los residentes de la región obligándolos a irse para hacerse con haciendas y terrenos. Gritaba que eso no podía ser, que era un peligro nacional y violaba la soberanía. Lamentablemente el señor José Vicente Rangel era un hombre sano y la vida le dio tiempo de llegar a ser vicepresidente de esta morisqueta de república de quinta. Y para asombro de todo el mundo, o al menos para los que no le conocíamos esa vena ruin, se le vio aceptando y defendiendo a estos grupos criminales. Lo que ese tipo había sido ayer, hoy no más. La vida lo castigó dándole más tiempo para permitirle al mundo verlo convertido en una piltrafa, en un aguantador, un tenedor, un traidor. Y lo hizo a conciencia, saboreando a cada momento sus delitos.
Y así, de asesinos de venezolanos, de enemigos jurados de Venezuela y su sistema de vida medio vivible al que siempre quisieron destruir, esa gentuza se convertía en aliados, en hermanos de lucha, en ejemplo de dignidad y decencia, y los muertos venezolanos, muertos debían quedar, y si se les olvidaba, mucho mejor. ¿Se dejó de secuestrar, torturar, chantajear o asesinar venezolanos por esa alianza traidora a los intereses del país? No, porque ni eso fueron capaces de conseguir los muy inútiles, pero eso no importaba, un secuestro aquí, un muerto allá, ¿eso a quién le interesa? De lo único a preocuparse era de acallarlo en la prensa, que no se hable y todo resuelto. En la mente del cogollo ruin que maneja al país hay una sola idea: que la frontera se hunda y se cojan todo eso, mientras el ejército esté en Caracas, Maracay y Valencia para contener a los ciudadanos a los que se les ocurra salir a gritar basta ya de tantos delitos. Sin embargo, y debo decirlo en forma totalmente egoísta, como ciudadano de un pobre país que antes fue una República que ni instinto de supervivencia o soberanía tuvo, uno debe verle la utilidad a la guerrilla colombiana y todo su aparato de terror y muerte.
¿Quién, dentro de todo el espectro sudamericano puede dudar de que si Colombia fuera un país en paz y cohesionado ya no controlaría la mitad del subcontinente? Nadie. Esa gente tiene la tenacidad y laboriosidad, la responsabilidad y disciplina para convertirse en una superpotencia, algo mayor que Brasil, tal vez del tipo de Canadá. Tienen recursos naturales, pero sobretodo una clase media racional y una oligarquía responsable que sabe que por encima de todo está Colombia, su paz, su crecimiento y su defensa. De estar unidos, ¿quién podría pararles el trote, sobretodo paisillos que cada tres años tumban y cambian el gobierno porque no transforma el agua en vino o las piedras en oro, o esperan que el Mesías los lleve a la tierra de promisión? ¿Que puede un país desmoralizado, desgarrado y decadente como la pobre Venezuela en estos momentos contra una ofensiva diplomática colombiana en toda la regla y un ejercito rearmado y dirigido por altos mandos graduados en la lucha contra delincuentes peligrosos y enloquecidos, y no vendiendo verduras o golpeando mujeres en manifestaciones? Nada, sólo llorar como mujeres lo que no sabrían defender como hombre (y que me perdonen las mujeres por tal figura literaria, pero es para ilustrar la falta de cojones).
Lo único que nos salva de todo eso, a pesar de que violan una y otra vez la soberanía de nuestros países, es la guerrilla criminal que lleva tantos años sembrando muerte allí, como Fidel en Cuba; su sola existencia amarra y retraza el crecimiento neogranadino. Y si a ver vamos, ¿puede creer alguien con dos dedos de frente que un grupo que lleva cuarenta años armado, matando campesinos, secuestrando mujeres, robando niños para adiestrarlos en sus odios y vicios, y protegiendo ahora al narcotráfico, puede traer paz y prosperidad? ¿Puede alguien imaginar que de ese pozo de vicios y muerte saldrá una sociedad mejor, más justa? ¿Se puede creer que ellos harán una Colombia superior? Eso sólo pueden creerlo los que desean engañarse… o los que tengan una fuga cerebral (esas cosas pasan, con una fiebre o un mal golpe). Hace treinta años era posible creer en sueños de gloria y romanticismo, de creer en un mundo más justo alcanzado por esos grupos abnegados. Pero luego de la caída del Bloque Soviético, con sus gulags y muertos por carretadas, así como sus vicios capitalistas que no alcanzaban a otros; o la buena vida que se da Fidel Castro y la recua de delincuentes que se hacen llamar cancilleres, artistas e intelectuales cubanos que viven sabrosos mientras toda una poblada vive entre la prostitución y el hambre, únicamente los muy necios pueden engañarse. A menos que a uno le den dinero, así uno dice compartir o creer cualquier cosa.
Esos aires románticos y casi míticos que alcanzan algunos personajes siempre me han intrigado, pero yo debo ser del tipo de Santo Tomás: ver para creer. Casi nunca puedo creer en bondades como apariciones de vírgenes, curaciones con piedras o imposiciones de manos, o en milagros. Cosa que no es tan sabrosa tampoco. A veces uno quiere ilusionarse con algo, pero no puede. Hace tiempo viendo un documental de History Channel, o Discovery o National Geographic, no recuerdo dónde, un gringuito, un joven catire, visitaba Bolivia y decía que en esas montañas había muerto el Che Guevara, entregado por los campesinos de la zona, y que ahora los nietos de esos campesinos lo idolatraban, y de ser ellos los de antes, el guerrillero estaría vivo. Lo decía convencido, pero a mí me vino una idea en seguida a la cabeza: ah, pero ni tú ni los hijos o nietos de esos campesinos lo conocieron y tuvieron que tratar o lidiar con él. Aquellos campesinos sí, y tal vez por eso tuvieron que entregarlo para salir de eso; porque hasta donde se han oído relatos de gente que escapó de Cuba en los primeros años, al Che le encantaba mucho interrogar prisioneros personalmente, ya que la tortura y los gritos (de otros) le gustaban demasiado. Pero así es la realidad, muchas veces no se investiga, se prefiere vivir del mito, del cuento, del: el mundo no es como es, ni la realidad, sino como me gustaría a mí que fuera o como yo creo que es. ¿Qué eso es irracional? Claro, pero ¿quién se los explica? La guerrilla colombiana y la revolución cubana fueron buenas… sólo en la imaginación de quienes soñaban con utopías. La realidad para quienes tienen que padecerla, es el infierno.
En fin, los muertos de Cararabo allí quedan. Casi nadie puede recordar todos sus nombres, sólo una imagen borrosa de los cadáveres, tendidos, tan muertos, tan feamente muertos, no era algo fácil de soportar ver los signos de mutilación. Sus madres, novias o mujeres los recordaran, y tal vez prendan una vela por el descanso de sus almas de vez en cuando. Y de tarde en tarde soltarán una lágrima por muchos años que hallan pasado. Sus muertos les duelen, así pase el tiempo que pase, sobretodo en el caso de las madres. Esa sangre no es importante para nadie aunque se derramó en medio de la noche y el miedo, del ruido de disparos, de explosiones y tal vez de gritos de compañeros que caían heridos, demandando una ayuda que no llegaría, o simplemente tenían pavor, donde unos a otros se decían que iban a matarlos a todos, repito, pensando tal vez en rendirse y con eso salvarse (los ilusos), temblando en un rincón, pero sobretodo deseando que la noche se acabara (en lo oscuro los terrores son mayores), que los asesinos se fueran o la ayuda llegara, defendiéndose contra un enemigo superior, protegiendo la abstracta idea de soberanía, concepto en el cual se ensucian tantos ahora al entregar el país pedazo a pedazo para satisfacer la vanidad enferma de un hombrecillo delirante.
Nadie recuerda ya a esos muchachos, nadie los llora, como no sean ellas, sus mujeres. Tal vez, como piensan ahora en estos tiempos de revolución de quinta, no eran gente importante, y más bien eran delincuentes imperialistas rechazando a la noble guerrilla. Después de todo no se trataban de un Ricaurte haciendo estallar el polvorín en San Mateo en una acción solitaria y suicida para impedir que cayera en manos de Boves, defendiendo la idea de una nación libre que nacía. Sin embargo parece injusto que tantos generalotes y oficiales de charreteras llenas de chapitas no los recuerden tampoco, ocupados como están en someter a la población con las armas de la República, ahora a las órdenes de un tiranillo antillano. Al menos están ellas, las mujeres de sus vidas. No recuerdo donde leí: maldito el hombre que no tiene al menos una mujer que llore su muerte. Que en paz descansen, ojalá recordara todos sus nombres, pero también yo he olvidado, como lo hizo José Vicente y los hombres que una vez creímos de honor dentro de sus uniformes. Que en paz descansen: José Orlando Colmenares Zambrano, Jorge Armada Aponte, Hernán Eloy Graterol Tovar, Nelson Gregorio Contreras, Félix Ramón Guarenas Silva, Cándido Arenas Mendoza, Jacinto Viloria Pereira y José Ascanio Aponte.
Julio César.
-¡No vas a salir a la calle vestida así!
-Ay, mamá, tú no entiendes; necesito encontrar trabajo…
-¡No, no entiendo, mijita! ¿Buscar trabajo vestida así? ¿Trabajo de qué? ¿Ah?
-De los que dan real.
-¡Anda a vestirte! –le ruge.

“¿Qué tanto me mirará ese sujeto?” –pensaba Tony, inquieto ya.- “¿Le deberé plata? No me resulta familiar. ¿Quién será? Creo que nunca lo había visto en este gimnasio. Tiene buena pinta, aunque mis bíceps y pectorales están más desarrollados. Coño, me pilló mirándolo. Ahí viene, ahora me dirá alguna pesadez. Olvidé que ni aquí ni en las duchas se debe mirar mucho a nadie”. –se incomoda mientras el sujeto pasa tras él.
-Bonitas nalgas. Espero verlas mejor algún día… -y siguió.
Julio César.
Sol, mar y belleza…
-Vamos…
-¿Para qué? Estoy bien aquí. –le sonríe de forma algo torturante; le agradaba mirarle ese expresión intensa, esa resolución dura, cuando deseaba algo intensamente, y por eso lo provocaba.
-Deja la pereza y mueve el culo de esa tabla. Entremos a refrescarnos y buscar una cerveza.
-Podemos tomarla en la orilla, o entrar bajo el paraguas. No hay que ir a la casa para eso.
-Pero no podemos quitarnos esta ropa mojada, y ya quiero quitarme todo. –le responde, mirándolo fijamente.
El otro sonríe, eso era cierto. Sería grato despojarse de toda esa arena, agua salada y…
……
Se veían bien juntos, ¿verdad? Es una pena, realmente una pena. Por cierto, ¿quién habrá realizado este montaje? Se ve muy real.
Julio César.
En el periódico EL NUEVO PAÍS, venezolano, chiquito, tratando sobre análisis y política, siempre se encuentra algo interesante. Siempre hay un tema, un artículo, una columna que parece ligera y hasta irreverente, pero que encierra dentro de sí una realidad hasta patética. Hace poco leí una de esas columnas, más optimista, de Eduardo Riveros, señor que firmaba hasta hace pocos sus articulo como TERCERA EDAD, ahora lo hace como LA ARRECHERA COTIDIANA. Y de eso los venezolanos tenemos bastante. Quiero reproducir aquí dicha columna, con su permiso. Es totalmente de su autoría, ¿okay?:
……
Olvídense de Miami o Panamá; con perdón de Rubén Blades. El futuro está en Cuba. Allí es donde se debe invertir en comprar propiedades, terrenos. Así sea un edificio arruinado o un rancho. Los cambios ya no los para nadie. Raúl, con visión o ignorancia le dio apertura a la telefonía celular y, ahí mismo, con perdón de la expresión: se jodió. Una vez que los cubanos accedieron a esos adminículos no hay vuelta atrás. Idiotiza, anula la familia, amistades, todo. Incluso crea un nuevo vocabulario, algo de Morse o Braille, en el que se comunican los muchachos.
Si antaño el peligro lo encarnaban las grandes empresas petroleras, ahora ese conflicto, desgracia, lo simbolizan las telefónicas. Con todos sus atractivos. Las conversaciones a larga distancia, los mensajitos, escuchar música, ver videos, sacar fotos. ¿Acaso no se hacen ya, a las niñas en los colegios, tomas pornográficas? pero la basura no termina allí. El perjuicio mayor es el que se le estafa a la convivencia. ¿Quién, hoy día, conversa? Nadie. Hasta en los moteles, otrora lugares sagrados, ya no se escuchan los jadeos, suspiros, alabanzas, gemidos de satisfacción. Lo que se oye es la melodía, pito, entrada que, cada quien, tenga en su celular. En los restaurantes, igual. Cada quien habla por su lado; se acabaron las miradas, el tocarse las manos, los brindis románticos.
¿Qué joven cubano va a estar, ahora, soportando las estupideces de Fidel si, mientras, puede mandarle recados a su novia? ¿Dónde encontrar un hogar cubano que, repito, se cale las majaderías de Fidel, si, entre tanto, puede hablar con su gente en la Florida o Madrid? Y como si no fuera suficiente, Raúl aprobó que los cubanos pudieran usar los hoteles cubanos, bañarse en las playas cubanas, ver series norteamericanas. ¡Cosa más grande! Comprar, libremente, electrodomésticos, alquilar carros, hasta adquirir DVD. Algunos jalabolas sostienen que es el Ceratosauros de Fidel el que propicia estas transformaciones. Mentira, no hace una semana que el asesino escribió criticando la llegada de estas innovaciones a la isla. Lo que ocurre es que Raúl, o tiene mayor visión o es más inteligente de lo que se pensaba. El caso es que, lo dicho, trate de comprar, así sea por allá lejos, algo de tierras en cuba. Ahí está el porvenir.
……
Por el tono notarán varias cosas: que es un señor mayor, y es un ‘opositor’ como dicen aquí. Estoy entre quienes sostienen que Venezuela es una tierra de barraganato. Las mujeres de los presidentes pasados tuvieron demasiada influencia en las políticas de estos. Y Chávez quedó, para desgracia de mi país, bajo el influjo de un mal amor, una pasión tortuosa y enferma. A quien quiso entregarle todo. De lo cual se desprende que buena parte de todo lo malo que aquí ha ocurrido, incluso la inmolación de un hombre que encarnó la esperanza de un cambio, que comenzó a gobernar con los buenos deseos de la iglesia, los empresarios, los medios de comunicación e incluso de buena parte de los tenaces y terribles periodistas con los que contamos, fuera de un mar de dólares producto de un prolongado alza de precios petroleros, lo botó todo, dejando a Venezuela arruinada físicamente, desmoralizada, endeudada hasta lo inconcebible. Nada más hoy se supo que la deuda de PDVSA, que hasta ayer daba ganancias, llega a los 17 mil millones de dólares.
Me alegra saber que vientos de cambios soplan para los cubanos. Intento no ilusionarme pero este señor, Raúl Castro, parece más decente, o más centrado. Bueno, basta con que no sea un sádico asesino como el hermano para que se note la diferencia. Muchos dicen que hace muy poco por cambiar el modelo antillano, tampoco puede desbaratar un sistema que lleva más de cuarenta años, hay muchos que saben que no tienen para dónde agarrar si comienzan a perseguirlos por sus crímenes, y Raúl debe cuidarse de ellos. Por otro lado, me alegra saber que la esperada muerte de Fidel aún se retrasará un poco (la fiesta deberá esperar). Verlo cascado, ojeroso, tembloroso, oliendo a… eso que sale por la manguerita que lleva en su barriga, me gusta. Que viva, que su mente continúe funcionando en ese cuerpo decadente y ruin, que se note y sepa acabado. Que mire como todo el reino de muerte que edificó; cae, espero que le alcance la vida para oír a los primeros cubanos, en cualquier plaza, maldecir a gritos su nombre y sus crímenes.
Por cierto, contra los celulares sólo tengo que muchos chóferes insisten en conducir y usarlos al mismo tiempo, y está comprobado que hay quienes no pueden hacer dos cosas al mismo tiempo y deben detenerse para tomar aire y respirar.
Julio César.
Sabueso incansable…
El salón estaba lleno de agentes y de asomados que venían por los cachitos, y Germán Gutiérrez no podía disimular su orgullo. Todos estaban allí para agasajarlo a él, el gran detective joven que se había transformado en la gran revelación de la temporada. Sentado en el podio oye sobre su valor y su sangre fría a la hora de afrontar los hechos. Recuerda cuando entró en ese cuarto de motel barato, que era de lo último, las rameras, casi todas viejas y cansadas, parecían hombre mal disfrazados. Pero él, joven y con ganas de lucirse, era el primero en llegar a la escena del crimen. Dándose importancia le ordenó al encargado abrir la puerta del cuarto 69 (tan a propósito para esos fines, pensó creyéndose ingenioso). Una vez adentro todo fue un caos.
-Su temple y el dominio de sus emociones fue el detonante para llevar acabo una investigación exhaustiva y científica en medio del caos… -continuaba el comisario jefe describiéndolo.
En cuanto entró en el pequeño cuarto, oscuro y oliendo a moho, se desconcertó, se había quedado pegado al piso. Al bajar la vista notó que había pisado una gran mancha de sangre. Con un alarido, no tanto por pisar evidencia como por ensuciarse de sangre (qué asco), medio dio un salto, resbalando, llevándose con zapatos, pantalón, mano derecha y culo casi toda la sangre. Con un alarido quedo allí, sentado. Fue cuando reparó en el cadáver, un hombre mayor, calvo, cuya cabeza girada a la izquierda, lo miraba fijamente. Gritó poco varonilmente, llevándose la mano ensangrentada a la cara para cubrirse la boca. El olor a cobre lo hizo gemir más, pataleando sobre la sangre, poniéndose de pie, resbalando nuevamente y cayendo sobre el cadáver, derribando dos copas sobre la mesita y haciendo añico los cristales. Su pecho pega del sujeto, su mano desvía el rostro muerto. Cabellos, pestañas, uñas, sangre ajena, caspa y posibles lentes de contacto olvidados por el criminal, quedaron pegados a él, que comenzó a sacudirlos del cuerpo a manotazos y con gemidos ahogados.
-El asesinato cometido contra el concejal Rojas, ese pivote de la comunidad, mientras visitaba a los enfermos, no quedó sin castigo. Su asesino fue capturado por este hombre implacable, de sangre helada, de nervios de acero… -lo señala el comisario jefe, en medio de los aplausos.
Todo embarrado de sangre, como convulso, fue hacia el baño, pegando de las paredes, del espejo, del pomo de la puerta, contaminando las posibles huellas del homicida y dejando únicamente las suyas. Una vez en el baño, vomita copiosamente sobre el inodoro, jadeando sin fuerzas, halando la cadena, reparando, tardíamente, en que vio unos condones flotando en las aguas, con posible material genético capaz de llevar al criminal. Con un lloriqueo mira y mete la mano dentro de la revuelta agua, pero ya todo se ha ido. Queda ahí, laxo, indefenso, y es cuando oye como se acercan las sirenas policiales. Dios, ¿qué hacer?
-Hoy honramos a un gran detective…
Corrió hacia la ventana, pero esta estaba enrejada. Debía salir de ahí, y cubrir su rastro, por lo que tomando una toalla caída, previamente llena de sangre, tal vez del homicida, corre a la habitación e intenta borrar sus huellas, pero estaban en todas partes. Jadeando con miedo, ya imaginaba lo que dirían, decide que lo mejor es huir, escapar al inframundo y convivir con los hombres topos. Con paso rápido llega a la puerta, abre y queda cegado por la luz del pasillo, pero aún así grita, alarmado por una imagen aterradora al final del mismo, tal vez la Sayona. Cuando mira nuevamente repara en que se trata de una mujer semi desnuda, con rostro demacrado y pálido, cubierta de sangre.
-Algún día este modesto agente del orden nos dirá exactamente cómo llegó a la verdad, cómo supo quién era el culpable. -invita el comisario jefe, orgulloso, mirándolo.
-¡Fui yo! ¡Yo lo maté… yo lo maté…! -gritó esa mujer al final del pasillo.- Llame a la policía, señor. Yo maté a ese hombre. Fui yo. Yo lo maté con ese cuchillo que está allí…
Julio César.
Distante, callado… esperando el momento.
Todos quieren saber. Todos parecen intrigados. ¿A dónde vas cada tantos meses, Ennis del mar? ¿Qué es eso que te obliga a dejarlo todo, aún mejores trabajos y desaparecer? ¿Por qué corres cada vez cuando llega el momento? ¿Por qué esa mirada ardiente, ansiosa, esperanzada y feliz? ¿Por qué sonríes pensativo cuando está cerca el momento de desaparecer? ¿Y esa expresión soñadora que traes cuando vuelves? ¿Es una aventura, Del mar? ¿Es eso? ¿Corres a otros brazos, callado y tosco peón? Y sonríen, con picardía, aún aquellos que te conocen de los días cuando estabas casado con Alma Beers. ¿Cómo explicarles que no era únicamente piel contra piel? Sí, vas y corres en busca de otros brazos, de otra pasión. De otro amor. Pero es más que eso, ¿verdad mi reservado amigo? Necesitas llegar con urgencia porque estás muriendo a cada paso y nadie lo nota, agonizas segundo a segundo mientras llegas a su lado.
Te secas, te mueres de sed como la planta que jamás riega el rocío, la lluvia o un llanto cercano. Por eso debes correr dándote tanta prisa, jadeante, ilusionado mientras te diriges a esa pequeña fuente de vida, de alegría, de amor. A veces piensas en resistir, en no ir más, pero tienes que hacerlo, debes visitarla para saciar con unas pocas gotas de dicha la sed que te produce una vida larga y solitaria, estéril, vacía y sin piedad. Corres por esas pocas gotas de dicha, de sentirte pleno, de ser real, de notar que cuando te toca te estremeces, tu piel se eriza y arde y desea continuar siendo tocada. El camino de tu existencia, muchas veces arenoso y yermo, florece en esos momentos, cuando tus labios toman aquellos otros, bebiendo aliento, jadeos y saliva… Tomando de su calor y color. Esa fuente que jamás se seca o agota para ti, es todo lo que puedes tener en la mente durante los meses que estas lejos, amargado, desengañado; entonces, ¿cómo no correr cuando sabes que está allí para ti, con una sonrisa en labios y ojos, con un: “Ennis, te esperaba… Que bueno que llegaste”? No, sólo te queda eso, mi amigo, apresurar el paso.
Julio César.
-Resbálate conmigo y te j…
-Cállate cretina antes de que te mate… -grita desaforada la hermosa negra de largas piernas y ojos desorbitados, logrando que media servidumbre corriera, la otra se paraliza de miedo y los perros aullaran en las calles cercanas.
Así me imagino a Naomi Campbell en la intimidad de su casota, la hermosa, espigada y malgeniada súper modelo (dicen que lanzan rayos, de ahí lo súper, ahora lo creo). Esta mujer que lo tiene todo, a pesar de todo, se ha tropezado con su muy mal genio varias veces. Mal genio y otras vainas que carga en su polvera, ahora se sabe. Primero estuvo lo de la asistente a la que le reventó un celular en la cabeza (¡te dije que no estaba para nadie!). Luego el policía con el que intentó cachetearse (soy yo, Naomi, ¿no me reconoces, infeliz? Yo puedo hacer lo que quiera). Ahora la bajan del avión, y no sólo eso, ella puede ostentar el privilegio de estar en la lista, imagino que con Bin Ladem y Carlos, el Chacal, si no estuviera preso, de quienes no pueden abordar dicha aerolínea. Qué éxito…
Lo de su carácter endemoniado viene de lejos. De un programa del canal por cable SONY, llamado algo como SABADO EN LA NOCHE EN NUEVA YORK, recuerdo, con muchas risas todavía, un segmento donde una catira de pelo lavado, delgada, de rostro raro, presentada como Donatella Versace, en su casa, le gritaba a unos modelos todos raros que bailoteaban por allí en shortsitos. El caso es que llamaban al timbre de la puerta, se oía a alguien gritar “abran maldita sea”, y cristales rotos; y esa catira decía:
-Oh, no, Naomi Campbell llegó…
En el orden natural, yo la amaría, aún por su genio. Admiro profundamente a las mujeres de carácter y temperamento, desgraciadamente contra ella se han lanzado dos acusaciones, una más grave que la otra (tal vez incierta, pero la sola duda la condena) que me la sacaron del hígado. Que una mujer de raza negra, inmigrante, triunfe como lo hizo ella, es un ejemplo para muchas, ella ejemplariza la atracción de las razas, a pesar de lo que dicen los necios; y le daba esperanzas a millones de niña, aunque fuera por razones erróneas, como triunfar por el físico, aunque no es todo, una modelo tiene que ser constante también, o perece. Pero lo hecho durante años, esta belleza lo destruye cada vez que abre la boca, porque en cuanto lo hace, además de manotear, mete la pata.
¿Qué tengo contra Naomi? Que vino a retratarse con Chávez, como si de una hazaña se tratara. Recuerdo una crónica social del diario EL NUEVO PAÍS, chiquito y venenoso como él solo, que describía el encuentro entre nuestro (lamentablemente) presidente y la giganta de ébano. Al parecer él estaba encandilado con ese mujerón, y ella le sonreía con coquetería, todo modosita, ocultando su genio. Tomaron asiento para hablar, fue cuando (según aquella crónica) Chávez le vio el tamaño de los pies. Al parecer lo impresionó tanto que aunque hablaba con ella, miraba y miraba aquellos pies enfundados en unas sandalias abiertas. Tal vez mostraba algún callito, tal vez agitaba los dedos como si le picaran. El caso es que Chávez pareció desencantarse después de la sentada. Y eso que esa visita no fue muy casual sino inventada por el Ministerio de Propaganda en respuesta a un articulo malintencionado venido de España que decía que Chávez sólo se reunía con machos (chulos, diría yo, viene a ver qué le sacan, como lo hizo Rodríguez Zapatero en su momento), sugiriendo cierta ‘rareza’, que hizo vomitar de rabia al Presidente basilisco, cualidad que comparte con la fémina.
Lo otro que me hace detestarla, lo verdaderamente grave, fueron las declaraciones de una ex asistente quien aseguró, según esa mujer, que fue ella quien introdujo a Heath Ledger en las probadas a la coca. Con eso se me terminó de salir. No sólo es patética como todo el que consume, sino que mete a otros en esa mierda. Eso es intolerable.
Julio César.
Lista a dar la batalla…
-Hola, Victoria. –dice él, con una voz baja y controlada que luchaba por salir de su boca. Ella lo mira alarmada, dando un paso atrás.
-Armando… -susurra, casi sonriendo, con los ojos empañados; dolida por la rabia y acusación que lee en esos ojos, pero contenta de verlo, de tenerlo ahí y mirar su carita de hombre enamorado a pesar de todo. Con medio paso más, atrás, choca de alguien. Se vuelve y ahora si deja salir un chillido casi involuntario.
-Hola, nena…
La joven con ojos muy abiertos mira a la persona que subió detrás de ella por las escaleras. Es un mocetón casi de la edad del otro, terminándose allí todo parecido. Este era alto, fornido, cargado de hombros, bíceps y muslos. Su cabello es claroso, tipo bachacón. Sus ojos son amarillentos, y la mortecina luz de la tarde parece hacerlos luminosos y abiertos. Y era más abierto. Él estaba molesto, odiaba estar allí y eso se leía fácilmente, sin dobleces, sin matices profundos. Un viejo y desgastado jeans, casi obscenamente ajustado sobre caderas y nalgas, así como la franelita roja y una chaqueta que ni de lejos, y en lo oscuro, podría confundirse con cuero, denuncian una posición algo más precaria. Es un tipo que resulta increíblemente llamativo para el sexo femenino, hay algo armonioso en su rostro, en su manera de hablar y de reír, aunque sólo dijera imbecilidades (como pensaba el otro con rencor y algo de envidia). Su cuerpo parece haber sido hecho a propósito para atraer miradas sobre sí.
-Enrique… -jadea ella, desfallecida, con su pecho agitado, subiendo y bajando rápidamente, casi con esfuerzo. La joven sabe que enfrenta un delicado momento en su vida, algo que puede resultar definitivo; se le dijo que así sería pero ni así lo creyó del todo.- Enrique… -repite ella mirándolo cálida, llena de amor, de dudas, sufriendo; y repara en que él responde, como aflojándose un poco, como mirándola con menos rabia, era eso lo que brillaba en sus ojos. El buen Enrique… piensa con amor la fémina.
-Vicky…
-¿Qué haces aquí? –se controla la joven, mirándolo fijamente antes de volverse y encarar a Armando.- ¿Qué hacen aquí… juntos?
-¿Hay algo malo en que nos encontremos, Victoria? Pensé que eso era lo que deseabas, ¿no? –replica este tragando saliva, mirándola de forma atormentada, furioso. Es vergüenza, humillación y dolor lo que arde en su alma, se siente… traicionado, traicionado por ella, su chica, la mujer a la que ha llegado a amar tanto sin darse cuenta de cuándo sucedió. ¡Ella lo había traicionado con ese tipo!
-Armando, por favor… -la joven no le ruega que se modere, no le pide que no le hable así; ella desea que deje ese pesar, ese dolor que parece quemarlo porque sabe que eso lo hace infeliz, y que sufre, y eso la lastima más que cualquier cosa que pueda decir.- No me gusta verte así…
-¿Y cómo se supone que debo estar cuando me entero que la mujer a la que quiero no sólo ha estado engañándome, que un día me sale con el cuento de que ama a otro sujeto, un gorilita que…?
-Ten cuidado con tu boca, pana, o te la borro frotándote esa fea carota contra el piso. –gruñe Enrique, belicoso, viéndose peligroso, alzando una mano.- ¡Y no le hables así a mi novia! –casi gruñe. Armando lo mira furioso.
-¿Es que acaso no has entendido todavía lo que pasa? ¿Lo que quiere Vicky? –se desespera al ver al otro como extraviado. Clava sus ojos furiosos en ella, que se revuelve inquieta, bajando la mirada.- ¿Cómo puedo aceptar que la mujer a la que quiero, ama también a otro hombre, y que acepte que tú quieres que yo te comparta con él? –casi grita en el colmo de las desesperaciones. Ella bota aire, levanta la mirada y lo encara, hermosa, decidida, pequeña pero fuerte.
-Me han estado compartiendo durante semanas…
-¡Victoria…! -Armando jadea mal, con la boca algo abierta, ¿como podía su bella chica ser tan implacable? ¿Acaso no entendía cuanto lo lastimaba?
-¡Nena…! -gruñe también Enrique, con el corazón martillándole con fuerza, sintiéndose lleno de una rabia homicida, de un dolor sordo. La joven se vuelve y lo mira de forma directa, clara, hermosa en su simpleza, en su razonamiento de conversa (de medio loca).
-Ya se los dije… No quise esto, no lo busqué, no sé como sucedió, pero así es. Cuando te conocí, cariño, me quedé sin aliento. Eras tan hermoso, sonriente, alegre y lleno de vida que quedé fascinada. Eres tan fuerte, viril y salvaje. Tu cuerpo parecía estar señalado con lámparas adicionales. Sabía que… -y se muerde el labio con cierta vergüenza pero sonríe al fin.- …que serías genial en la cama, que me harías vibrar y gritar. Creí que… era todo, que al fin había encontrado a esa persona que sería la mía, la esperada. Me dije, Vicky, a los veinte ya llegaste al final del camino, esto es lo que querías. Lo que era para ti. –levanta una manita y le toca el rostro, viéndolo tragar, como dolido y gustoso de oírla.- Eres tan maravilloso, Enrique, que cualquier mujer habría sentido lo mismo. Al verte supe que tenías que… ser para mí, y estar en mi vida y en mi cama; sabía que desearía despertar cada mañana a tu lado.
-Yo siento eso por ti, nena, entonces… ¿por qué me haces esto? –suena mal, casi suplicante, pero su mirada se endurece, salvaje, al mirar al otro sujeto, quien parece abatido de oírle a la mujer que quiere decir todas esas cosas.
-Porque entonces conocí a Armando. Fue unas dos semanas después. –se vuelve y lo mira, fijamente a los ojos, resistiendo su enojo, su rencor, su rabia sorda que se expresaba en forma de dolorosa mueca de repulsa.- Cuando te vi sentí algo extraño por dentro. No fue algo… como lo que sentí por Enrique, no deseé saltarte encima y quitarte las ropas y arrastrarte a mi cama.
-Qué bien. –grazna, enrojeciendo de malestar.
-Era algo más pausado, amor, más calmo. No fueron mis entrañas las que enloquecieron… fue aquí… -y esa mano cae en su propio corazón.- Sentí calor y frío, alegría y angustia. ¿Quién eras tú, tan callado, tan lejano, tan… dolido? Tu carita era la del hombre tímido, el callado, pero tus ojos eran salvajes, hambrientos. Me mirabas y dejabas salir todo aquello que no decías. Y te deseé esa vez. Me dije: qué locura, ya tengo a Enrique, pero… debía estar contigo. –traga saliva y desvía los ojos por un segundo.- Me creí una demente. Casi una… -no quiere pensar en palabras como zorra, puta u otras.- Pensé que si me acostaba contigo, si estabas entre mis brazos, todo terminaría. Esa curiosidad, esa necesidad extraña de ti, pasaría. Y yo continuaría mi camino, con Enrique. –ahora lo mira intensa.- Pero no funcionó. De alguna manera te metiste en mi corazón. –mira de uno al otro, angustiada, no sabía cómo explicar que los quería, no sabía qué palabras usar para que entendieran que para ella eran necesario los dos, que los deseaba a los dos, que necesitaba verlos, oírlos, sentirlos, y que cada uno era tan importante como el otro. ¿Como explicar eso? ¿Como podrían ellos entenderlo? Y sin embargo así era.
-Es una locura, no se puede amar a dos personas al mismo tiempo. –jadea Enrique.
-¿Quién lo dice? ¿Dónde lo dice? –rebate ella, serena.
-No estamos hablando de las mismas cosas, Victoria. Un hombre puede compartir a una furcia, a una tipita con otros. Pero no a la mujer que ama. –gruñe, ronco, Armando.- Yo no puedo. Tú lo miras así porque… lo que sucede es que no me quieres en verdad. –y esa confesión le destroza por dentro, su tono es amargo.
-No, yo te amo.
-Vicky… -grazna Enrique.
-Los quiero a los dos. –casi grita, mirando de uno al otro.- Quiero que entiendan que…
-Yo no puedo entender esto. –ruge Armando.
-Es una locura. –ataca Enrique. Ella calla, y baja la mirada.
-Entonces… es todo. –alza la mirada cuajada en llanto.- Es todo. Se acabó. –mira a Armando, desafiante.- ¿Es lo que viniste a decirme? ¿Que todo se acabó?
-No… yo no… -traga saliva, sitiándose morir. Enrique lo mira molesto.
-Lo que el señor elocuencia y mucha inteligencia que se cree mejor que yo quiere decir es que nada se ha terminado. –trona, y Vicky se vuelve a mirarlo, impactada, sintiendo que su corazón quiere detenerse, dividida entre creer y no querer engañarse.
-¿Qué quieres decir, cariño?
-Vicky, yo… no puedo seguir sin ti. No sé qué me pasó, pero ya no puedo pensar en continuar viviendo sin verte. –declara enrojeciendo.- Te extraño, cada noche, a cada rato. Sueño contigo, con tu cuerpo, con tus besos y tus miradas. Recuerdo cuando me acariciabas en la cama, cuando me decías que todo estaba bien, que la vida era maravillosa aunque no se tuviera plata. Extraño tu calor, tu ternura…
-Enrique… -sonríe boba, llorosa.- Yo también te quiero.
-Igual yo. –se apresura Armando, tomándola por un hombro, obligándola a encararlo.- Te metiste en mi sangre, en mi cabeza, en mi carne. No imaginas lo infeliz que he sido estos últimos días sin ti. Yo mismo no sospeché cuánto te extrañaría, cuánta falta me harías. No sabes la rabia que siento al saber que ya no puedo tocarte, ni oírte o besarte. Y así no puedo. –confiesa. Encara la mirada interrogadora de la joven.- Te deseo en mi vida, Vicky León, y si para volver a tenerte debo soportar y reconocer que este tipo también existe, que así sea.
-Epa, mamarracho, este tipo tiene nombre. –gruñe el otro.
Pero Vicky ya no oye, sus mejillas palidecen, igual sus labios, y si no es por los dos jóvenes habría caído cuan larga es, rodando cuesta abajo por esas escaleras. Alarmado los dos la llaman, con sus manos casi cruzadas sosteniéndola, cada uno a su lado, angustiado, preocupado, llenos de amor.
……
-¿Qué quiere, mamá? –pregunta Joaquín, enderezando la espalda sentado en aquel banco, mirándola entre mortificado e impaciente, mirada que la doña conoce bien.
-Llevas mucho rato aquí, mijo. –comenta ella, suave.
Aleida Mijares es una mujer algo obesa, de cabellos mal cortados, sin mucho cuerpo, medio teñido. Su rostro parece cansino. Su mirada refleja preocupación, cariño, pero también cautela. Lo nota cuadrarse ‘para la batalla’, e instintivamente sabe que Joaquín levanta barreras, muros altos tras los cuales se oculta siempre ahora. Ella sabía de la rabia que lo devoraba por dentro, de ese rencor que había manchado su vida desde muchacho, muchas veces quiso explicarle que eran cosas que pasaban, mala suerte, pero aquel muchacho niño se lo había tomado a pecho y dejó que la rabia anidara en su alma. Para Joaquín no había mayor misión en esta vida que combatir y destruir a los que consideraba sus enemigos. Ella podía entender esa lucha, hasta justificarla, era injusto que alguien muriera de hambre al lado de ricos manjares, pero no la compartía. Pero había más, esa parte que el joven había decidido que nadie conocería, lo obligaba a aislarse en facetas enteras. Sin embargo ella lo intuía.
-Déjeme tranquilo, mamá. Necesito ejercitarme. Llevo días sin practicar. –gruñe sin mirarla, con el rostro enfurruñado.
Si, llevaba días dedicados al ocio y la vagancia; días inútiles, vacíos… maravillosos días que pasaba en compañía de Adrián, dizque discutiendo de política y de conciencia social, cuando en verdad sólo deseaba mirarlo, tocarlo, recorrerlo todo con sus manos, oírlo reír, verlo relajado (siempre andaba como ausente, distante, y en su mirada había como dolor, se dijo más de una vez preocupado).
-No me gusta verte tan solo, Joaquín. Antes salías un día como hoy, un sábado en la nochecita a pasear, al cine, a bailar con tus amigas. Siempre tenías a una llamándote. Ahora andas solitario, no te juntas con nadie como no sea esa gente del… comando. –lo dice con reprobación.- ¿Por qué andas tan solo?
-Hay mucho qué hacer, mamá. No tengo tiempo para pendejadas. –la mira con ese rencor de siempre, no hacia ella, hacia… la vida, pero ahora no parecía tan intenso ni tan sincero como antes, piensa ella. Era una fachada. Otro muro.
-Mijo, ¿por qué ya no traes nunca a una muchacha como antes? ¿Por que no sales con nadie? –pregunta, con el corazón palpitándole. Y él la mira, altanero, elevando el mentón, como dispuesto a contarle, a explicarle. Y ella siente miedo.
-¿En verdad quiere que hablemos, mamá? ¿Quiere saber de mí? –pregunta desafiante; y entiende que no, la mira escurrirse en su mirada. ¿Qué tanto sabría, o sospechaba, ella? Eso que debería mortificarlo como a todo el que oculta algo, no logra alterarlo, no con ella, con su mamá. De forma innata sabe que de ella no debe temer nada. Ella jamás se pondría contra él.- Déjeme solo, mamá. –termina, poniéndose de pie, dándole la espalda y volviendo a la barra con un cansino salto. Le duelen todos los músculos.
Ella entiende que no hablará, no más. y levemente mortificada se aleja. Tenía miedo, miedo de que Justino, su marido, el brutal padre de los muchachos, se metiera. Pero tal vez debería hacerlo al final de cuentas. Lo mira subir y bajar en esa barra, suspirando, ¡qué difícil eran os hijos! Todos daban problemas a su manera, y eso que Joaquín era de los mejorcito. Pero siempre andaba amargado, colérico… excepto por estos últimos días. No sabía (o no quería darse por enterada) qué había variado, pero había notado esos cambios. Lo escuchaba silbar mientras se duchaba, y a veces cantaba, algo inconexo, pero ligero, sintiéndose realmente feliz, y sus baños eran largos, restregándose a conciencia. Lo veía afeitarse bien, revisando su rostro una y otra vez al espejo, pasando sus dedos por la leve sombra de barba y bigote que gustaba dejarse y que le quedaba bien; usando únicamente ropa no sólo limpia, sino que oliera a suavizante.
Lo veía mirar el reloj, inquieto, expectante, atento a su teléfono, sonriendo cuando recibía esos mensajes de textos que nadie más leía. Esa sonrisa, ese brillo en los ojos le gustaba, y la asustaba. Lo veía salir erguido, lleno de vida, de dicha. A veces no regresaba en toda la noche. Justino andaba contento, pero ella… Y lo veía regresar, como aliviado, descargado de rencores, de los viejos odios que le arrugaban muchas veces la frente. Lo veía caer en un sillón durante largos minutos, sonriendo, evocando cosas gratas, momentos felices. Pero todo había terminado bruscamente desde ayer. Algo (¿una pelea?, su labio parecía hinchado) había sucedido y ahora parecía tan seco como siempre, pero también acongojado. Ella no se engañaba, lo percibía en sus ojos. Joaquín sufría.
Ya se le pasaría, se dice como para consolarse, entrando en la enorme cocina, llena de corotos y muebles, algunos muy viejos, como la nevera que daba toques eléctricos si algún descuidado se le recostaba descalzo. Disgustada mira el lavaplatos lleno de peroles. Todos comieron y bebieron como cerdos en porqueriza, y se fueron si pensar siquiera en ayudarla a asear. Nadie lo hacía nunca. Todos parecían creer que ese era su deber, su misión en la vida; tal vez imaginaban que se sentía realizada haciéndolo. Desde que Mary, la mayor de las hembras se había casado, yéndose con su marido, no tenía ningún auxilio en esa casa.
Nadie pensó, esa noche por ejemplo, en darle la sorpresa de lavar los corotos, aunque… de entrar y encontrar que alguien más lo hizo, seguramente la impresión la habría matado. Y debía ser horrible caer muerta en medio de la cocina, con su bata de bolsillos rotos, la pantaleta demasiado ancha de cintura amarrada con un nudo (no se animaba a botarla) y el cabello sin lavar. Sin embargo, sonríe amarga, semejante peligro no existía, no el morir, eso siempre andaba allí, sino que a sorprendieran ayudándola. De alguna manera en la que ella no reparaba, se había creado un patrón… sus otros hijos no se sentían obligados a asear el lugar donde comían, dormían y vivían. No veían la necesidad, no se sentían obligados a ello, estilo de vida que seguramente llevarían con ellos a cualquier otro lado a donde fueran en el futuro. Pero eso escapaba a su razonamiento, ella misma, después de ser una mujer que obligaba a las hijas de niña a ayudarla lavar los baños, había pasado a ser una mujer que no contaba con ayuda para nada, y ya no podía imponerse. Y le parecía normal. De forma inconexa vuelven sus pensamientos a Joaquín, e intuía que había algo, que sucedía algo, que no era del todo normal con él. Y cierta fotografía vuelve a su memoria, incomodándola, llenándola de aprensión.
……
-Mira lo que hiciste, imbécil. –grazna, duro, Armando, sosteniendo a la semi desmayada Vicky por un brazo. El otro joven lo mira fulminante, tocado en una herida abierta que siempre intenta disimular.
-No me digas imbécil, maricón, o te caigo a co…
-Basta. –gime la joven entre ellos, entendiendo que lo mejor era sobreponerse a la debilidad provocada por la sorpresa (¡estaban considerando que ella podía ser de ambos!), o lo perdería todo en esta disputa. Sin embargo sus piernas temblorosas la obligan a tomar asiento en el primero de los escalones, casi halándolos con ella.- No quiero que discutan entre ustedes, no saben cuánto me lastima, como me duele cuando lo hacen.
-Él comenzó. –replica con infantilismo, Enrique.
-Y tú debes ponerle fin, cariño. No quiero que lastimes a Armando, no es tan fuerte como tú.
-¡No soy un tullido! –replica este, pero sin mirar al otro, quien en verdad podría sacarle brillo a todas esas escalinatas barriendo el piso con él. Y es a él, al menos alto, al menos fornido, el más lastimado por todo aquello, a quien la joven mira.
-¿Es verdad lo que dijo Enrique? ¿Estás dispuesto a…? –no halla las palabras. Él sonríe con una mueca, amarga, rencorosa, nada cariñosa.
-¿Qué otro camino tengo, Victoria León? –la mira ahora, con ojos centelleantes, tantos que la acobardan un tanto.- Te metiste en mí, en mi carne de una manera que ya no sé si podré sacarte, o si vale la pena seguir después de hacerlo. –desvía la mirada, torturada, sorprendiéndola como siempre cuando la nota cerrada, oculta, ¿qué había en la vida de Armando que jamás dejaba que ella lo alcanzara totalmente? No lo sabe, pero intuye algo grave, algo muy doloroso y previo a su legada.- Le diste sentido a lo que nunca antes lo tuvo. Le diste luz a una noche oscura, una noche que había durado demasiado y que yo pedía una y otra vez que se terminara. Y ahora esto…
El abatimiento de sus palabras, de su gesto, impresionan aún a Enrique, quien lo mira ceñudo, no entendiendo de dónde saca todas esas palabras que… sonaban idiotas, pero también agradables. La mirada de Vicky, quien se aparta los cortos cabellos que el viento insiste en meter en sus ojos, lo estudia con tanto cariño en esos momentos que se alarma; la joven siente la necesidad de ceder, de ser débil, acunarlo y decirle que lo ama por encima de todas las cosas, que por él haría lo que fuera, que a él lo amaría hasta el último momento de su vida. Pero no lo hace. No puede, porque aunque todo ello es verdad… también estaba Enrique. A él también lo amaba. Una manita de la joven cae sobre la pierna del muchacho en taje, quien se tensa, quien se alerta, pero también arde, su toque basta para despertar sus sentidos, sus emociones. Enrique traga saliva, una que es amarga, seca, arenosa.
-Yo te quiero, Armando, con todo mi corazón. –reconoce ella, con una leve sonrisa de ternura.- Me lastima verte así.
-No, no es verdad. Me hieres a propósito. –la acusa, con ojos brillantes de una humedad que contiene.- Estás conmigo y estás con él. Para ti soy un juego… un tipo con el que pasas un rato.
-No es así. –es enfatiza, simple.- Contigo me siento segura, adorada, importante. Tu también lo eres para mí. Eres mi vida.
-¿Y él?
-También lo amo. –admite, sosteniendo su mirada que se nubla de rencor, de rabia. La sostiene, la resiste hasta que nota su vergüenza, su retirada. Entonces se vuelve hacia el otro.- Enrique es una persona maravillosa, un ser humano increíble. –le sonríe, le gusta notar como todo disgusto desaparece del más fornido con tan sólo mirarlo. Se vuelve al primero.- Cuando lo conozcas mejor, lo entenderás, sabrás de su corazón limpio de niño buena gente, de compañero constante y fiel. Con Enrique en nuestras vidas habrá risas, camarería, compañía. Él y yo estaremos ahí para ti, para sostenerte cuando estás decaído, para sacarte de tus melancolías. Con él y conmigo jamás estarás solo.
-No… no… Conmigo que no cuente. –grazna Enrique enfático, desviando la mirada, todo eso era demasiado. No le gustaba para nada lo que decía su nena. Él era un carajo normal, un tipo que le gustaba la buena comida, la buena cama y las mujeres. La deseaba y adoraba a ella, no quería conocer a ese sujeto, ni mucho menos… estimarlo.
-Si, cariño. Él contará contigo, como lo haré yo misma. –parece convencida. En su mirada, en su sonrisa, en sus gestos hay algo que los asusta a ambos, porque les parece entrever un mundo distante, uno donde ellos dos estarían demasiado cerca.- Y tú y yo contaremos con él, verás lo organizado, lo fiable, lo protector que puede llegar a ser. Con Armando en nuestras vidas habrá estabilidad, serenidad; él te dará una mano cuando las cosas estén mal, porque él es así, más bajito, menos fornido, pero hecho de acero.
-Lo que dices es una locura. –jadean casi a dúo, mirándose alertas, incómodos al concordar en algo.
Ella, sonríe como una conversa a una religión extraña, como una niña muy feliz, casi febril, sabiendo que camina sobre hielo fino, sobre terreno resbaladizo y nuevo, pero necesario. Sus manitas toman las de ellos, sus muñecas descansan en los muslos masculinos. Y conformaban una triada extraña, sentados allí, muy cerca. Ellos dos como los típicos machitos, muy abiertos de piernas como si sus pelotas fueran demasiado grandes, viéndose jóvenes y agradables. Casi aprisionada entre ellos, ella, bella, esbelta, grácil, femenina, sonriente, atrapando sus manos. Hay tanta intimidad y electricidad que varias personas parecen presentirlos, observándolos al pasar.
-Sé que suena difícil de creer. Pero resultará. –le dice a Armando; se vuelve hacia enrique.- Estoy convencida de que juntos, los tres, seremos felices. De que los tres podemos ser muy dichosos, queriéndonos.
-Vicky, por Dios…
-Nena, no es posible… -jadea cada uno de ellos, pero es más como un lamento de temor.
Cada uno llegó a esa cita imposible porque amaba a esa mujer, no lo habían dicho, ni siquiera a ellos mismos, pero había ocurrido. Cada uno se enamoró de ella, la idolatraba y esperaba el momento oportuno para declarárselo, casarse en una prefectura y vivir juntos hasta que la muerte los separara. Pero ella había resultado loca, esa nena bella y femenina, dulce y de apariencia frágil había resultad una tigra; a uno le presentó el otro y dijo que los amaba a los dos, desatando un infierno de rabias, rencores, angustias, llantos y desesperación.
Cada uno había decidido intentar seguir, olvidarla, mandarla al coño. Cada uno lo intentó, pensando que podría, pero lo que eran, sus vidas, lo que fueron, los ataba. Cada uno tenía su historia, y ella era el bálsamo que había brindado paz, ternura, pasión y dependencia. A su manera cada uno la amaba, eso habría sido suficiente para seguir luchando por su amor, pero ahora, además, que sabían del otro, tampoco podían separarse así como así. Enrique no deseaba que Armando triunfara, y Armando prefería morirse a dejar que Enrique (a quien ya consideraba su peor enemigo en este mundo) se quedara con Vicky.
Sin saberlo seguían el camino trazado por la joven. Por ello hablaron, intentaron llegar a un acuerdo donde no se mataran mutuamente hasta que Vicky tuviera la oportunidad de rectificar y elegir a uno de ellos. Y a eso iban a dedicar sus vidas, a que ella lo eligiera a él (se decía cada uno) botando al otro como el perro sarnoso e inútil que era. Sin embargo esa joven menuda, de ojos brillantes, tenía sus propios planes. Y no iba a detenerse hasta conseguirlo, y mientras sonríe viendo de uno al otro, en su mente desfila toda una vida, una donde tomando una ducha en la mañana para salir a trabajar, Enrique entra porque tiene prisa, y Armando se les une por el mismo motivo; puede verse preparando algo de cenar mientras los observa, en la salita en penumbras, mirando la televisión donde algún tonto partido de fútbol era transmitido, como amigos, como colegas, esperando por ella. Sí, Vicky León tenía sus propios planes y no se detendría hasta alcanzarlos.
……
En cuanto su madre desapareció dentro de la vivienda, Joaquín la olvidó. No por mala gente o mal hijo, sino porque así era, ninguno de ellos le brindaba a la doñita un pensamiento mas allá del normal. Era mamá y punto. De haber estado enferma de algo malo o de haber muerto súbitamente, seguramente habría entendido cuánto la amaba e iba a dolerle y pesarle no prestarle más atención antes. Pero la gente era así, el ser humano no estaba programado para pensar en felicidades ajenas mucho tiempo, lo primordial era la propia, era una ley egoísta de supervivencia. Flexionando sus brazos sobre la barra de ejercicios, el joven intenta concentrarse en las mil cosas que tiene que hacer. El y los otros debían ir a las concentraciones para explicar las ventajas del nuevo curriculun estudiantil, de la democratización de las universidades. Era importante que…
-Maldita sea… -grazna con rabia, soltándose. No importaba cuánto torturara su cuerpo, su mente adolorida clamaba más.
Nuevamente se deja caer en el banco. Bañado en sudor, jadeando por la boca abierta. Oye risas detrás del muro, oye conversaciones, música. Era sábado en la noche, todos saldrían a bailar, pasear, amar. Estaba convencido de que muchas citas de cama se resolverían en esos últimos momentos. Todos parecían divertirse menos él. Pero no puede pensar en eso, no quiere, porque lo único que venía a su mente era el rostro de ese tonto, engreído y medio mentepollo muchacho que se le había metido en la piel. Era ese rostro sonriente, a veces altivo y chocante, muchas veces tierno e infantil lo único que podía ver. Lo recuerda gritándole, inmutándolo de esa manera tan dura que tenía, por lo que tuvo que callarlo, de la única forma que pudo, a golpes. No sabe por qué lo alteró tanto, otros le habían gritado antes cosas peores, pero en ese momento…
Fue porque era él. Se molestó porque le dolió lo que dijo, no le molestó o alteró, le lastimó. Le dolió porque era Adrián quien las gritaba. Cuánto poder tenían para lastimar aquellos a los que se amaba, recordó esa frase no sabe si leída o escuchada. Dios, cuánto daría por poder llamarlo, por preguntarle si estaba bien (¿y si lo jodí? Coño, pude sacarle un diente o algo; y pensar en esa posibilidad le encoge el corazón en el pecho). Le gustaría tanto llamarlo y oírle decir que lo siente, que siente todo lo ocurrido, y que lo citara para que hablaran. Sí, desea eso, que Adrián diga que deben hablar, que no podían terminar así. Pero sabe que no lo hará. Adrián era una pequeña cucaracha testaruda e intransigente, jamás lo llamaría. Se yergue en la silla; él podía dar ese paso, pero nunca lo haría. Si la vaina debía terminarse, que se acabara, pero no iba a rebajarse llamándolo. No él.
Pero dolía. Ese vacío, esa sensación de querer gritar, correr, golpear o aullar como un perro con rabia era algo nuevo para él. Esa sensación de insatisfacción, de pesar, de casi malestar para respirar era desconocida. Lo sentía ahora, lo sufría ahora… porque Adrián ya no estaba. Temblando, con la boca abierta cierra los ojos. Lo recuerda esa noche, hace como tres semanas cuando salieron huyendo de aquel bar, ocultándose en ese callejón, riente como idiota, como si no entendiera que en verdad pudo pasarles algo malo. Él estaba furioso, con él, con esos tipos que buscaron la camorra. Deseaba golpear a alguien, regresar y caerles a coñazos, o al tonto muchacho; pero al verlo reír de espaldas contra esa sucia pared, como si aquello fuera una aventura de colegial, lo desarmó. Se veía tan joven, tan insensato, tan alegre, tan… hermoso. Fue a reclamarle, pero el otro le había rodeado el cuello con sus brazos, con fuerza, y lo había besado, de forma cálida, no impulsiva, tampoco suave, parecía excitado, y todo su mundo giró, dejó de pensar, de estar molesto, y se aplastó contra él, clavando sus dedos en esa baja espalda. Llenándose con su calor, con su olor, tan duro de ganas que temió estallar literalmente dentro de sus ropas.
Pero eso era pasado. Esa historia había concluido, y su final no había sido nada feliz. Se ahoga y tiene que lanzar un alarido, llevándose las manos a al nuca y cepillando con furia su cráneo con sus dedos. ¿Por qué…? ¿Por qué…? ¿Por qué nada le salía bien? ¿Por qué coño’e la madre todo tenía que malogrársele siempre? ¡No era justo! No era justo, carajo… Y sin embargo, la primera vez que había visto a Adrián, lo había odiado con todo su corazón, de una forma caliente, apasionada. Era su enemigo y deseaba lastimarlo en ese instante. Recordaba que fue en…
……
CONTINUARÁ…
Julio César.
Cuando leí la noticia sobre la separación del presidente francés, Nicolás Zarkozy, de su mujer, Cecilia, me sorprendió lo fácil y ‘civilizado’ que resultó, aparentemente la cosa fue de mutuo acuerdo. Aunque, ¿qué otra cosa iban a decir cuando uno manda y la otra era la Primera Dama? No podían salir en televisión gritándose que ella era una ramera y él un alcahuete, ni caer en La Guerra de los Roses, aunque ella lo odiara tanto como Kathleen Turner a Micheal Douglas en esa película. Aparentemente muchos de los que se separan en esta vida, aunque se hallan amado con locura durante años, cuando terminan sólo desean verse las vísceras afuera en medio de un enorme charco de sangre.
Claro, en este caso parecen personas no sólo adultas sino responsables, estaban concientes que por encima de ellos, estaba el deber hacia el país, Francia por encima de todo y todos; por ello se acallaron rumores de amantes de lado y lado, que los hubo (rumores, y amantes también, al parecer). El público francés, aunque gusta de divertirse oyendo cuentos absurdos sobre el buen salvaje que sofoca democracias en países pequeños del tercer mundo pero para bien de sus pueblos, a vista de la separación presidencial, y aún de los rumores, se comportó con esa seriedad y sensato punto de vista cosmopólitan sobre estos asuntos, que son privados y punto. Un divorcio no es una cuestión de Estado.
En este aspecto, los franceses se mueven según su manera de encarar la vida. Generalmente tenemos una idea frívola y mundana sobre los amoríos y pasiones franceses. A las francesas se les consideran apasionadas y hasta medio pillas, como a las italianas sensuales. Al pueblo francés se le atribuye el dicho que suena más o menos: el matrimonio es un asunto tan serio que hay que sobrellevarlo entre tres; filosofía que suena de lo más excitante. Ahora parecen caber cuatro, y cuando la cosa no marcha, se dejan, sin dramas. En este punto, hay que notar la diferencia con el pueblo norteamericano, o al menos de sus esferas conservadoras y de poder. Cuando Bill Clinton tuvo su asunto de tragos derramados con Mónica Lewinsky, o sobre ella para ser más exactos, la prensa y hasta la Fiscalía en manos de la oposición se le lanzaron a la yugular, entre gritos y aspavientos. Aparentemente Clinton no fue un mal presidente, según las cuentas y balances presentados, pero todo pudo naufragar, incluso ser enjuiciado por ‘supuestamente’ haber cometido perjurio al negar en principio su relación con la joven, por el desliz en el vestido (de todo se aprende, seguro que ahora lleva más pañuelos). Parecía una cacería de brujas como en una mala película.
¿Cómo puede la vida sexual de un hombre ser motivo de disputa, discusión e incluso condenarlo a ser sancionado cuando las cosa es entre adultos? ¿Qué mintió? ¿Para qué se le llevó a ese punto? Se dijo algo como que no podía continuar mandando porque era un inmoral que cometía inmoralidades, y aquí entra en juego esa doble moral a la que los empuja la necesidad de aparentar el código puritano mientras lo que desean, y hacen, es pecar de lo lindo. Estados Unidos es la mayor, casi la única, proveedora de todo tipo de pornografía audiovisual a nivel mundial, la que satisface toda la gama de vicio sexual y de mercadeo de carnes. Sí, hay lugares del mundo donde también campean, como Cuba con sus jineteras y los menorcitos tan preciados por el turismo sexual europeo e intelectual, o el sudeste asiático, que hacen la delicia de tantos dizque liberales que corresponden defendiendo esos sistemas de vida (agradecidos son, por lo menos).
Lamentable es decirlo, pero es así, ese tipo de turismo que encanta a tantos ciudadanos del viejo continente es de carne. Pero fuera de esos paisillos donde el Estado se beneficia de forma directa de la prostitución de su población, la gran putana es Estados Unidos, con su mercado, su industria, sus sindicatos, sus estudios y grandes fortunas montadas sobre un mar de… alegría sexual. Entonces, ¿cómo pueden renegar a la luz del día en comités y en la prensa lo que permiten, permisan, disfrutan y practican en lo oscuro? Eso les ha restado claridad, enviándole señales confusas y peligrosas a cada nueva generación de muchachos que se levanta en el suelo de la Unión; cuando se debe aprender dos tipos de conducta se deja el camino abierto a toda confusión y enredo.
Y que conste que no estoy bogando contra la pornografía en este caso; Dios no permita que me de por ahí. Fuera de la pedofilia (no creo en la regeneración, generalmente lo dice aquel que atrapan, jamás acuden por cuenta propia a pedir ayuda), todo lo demás no me parece mal, aunque no lo practique o no me guste. Claro que tampoco hablo de cosas aberrantes que algún demente pueda considerar sexual, como una violación, o vainas como Hostal. Que película más horrible, mala como cinta y fea como posibilidad. Pero saben qué es lo que más inquieta de ella… ¿y sí algo así estuviera pasando? Hay tanta gente enferma en este mundo, generalmente son aquellos que ladran, persiguen y castigan aquello… que tanto desean hacer.
Julio César.
Ahora no podía quitarle las manos de encima…
-Deja la vaina que Michelle, tu mujer, está viendo.
-Ella sabe que somos amigos del alma…
-Entonces quita la mano y deja de…
-Es que esa bicicleta te tiene durito.
-Para ya, coño…
-Sonríe, disimula y quédate quieto. Tenía tiempo sin verte, o tenerte a mano…
Julio César.
NOTA: Mientras eliminaba tantas cosas que ya no interesan, notando que me he apartado mucho de lo que deseaba al iniciar esta página, encontré este corto escrito hace mucho. No lo recordaba. Era una de esas fotografías con las que pensaba jugar a la ambigüedad entre los protagonistas de esa película que tanto me gustó; de hecho la usé durante aquellos tristes días de finales de enero. Me hizo reír mucho cuando lo escribí, al releerlo me preció demasiado atrevido (sobretodo las partes que cambié). Pensé en borrarlo, se los juro, estuve tentado, la envié a la papelera y todo; pero no pude hacerlo. No puedo simplemente eliminar sus fotografías aunque ya las haya usado más de una vez. No es falta de respeto, es… no lo sé.
¿Quién no sentiría celos?
La última vez echaba un cuento cualquiera donde Jack espera una noche en una cantina a Ennis, para verse, para ir a donde generalmente acudían para matar las ganas que siempre sentían el uno por el otro. Mientras esperaba, Jack reparó en un joven que lo miraba mucho. Recordemos todos que el vaquero de rodeos es un tipo increíblemente apuesto, y a su llegada, Ennis lo encontró como muy amistoso con el muchacho. Eso lo llenó de rabia y discutieron. Ennis dijo cosas terribles, y Jack le replicó con ese genio siempre tan vivo como tiene.
Amigos que leyeron el cuento, me dijeron que era tonto ponerlos a pelear así, pero debemos recordar que esos dos estuvieron viéndose, a escondidas pero viéndose al fin y al cabo, durante veinte años, entre ellos debió pasar de todo. Además, me agradan las historias donde Ennis cela y sufre por Jack. Su cuenta con él no estará cubierta jamás, al menos en mi opinión. Debemos recordar también que después de una buena pelea…
……….
Te necesito…
-No puedes salirme con eso, decirme que tienes otro compromiso. Habíamos planeado este encuentro hace días. ¡Tú lo sabías! No puedes irte así. Te he estado esperando desde hace semanas. –le reclama Jack, en la oscura y estrecha calleja.
-Y eso ¿qué? Vuelve a tu mesa y sigue con lo que hacías. –acusa con voz acerada, oprimiendo los labios, lleno de rabia.- Eres un maldito puto, Jack Twist. ¿Tanto necesitas eso que te expones por un mesero en una cantina cualquiera? –reprocha con rabia y dureza.- Eres un tipo desvergonzado y un día de estos nos meterás en problemas a los dos. Y no voy a dejar que me hagas caer contigo en tus cochinadas.
-¿Qué? –exclama Jack, con boca y ojos muy abiertos.- ¡Cállate, maldito bastardo! –le grita, señalándolo con un dedo.- Toda mi maldita vida contigo me la he pasado protegiéndote, y cuidando a todos, porque no me quedó otro remedio. ¿Cuándo te he hecho una escena o he provocado un escándalo? Siempre he estado ahí para ti, porque quise, sin pedirte nada. Siempre he sido tu amigo bajo tus términos, el amigo a quien quieres ver unas pocas veces al año, manosear un rato y luego alejar como a un sarnoso, pero yo lo acepté así. Por ti cruzo todo este territorio, por ti dejo los riñones en la carretera, por ti dejo a mi familia y mi casa mientras tú sólo esperas que yo llegue y te des… el gusto y luego me miras cansado, aburrido, deseando que me vaya y te deje en paz. Tú te ocultas. Tú me ocultas. Me acusas de marica, y en tu cabeza eso soy, ¿verdad, Ennis?: ¡Jack, el marica! Por eso jamás me has presentado a nadie en la calle aunque saludas a uno que otro cuando vamos a una cantina, como si temieras que fuera tan marica que todos se darán cuenta. Ese soy yo, ¿no?: Jack, el cochino. El cochino marica. –deja escapar con rabia y amargura.
-¡No me culpes de nada, hijo de puta! –gruñe incómodo, molesto consigo mismo, pero sobretodo con Jack.- Vienes porque quieres. Tú lo quieres…
-Sí, porque quiero venir. Cuando paso tiempo sin verte… deseo estar aquí, Ennis, porque verte se me hace una necesidad. Pero me cansa ver la distancia que pones siempre entre los dos. La cautela con que me hablas, con la que me miras. Me molesta ver tu cansancio cuando estamos juntos en una cama y te hablo y piensas que sólo digo tonterías. Jamás te haría daño, no soy un sucio monstruo ni el marica necio que te marcará delante de todos, pero siempre temes que te lastime. ¡No lo haré! Sólo soy el tipo que de vez en cuando se deja caer por aquí y quiere estar cerca de su amigo, nada más, porque eso lo dejaste muy claro años atrás, que para mí no había nada más, que para mí no existía futuro. Sólo soy eso… tu amigo que viene de vez en cuando. Dijiste que sólo podíamos aguantar, y he aguantado todos este tiempo.
-¿De verdad? –le grita al rostro, transfigurado por una rabia que Jack no entiende. La verdad es que un fuego malo consume el pecho de Ennis.- ¿Mi amigo que viene de vez en cuando? ¿Eso es todo lo que haces de tu vida, Jack? ¿Nunca has hecho más? ¿Que pasó durante los años que no nos vimos? ¿Qué haces en los meses que no nos vemos? ¿Sólo Lureen comparte tu vida? ¿Sólo ella entra en tu cama? –demanda saber con rabia.- En tu guantera, esos fósforos mexicanos, ¿de dónde salieron? ¿Desde cuándo están ahí? ¿De qué hablabas con ese tipito dentro del bar, tan sonriente? ¿Qué le decías mientras lo mirabas con fijeza? ¿Qué te decía él con su sonrisa boba? ¿Que tus ojos son bonitos, que tu sonrisa es maravillosa, comentaba sobre lo bien que hueles? ¿O hablaban de mujeres? ¿O de toros y caballos? –quiere saber, casi escupiendo al rostro de Jack, con furia.
Para Ennis era una tortura permanente pensar en Jack cuando no estaban juntos. Había momentos en los que se enternecía recordándolo dormir a su lado, cuando deseaba besarlo y acunarlo con una ternura que le asustaba, pero la mayor parte del tiempo sentía un miedo que no expresaba nunca: ¿y si estaba con otro? Le quemaba en el alma el entender para sí que la única persona a la que amaba más que a su vida misma era precisamente otro hombre, pero no había podido hacer nada para evitarlo, no fue algo que quiso, no lo decidió. Un día vio los ojos de ese tipo frente a él, mirándolo con franca curiosidad frente a una oficina a la que fue en busca de empleo, y supo en ese instante que estaba perdido. En ese momento pensó en huir, pero temblando, había decidido esperar, porque le gustaba mirarlo y en su inocencia de muchacho tonto pensó que con eso bastaría para sentirse bien, con sólo estar a su lado y mirarlo cuando él estuviera descuidado. Ahora le atormenta pensar que a ese otro hombre no le bastara uno que otro encuentro al año para ser feliz, y que busque por ahí, por fuera, lo que no encuentra con él.
-No estaba haciendo nada malo. –grita molesto Jack, con el rostro muy rojo, arrecho realmente, dejando salir su temperamento explosivo también.
-¿De qué hablaban entonces? ¡Yo los vi! Parecían encantados de la vida.
-¿Por qué me tratas y gritas así? –ruge a su vez.- Yo no tengo por qué explicarme ni explicarte nada, maldito desgraciado. Estoy harto de entender y de disculpar. Me arrecha tener que mantenerme distante para no molestarte con mi necesidad de ti. Me mata mantenerme apartado, lejos, sin llamarte, sin buscarte, para que tú vivas tranquilo y seas feliz; para que encima tenga que soportar tus gritos.
-Nunca he estado tranquilo desde el maldito día en que te conocí. –le replica con rencor.- ¿Crees que mi vida ha sido fácil? ¿Crees que soy feliz? ¿Crees que lo he sido desde esa condenada noche en la montaña Brokeback? ¿Piensas que esta es la vida que quería para mí? –demanda saber, y Jack retrocede un poco, como golpeado en la mandíbula, desconcertado, casi oyendo como se rasga y rompe en mil pedazos su vida, esa poca cosa que era su existencia.
-Vete a la mierda, Ennis del Mar. –casi susurra, con esfuerzo, y se aleja por ese calleja abierta al final, caminando lentamente, como pisando sombras.
Ennis se siente mal, un escalofrió desagradable lo recorre todo. Por un momento piensa en seguirlo y gruñir algo que sonara como a un ‘espera’, pero traga saliva y se lleva las manos a la cabeza, hundiendo más el viejo sombrero sobre su frente, con desesperación. Ahora le duele todo lo que dijo, toda la rabia que sintió; pero recordar a Jack hablando con el tipito del bar le da fuerzas para alejarse en dirección contraria. Va frenándose, no puede seguir, jadea pesadamente. Jack se alejaba…, Dios, cómo dolía. Camina con torpeza cuando pasa frente al bar, desgarrándose por sus ganas de volver, de correr tras el otro. Sólo ese horrible orgullo suyo le permite continuar; y es allí donde encuentra al cantinero, ¿buscando a Jack? Se detiene en seco, apretando los puños y mirándolo con total hostilidad. Siente unos deseos enormes de golpearlo, de pagar con él todo lo ocurrido con Jack; desea borrarle a puñetazos ese rostro joven de muchacho impresionado, porque entiende que una cara así debía atraer forzosamente a Jack, al puto de Jack Twist. El joven lo mira de forma altanera a su vez, como si le desagradara.
-Oiga, ¿dónde está el vaquero del cumpleaños? Dejó su sombrero. –lo alza, y Ennis sabe que se trata del sombrero de Jack.
-¿Su cumpleaños? –jadea, sintiéndose torpe, algo mareado.
-Eso me dijo. Que era su cumpleaños y que estaba esperando a un buen amigo para celebrarlo, a su mejor amigo de todo el mundo, dijo. Me pidió una botella de whisky. Fui a buscarla pero cuando volví ya no estaba.
-Mantenla fría en la mesa. –ruge Ennis después de unos instantes, quitándole el sombrero de un zarpazo y echando a correr por la calleja.
El hombre se siente mal, culpable. ¡El cumpleaños de Jack!, lo había olvidado completamente; pero bueno, hablaron de eso hace mucho y él olvidaba hasta el cumpleaños de sus hijas. Lo que le molesta en esos momentos era haberle gritado como lo hizo, carcomido por los celos, porque a todo se reducía eso, sus celos. Sintió tanta rabia de verlo, bonito y sonriente, hablando con el carajito carilinda, que sólo pensó en lastimarlo, en herirlo y hacerlo sentir bien mal; por eso lo había insultado en esa forma tan terrible. ¿Y si ya se había ido? Estremeciéndose se dice jadeando para sus adentro: no, que no se halla ido, Dios mío. Esperó semanas enteras para ese encuentro, para verlo frente a él, sonriendo siempre, con sus ojos hablando de alegría, de ternura, de amor. Esperó mucho para tener a Jack al alcance de sus manos.
Los tres últimos días los había pasado entre la ansiedad y la impaciencia, deseando tenerlo ya frente a él para atraparlo entre sus brazos, para besarlo, para amarlo como siempre hacía, sintiéndose lanzado hacia las alturas en ese momento. Había contado las horas que faltaban para verlo, y le parecieron días enteros; y bastó verlo un segundo hablando con otro para mandarlo todo al carajo. Lo esperó por semanas y ahora el otro se había ido. Había desperdiciado la oportunidad en meses de ser amado por Jack. Cuando casi llega al final de la calleja, a punto de gritar de frustración, se detiene. Jack está sentado en una acera algo alta, cabizbajo. Ennis sintió alivio y vergüenza, estaba profundamente arrepentido de haberlo ofendido, pero en ese momento lo que más sentía era dicha: ¡Jack no se había ido! Va a su lado, y se detiene, tieso.
-Esperé este encuentro durante días enteros. Imaginé cómo sería esta vez y sonreía de felicidad; Lureen me preguntaba qué me pasaba que me veía tan contento. Hasta pensé en lo que te diría mañana, al despertar en la cama entre tus brazos: te diría no desayunemos, aliméntame de ti. –sonríe con gesto torvo, sintiéndose idiota, sin mirarlo.- Por eso estoy aquí, sentado todavía, Ennis del Mar. No podía irme así, maldito desgraciado, como si la semana que viene pudiéramos vernos, como si fuera tan fácil, tan simple como llamar y encontrarnos. –confiesa con voz opaca, muerta, Jack, con la vista en la nada.
-Jack… -comienza ronco, Ennis.- Mi vida comenzó…
-No digas una maldita cosa ahora, Ennis del Mar, o me levanto y me voy al carajo en este instante. –lo mira con ojos brillantes de rabia, de frustración.- No digas que no me crees un sucio marica. No digas que mentías al decir que tu vida ha sido peor desde que me conociste. No digas nada.
Callan. Pero Ennis sí quiere decirle que mentía, que hablaba con rabia. Quiere explicarle que antes de él estaba vacío, que no había nada, que él mismo sentía que algo faltaba, que estaba muerto, que cuando miró sus ojos por primera vez y se estremeció de pies a cabeza, supo lo que era estar vivo, sentir. En ese momento sintió realmente el calor del sol y la caricia de la brisa. Pero calla, mira el sombrero en sus manos y va a colocarlo sobre la nuca del otro, pero Jack se lo quita casi de un manotón. Estaba molesto, molesto y dolido. Ennis no sabe qué decir, y cae sentado a su lado. Jack mira al frente, al piso, perdido en mil recuerdos, unos felices, otros no tanto; su vida ha dado muchas vueltas alrededor de momentos así, alrededor del hombre que amaba pero que nunca le diría siquiera que lo extrañaba a veces.
Ennis lo mira intenso y alza sus manos, pero es Ennis del Mar, no puede evitar mirar en todas direcciones antes de rodear a Jack con sus brazos y acunarlo. Le cuesta porque Jack, envarado, se resiste; pero él lo hala, lo pega de sí, y comparten el calor y el palpitar de los corazones. Ennis cierra los ojos un momento y siente que toda la rabia, los celos, la frustración y felicidad de saber que ama a ese carajo, van fundiéndose, calmándolo, encontrando esa extraña paz que siempre lo cobijaba al lado de Jack. Ahora estaba bien, en ese momento alcanzaba la estabilidad. No habían hablado, no se había explicado. Ni siquiera disculpado y sabía que eso estaba pendiente, pero por ahora no importaba, Jack estaba ahí, lo sentía contra su cuerpo, podía olerlo. Nota que Jack se deja llevar, y que finalmente deja caer su cuerpo, relajado, contra el suyo.
-Perdóname… -gruñe muy bajito el catire, en un susurro que suena a toda una historia, como ha pedido muchas veces. Y Jack, como siempre, se deja llevar por aquel carajo que es el dueño de su vida.
Julio César.
Definitivamente voy a tener que reconsiderar mi punto de vista sobre el cambio de gobierno en Estados Unidos. Hace poco, cuando hice mención a un posible desastre que dejaría a los republicanos en el poder si se elegía al señor Obama para la candidatura demócrata, mucha gente me acusó de cierto tinte racista, y de que hablaba necedades sin sentido. Intenté explicar en qué me basaba para hablar, pero no convencí a muchos; pero hace poco, en GLOBOVISIÓN vi al internacionalista Alfredo Salgueiro, un señor nada agradable, comentar que la manera torpe de comportarse de los demócratas casi había conseguido un empate técnico entre estos y los republicanos, que como estaban las cosas él prefería al republicano. Y lo decía con disgusto. Pero es que los demócratas no dan pie con bola; entre ellos ya sólo quedan personas gritonas, aparentemente no subsiste un estadista, ni un solo hombre o mujer de estado que sepa mirar por encima del borde del vaso. A la fiebre de izquierdas retrogradas y trasnochadas que recorren Latinoamérica, con su odio visceral hacia el Norte, responden dándole la espalda a uno de los pocos socios confiables que tienen, Colombia, con lo del tratado de libre comercio. Aducen que es imposible ayudarlos por las denuncias de represión, de paramilitarismo y de violación de los derechos humanos. Claro, esta recua de bichos se lo hace a Colombia, a China, con sus mil y un pico de millones de habitantes, de gente que puede comprar cuanta baratija se produzca en el mercado, ni se les ocurre ponerle peros porque, ¿y si se molestan y dejan de comprar? No, China es un bocado demasiado grande para sus boquitas chillonas, podrían atragantarse, Colombia es más fácil, y que eso cierre la puerta de un gobierno serio, de derecha, es lo de menos, después de todo cuentan con que si se arman gobiernos peligrosos y delirantes que se asocien a extremismos de otros lare, ya habrán marines pendejos que vayan a morir en playas extrañas para reparar sus imbecilidades. De lo que también podrán acusar al gobierno de turno. La verdad es que los demócratas ya hasta parecen peligrosos.
Casi tan degradante como eso, es tener que ver a un señor que molesta por sus políticas de pacifismo a troche y moche, defendiéndose a todo gañote, negando ser el culpable de la represión, violencia y muertos en el Tíbet. Porque el responsable de todo eso es él, no es China con su ocupación y su aparato de terror. No, es el Dalai Lama, ese peligrosísimo hampón que tuvo el tupe de alzar a los monjes. ¡Pobre China!, por suerte el Comité Olímpico Internacional se ha puesto decididamente de su parte, igual que los demócratas norteamericanos, Bush y Chávez, todos ayudándolos para que sometan al peligrosísimo sujeto. Y de tanto repetirlo esa gente, y de tanto oírlo, uno va a terminar creyendo que es verdad, que los juegos deben ir por encima de cualquier cosa, después de todo representan mucho dinero… digo ideales. Cuando uno mira las escenas en el Tíbet, oye las explicaciones de las autoridades chinas y las reacciones de una mayoría cómplices, casi parece verse esos antiguos documentales de la BBC de Londres cuando se denunciaban los crímenes nazi contra los judíos, cuando muchos decidieron dejar de ver, hacerse los locos y hasta simpatizar con el régimen.
El regreso del señor Silvio Berlusconi al poder en Italia, me resultó algo sorpresivo, jamás esperé que ese hombre temperamental y odioso repitiera, pero el pueblo italiano, acosado de problemas, decidió retirarle a apoyo a una izquierda inútil como no sea para criticar desde la oposición, entregándole nuevamente el poder. Así lo habrán hecho de mal, porque ese señor es venenoso. Pero igual ocurre en Francia, Nicolás Sarkozy ya aburre con su farandulerismo fatua, sus poses y payasadas sin abocarse a resolver problemas. De ese señor pensé muy mal cuando se inventó un test para que sus ministros fueran evaluados y echados según su desempeño, ¿acaso los ministros no obedecen a una línea de gobierno dictada por él?, ¿o cada quien hace lo que le da la gana para ver cómo le va? Ah, gente incompetente, no entiendo para qué buscan el poder si no saben qué hacer.
Hace poco se supo que el pico Bolívar, el punto más alto de Venezuela, de nieves eternas, está deshelándose. Se derrite y mucho se teme que se pierda toda esa belleza natural. Ya se habla de una tendencia irreversible. Casi simultáneamente llegó la noticia de que en Los Alpes, Los Pirineos, zona de vacaciones y deportes invernales, se observa y padece el mismo problema. El ecosistema invernal ya no se sostiene, el hielo y la nieve van desapareciendo. Y no es porque estemos pasando por alguna casa mala del zodiaco, o este sea un año malo chino (que los hay) sino por un fenómeno climático. Seguro no han oído de él, casi nadie, muchos lo creen un simple mito: el calentamiento global, la subida de la temperatura. Será un día triste cuando las cumbres andinas dejen de reflejar el sol, con destellos de plata, al desaparecer sus casquetes. Fuera de que eso marcará el fin de los ríos que riegan la zona con agua dulce; me pregunto cuánto aguantará el mundo cuando uno a uno vaya secándose todos los afluentes de agua tierra adentro.
Julio César.
Si tienes para la tarifa…
El médico miró a la mujer, una desconocida todavía, aprobatoriamente. Era una fémina normal de clase media trabajadora pero con aspiraciones. Delgada y flexible, se veía fuerte físicamente aunque no era alta. De cabellos amarillentos, ni por un momento la cree catira natural, con esas cejas no podía serlo, se veía bien sin embargo. Era treintona, comenzando, de rostro cuidado pero no maquillado en exceso. Una mujer segura de sí, podía muy bien imaginarla haciéndole frente a un hombre, gritándole hasta del mal que se iba a morir con las manos en las caderas y tongoneándose desafiante. Sus ropas eran llamativas pero no muy buenas, un suéter algo ajustado que enmarcaba divinamente su busto generoso y una faldita a medio muslo. Su cartera y zapatos sí eran de calidad. Cuando mira sus ojos, se inquieta… Ella ha estado estudiándolo y no parece convencida de que sirva. Vaya…
-Buenos días, señora Martínez.
-Buenos días, doctor. –responde ella tomando asiento, mirándolo inquisitiva.- Disculpe que se lo diga, pero no me imaginaba que usted…
-¿Fuera tan joven? Hay muchos siquiatras jóvenes, señora.
-No, no es eso sino que… ¿me estaba mirando las tetas? En mi trabajo noto cuando un sujeto…
-No, no es eso, señora. Estaba acotando algunos signos externos sobre su… -se acalora, tomado fuera de base por un momento.
-¡Ah!, no le gustan las mujeres. Por mí está bien. –parece más relajada.- Me agradan los gay. –sonríe señalándolo.- Y me disculpo por creerlo un mirón, no me fije bien en sus… -y no termina pero mueve las manos elocuente. Él la mira terriblemente impactado.
-¡¡¡Señora Martínez!!! –traga saliva, acomodándose la corbata; maldita sea, y justo ese día llevaba una de seda rosa suave.- No creo que debamos hablar de mí. –reprende.
-Bien, doctor. Lo siento si me metí en su vida. –toma aire.- Vengo a verlo por consejos de mi ginecólogo, ese hombre es una maravilla, adivina cuando tengo problemas, me conoce realmente muy bien. Verá, estoy agotada. No puedo descansar. Termino mi trabajo cada noche y al regresar a casa no puedo dormir. Es por culpa de esa pesadilla que tengo cada vez.
-Bien, ¿de qué trata la pesadilla?
-Es algo casi cotidiano. Algo que me aterra que ocurra en verdad siempre que salgo a trabajar, y creo que eso es lo que me angustia tanto. Pues bien, me acomodo bien y salgo a trabajar como siempre, como cada noche, recorriendo mi ruta… -relata mientras él va alzando las cejas.- …cuando en una esquina se me montan cuatro carajos. Me llevan a una zona lejana, aislada y ahí viene el abuso. ¿Lo ve? Se montan, me usan y se van sin pagarme…
-Ah, ya veo, ¿y usted trabaja…?
-Manejando un taxi.
Julio César.
-Te odio porque te amo demasiado…
Mientras se toma la tercera cerveza, notando de pasada que se juntaban rápidamente, Jack sonríe con todo el rostro sintiéndose realmente complacido en mucho tiempo. Hace calor aunque es de noche, pero la bebida estaba fría, eso era bueno, y una buena razón para sentirse bien; pero no era ese el motivo de su buen humor en esos momentos. Recorre la cantina con la mirada, un local pequeño algo cerrado y oscuro, y le parece que está bien. No había muchas personas y nadie se fijaría en él. Traga un buche de cerveza pero lo acompaña ahora con uno de una saliva que le sabe mal, le ocurre cuando piensa en todas esas precauciones que debe tomar cada vez que sale de su casa. A él no le importaría sentarse donde fuera, pero sabía que a Ennis la idea le horrorizaría y que preferiría no acudir al encuentro a exponerse a la mirada de otros, aunque los dos lo desearan mucho.
Espera a Ennis, y como siempre su corazón late con fuerza, con ansiedad. Se siente vivo, con ganas de gritar, de hablar y de reír de mil idioteces, aún en ese momento tiene que contenerse para no sonreír tanto, como tonto, al parecer no era bien visto que un hombre hiciera tal cosa. Mira la botella y sonríe leve a pesar de todo; no, eso no era totalmente cierto. Claro que deseaba encontrarse con Ennis, pero lo que más desea era fundirse en sus brazos del otro, sentirse atrapado, apretado, abrazado de esa forma ruda, tosca y totalmente posesiva que Ennis dejaba salir cuando lo tenía contra él, indicándole sin palabras cuánto lo necesitaba. En esos momentos el catire le gritaba sin voz cuánto lo amaba y todo merecía la pena, el mundo cobraba sentido.
En esos momentos Jack entendía qué tanto lo deseaba y necesitaba al otro. Cuando lo atrapaba con su cuerpo, comprendía que para Ennis eso era comenzar a vivir cada vez, que ese hombre tosco y cerrando dentro de sí, vivía únicamente en esos instantes. Su rostro aún está animoso, pero su sonrisa decae un poco y sus ojos brillan con cierta melancolía: ¿por qué estaban condenados siempre a amarse, a buscarse, a esperarse… y al mismo tiempo a ocultarse y separarse? Todo el mundo tenía el derecho a amar, pero no ellos. Espera a Ennis y sabe que será algo increíble, como siempre, pero ya le duele el saber que se alejaran otra vez, cada uno con su vida. Siente una punzada de dolor al recordar los primeros días en Brokeback Mountain, cuando sólo estaban el uno para el otro cada segundo de cada uno de esos días, cuando se abrazaban y amaban donde las ganas los alcanzaban, sin temores, sin preocupaciones, sin pensar en el mañana, en la gente, en la vida.
-Tráeme otra cerveza, y la cuenta, amigo. –alza la expresiva mirada en un momento dado hacia la barra, con su rostro franco de cabello muy negro y con la eterna sombra de barba en sus mejillas. El oscuro sombrero yace sobre la mesa.
Y frunce levemente el ceño, sin disgusto, porque repara ahora en el tipo joven que atiende la cantina a quien no notó antes, preocupado como estaba por la discreción del sitio; joven que lo mira largamente, desprovisto también de hostilidad o agresividad, quien asiente y saca otra cerveza de la cava, llevándosela. Se la tiende, y la mirada verdosa del joven parece quedar prendada un momento en las pupilas azules del otro, y por un instante ese joven se siente como suspendido en el aire, pensando que eran los ojos más hermosos que ha visto nunca. Jack toma la cerveza sintiéndose algo cortado ante la fascinación que detecta en el joven. Bebe de ella, sacando algo de dinero de la cartera, tendiéndoselo, y encontrándose con que el otro sigue mirándolo de forma directa y abierta. Y en esa mirada había inocencia, sí, pero también una clara indicación de algo, una petición a que dijera, actuara o pidiera otra cosa. Ese muchacho, porque sólo de un muchacho se trata, esperaba que ese hombre dijera… Pero Jack vuelve a su cerveza, desviando la mirada.
Ese chico debía tener cuidado, se dice el vaquero de rodeos, pero sonriendo levemente halagado; le agradó esa atención. No se podía ser muy severo con Jack, es joven, es un tipo vital y caliente, y es también algo coqueto (un puto, como lo acusó una vez Ennis). Intenta alejar al muchacho de su mente, porque espera a Ennis y no le gusta mezclar su nombre, su recuerdo, con nada más, ni siquiera con la imagen del apuesto joven de quien sabía ahora que con algo de charla, y tal vez dos o tres tragos, se podría salir con él de allí a una calle oscura, a un cuarto sin numero, sin dirección y pasar un rato grato, aunque extrañamente vacío.
Jack lleva la botella a sus labios y sonríe un poco mortificado porque siente la cálida mirada del joven sobre él, desde la barra. Y en verdad no se puede culpar al tipo, Jack Twist se ve realmente apuesto en esos momentos, con el negro cabello brillante y bien peinado, la sombra de una sonrisa atractiva en sus labios, con sus brillantes ojos que hacen juego con su camisa azul oscura, nueva. El vaquero de rodeos huele a colonia, a sudor, a cigarrillo y a cerveza, y esa mezcla que al joven le parece el olor de un hombre que debía ser sensacional en la intimad, lo hace muy llamativo. Sus ojos caen sobre el vaquero una y otra vez, sintiéndose inquieto, nervioso, deseando llamar la atención del hombre de alguna manera. Sintió una conexión con el otro y entendió que no le era indiferente, y saberlo, y mirarlo tan guapo pero a punto de escapársele, lo enloquecía. ¡Dios, que tipo tan guapo!, no podía dejar de pensar.
Es joven, por lo que ignora que mucho de ese atractivo que Jack muestra en sus ademanes, en su actitud y rostro, proviene de su interior. Está feliz, excitado y ansioso porque espera a Ennis del Mar, a su Ennis, el hombre al que más quiere en todo este mundo, y eso le confiere ese brillo. El vaquero aguarda por el único hombre al que en verdad ha amado en toda su vida. Sabía que nunca podría explicarle eso a nadie, porque no tendría manera de expresarlo aunque se desenvolviera bien con las palabras. No, dudaba mucho que alguien entendiera que cuando no estaba con Ennis, cuando no lo miraba, le dolía algo en el pecho de una forma física y real, lastimándolo, y que a veces sentía ganas de dejarse simplemente caer y no moverse más; que los días eran lentos hasta hacerse insoportables, que las noches eran largas y que a veces debía emborracharse para poder cerrar los ojos y dormir, sin pensar, sin soñar. Cómo decirle a alguien que al mirar a Ennis acercarse por una calle sentía ganas de correr, gritar, saltarle al cuello y besarlo con ansiedad para sentirse nuevamente completo, vivo, y que los ojos se le empañaban un poco de tanta emoción. Y sin embargo el vaquero sabía que aún no era sincero.
Estaba feliz porque iba a ver a Ennis, su Ennis, pero también porque sabía que las cosas iban muy mal entre el hombre y su mujer, Alma, y que nada parecía ser capaz de salvar ese matrimonio. Y mientras lo piensa, sus pómulos enrojecen un poco, de vergüenza al sentirse tan ruin y mezquino, porque a él le alegra. Él desea que ese matrimonio acabe, que Ennis deje atrás esa relación y quede solo y libre. Porque ese día él correría a su lado y le diría como nunca antes que ya no debían esperar más, que ya no podían seguir perdiendo meses y años de vida, que ya los agostos y noviembres no eran suficiente, que partieran juntos, a cualquier lado, a esconderse donde fuera con tal de que estuvieran juntos día y noche, mañana y tarde, amándose como debió ser desde el principio. Ese día lo buscaría y aún no sabía qué haría o qué diría, pero lo arrastraría a una taberna, luego a un motel y lo obligaría a fuerza de tanto quererlo a que le diera un sí y comenzaran a vivir de una vez, así tuviera que amenazar, gritar, golpear o llorar. No más una relación de ratos, no por unos pocos días al año, sino vivir juntos siempre, para siempre. Bota aire y casi termina la cuarta cerveza de tres buche al imaginarse dormir cada noche entre sus brazos, con el aliento de Ennis cayendo sobre su nuca. E imaginarlo lo hace sonreír con cierta lujuria, su sólo recuerdo era suficiente para excitarlo.
-¿Desea otra? –el joven está a su lado, mirándolo de forma brillante, como diciéndole aquí estoy, mírame por favor. Y Jack entiende: para el chico la vida tampoco era fácil, no todos los amores eran fáciles, ni felices. Él lo sabía, y por un momento piensa en aconsejar al muchacho, pero ese no era asunto suyo. Los hombres no debían hablar de ciertos temas.
-Si, gracias. –le sonríe en forma abierta, amistosa, solidarizándose con él; de una forma que Ennis jamás entendería. Él, Jack, podía considerar al muchacho… un hermano, aunque su razonamiento no llega tan lejos.
Desde la entrada, Ennis del Mar lo mira, entrando en esos momentos y recibiendo una fea impresión. Venía con esa mezcla que siempre oprimía su pecho mientras iba al encuentro con el otro, cierto temor a ser pillado en algo, pero sobretodo excitado y delirante ante la perspectiva de encontrarlo, sabiendo en qué terminaría todo, teniéndolo finalmente entre sus brazos, sobre una cama o una lona, poseyéndolo y cabalgando ambos hacia la dicha. Ahora, sin embargo, su espíritu se estremece, le parece que Jack se veía demasiado amistoso, y atractivo, mientras le sonreía a un carajo joven, no mal parecido tampoco, quien lo miraba de forma emocionada. Ennis capta y entiende bien la mirada de ese joven por Jack, es la del tipo que se encuentra de pronto ante la cosa más atractiva que ha presenciado nunca en su vida. ¡Jack lo hechizaba con su encanto! ¡El maldito puto!
-Buenas noches. –masculló, de pie, deteniéndose frente al otro, quien no reparó en él hasta ese momento.
-Ennis… -le sonríe de forma abierta, algo achispado por las cervezas ya.- Que bueno que llegaste.
-¿De veras? ¿No tardé mucho? Creo que ya cuadrabas algo más. Mira, no puedo quedarme. Debo ir por mis hijas a la iglesia; pero imagino que estarás bien, ¿no? –dice entre dientes, como si le costara hablar. Casi desdeñoso se aleja, reparando con rencorosa satisfacción en el desconcierto, sorpresa y molestia de Jack. Lo había lastimado, ¡qué bueno!
El catire sale a la cálida noche caminando envarado, con paso rápido, sintiéndose sólo ligeramente mejor. Sólo un poco. En esos momentos odiaba a Jack, y sentir eso no era nada agradable. No se aleja mucho cuando siente un empujón rudo en su hombro derecho y casi es arrojado con violencia a una oscura y estrecha calleja entre el bar y un feo restorancito. Se vuelve, tenso, con cara inescrutable y encara el rostro crispado y enrojecido de Jack.
-¿Qué carajo te pasa? ¿Por qué te marchas así? –reclama Jack, muy cerca de él, casi salpicándolo un poco de saliva olorosa a cerveza. Molesto y dolido.
-Debo ir por mis hijas. –repite lacónico.
-No puedes salirme con eso, que tienes otro compromiso. Habíamos planeado este encuentro hace tiempo. ¡Tú lo sabías! No puedes irte así. Te he estado esperando desde hace semanas.
-Y eso ¿qué? Vuelve a tu mesa y sigue con lo que hacías. –acusa con voz acerada, oprimiendo los labios, lleno de rabia.- Eres un maldito puto, Jack Twist. ¿Tanto necesitas eso que te expones por un mesero en una cantina cualquiera? –reprocha con rabia y dureza.- Eres un tipo desvergonzado y un día de estos nos meterás en problemas a todos. Y no voy a dejar que me hagas caer contigo en tus cochinadas.
-¿Qué? –exclama Jack, con boca y ojos muy abiertos.- ¡Cállate, maldito bastardo! –le grita, señalándolo con un dedo.- Toda mi maldita vida contigo me la he pasado protegiendo y cuidando a todos, porque no me quedó otro remedio. ¿Cuándo te he hecho una escena o he provocado un escándalo? Siempre he estado ahí para ti, porque quise, sin pedirte nada. Siempre he sido tu amigo bajo tus términos, el amigo a quien quieres ver unas pocas veces al año, manosear un rato y luego alejar como a un sarnoso, pero yo lo acepté así. Por ti cruzo todo este territorio, por ti dejo los riñones en la carretera, por ti dejo a mi familia y mi casa mientras tú sólo esperas que yo llegue y te des… el gusto y luego me miras cansado, aburrido, deseando que me vaya y te deje en paz. Tú te ocultas. Tú me ocultas. Me acusas de marica, y en tu cabeza eso soy, ¿verdad, Ennis?: Jack, el marica. Por eso jamás me has presentado a nadie en la calle aunque saludas a uno que otro cuando vamos a una cantina, como si temieras que fuera tan marica que todos se darán cuenta. Ese soy yo, ¿no?, Jack, el cochino. El cochino marica. –deja escapar con rabia y amargura.
-Déjame en paz… -grita ronco, como si le costara.- Déjame con mi vida como era antes…
……….
Me quedó algo largo, así que lo termino después. Me gustan estos cuentos donde Ennis deja salir todo lo que siente por Jack, dejando salir su frustración, sus celos; aunque es difícil hacerlo distinto al que vimos en esa película que disfrutamos y sufrimos tanto. Y el del film es mucho mejor que el del cuento. Esa historia, ese relato corto, un día vamos a revisarlo mejor, ¿no les pareces?
Julio César.
Esta larga película basada en un cuento no tan extenso de Stephen King, de su libro VERANO DE CORRUPCIÓN (cuentos cortos que corrieron con suerte, como Brokeback Mountain), no la vi en el cine, de hecho no sabía mucho sobre ella. Rentada en VHS, me dispuse a verla, me la habían recomendado mucho, pero no tenía verdaderas expectativas, mi hermano es de los que cree que Terminator dos fue conmovedora. En fin, me senté a verla y al cabo rato ya sabía que se trataba del relato THE SHAWSANK REDEMPTION (SUEÑOS DE FUGA en Latinoamérica), de ese libro se hicieron otras dos cintas muy buenas CUENTA CONMIGO, y EL APRENDIZ. Sin embargo SUEÑOS DE FUGA fue simplemente maravillosa.
Tim Robbins le da vida a un tipo acusado injustamente de una muerte, condenado a cadena perpetua (Andy Dufresne); abusado en las duchas, sentenciado y olvidado del mundo tras los muros de esa prisión, Shawsank, se prepara a cumplir su sentencia para siempre en su fría celda, hasta que un descubrimiento fortuito, producido por su afición a la mineralogía, lo lleva en el camino contrario. Morgan Freeman está inmenso, como siempre, en su papel de Red, otra alma torturada, más resignada ya a su destino, el sujeto que puede conseguir cualquier cosa dentro de la prisión, y a él recurre Andy cuando necesita dos cosas: un póster de la película Gilda y una piqueta para tallar rocas.
La cinta está llena de momentos realmente intensos, otros son increíblemente poéticos, con un lenguaje muy elaborado y hermoso. Uno de esos momentos intensos es cuando Andy es violado en las duchas. Morgan, encarnando al recluso Red, que funge de narrador dice que Andy se defendió bien, pero al final fue sometido, como lo son todos, como lo fuimos todos. ¡Cuánta amargura había en esa voz! Y eso que yo oí la de la traducción. Un momento bello es cuando Andy se encierra en una oficina y coloca aquel disco de opera donde canta unas italianas, no recuerdo cuál área era, sólo que eran voces bellísimas, mientras los guardias intentaban forzar la entrada. En los patios todos los presos se paralizan, por un momento la vida parece detenerse, y Red dice no saber qué cantaban esas italianas, pero que nunca como en ese momento se sintió más triste de estar preso, ya que sonaban a libertad, al vuelo de pájaros en el cielo, elevándose a alturas imposibles, y él deseó poder salir de ahí, volando.
Hay una parte, para estas alturas Andy conoce los secretos corruptos del alcalde de la prisión, cuando un chico llega y jura haber estado preso antes con un sujeto que confesó el crimen por el que Dufresne estaba preso. El alcalde lo manda a matar cuando el chico asegura estar dispuesto a contarlo todo para liberar a Andy. Este enloquece al saberlo y es encerrado, pero lo que más recuerdo es la cara de otro de los presos cuando dice: ¿es inocente, realmente es inocente y lleva veinte años preso? Andy sale de la retención afectado, y Red mira algo extraño en sus ojos, teme que atente contra su vida y se lo cuenta a otros. Es cuando otro recluso, inquieto, dice que Andy le pidió esa tarde una soga. ¿Y se la diste?, le preguntan alarmados. Yo qué iba a saber, es su defensa, una que no brinda paz a nadie. En su celda, Andy Dufresne parece esperar algo con la soga en sus manos, y en la suya, Red se dispone a pasar una de las noches más larga de su vida, seguro de que el otro se matará.
El nuevo día trae la sorpresa, escapó. ¿Cómo? Quien la vio lo sabe, quienes no, que lo vea. Baste decir que es otro de los grandes momentos, cuando Red dice que Andy se arrastró por quinientos metros por porquerías que no puede imaginar, o no quiere. Que Andy Dufresne chapaleó entre la mierda pero salió limpio de alma al otro lado, libre (esa escena donde Tim Robbins ríe en medio de la noche, bajo la lluvia, con el rostro alzado al cielo es maravillosa). Que él estaba feliz por su amigo, pero también triste, que era como si un vistoso y alegre pájaro hubiera escapado llevándose la belleza. Mientras está abriendo una zanja, Red se detiene, bajo el sol y el calor, y mirando hacia la nada sonríe, imaginando a Andy, a bordo de un convertible, escapando hacia la libertad, con el océano Pacifico como marco a sus espaldas (y la escena fue realmente bella, parecía más bien una composición fotográfica). El final mismo es un momento conmovedor, y eso que no se trataba de una película fácil, pero que logra llevar su mensaje: redención.
Quien no la haya visto, que lo haga. Vale la pena.
Julio César.
El tamaño contaba algo…
Martina agradecía los momentos en que dejaba la casa para hacer sus compras, lo que tal vez explicara porque iba tanto a ese mercado. O tal vez no. En su casa siempre había trabajo, el polvo era terrible, igual que las telarañas, sacudía, y cuando se volvía aparecían nuevamente. Mil veces se había preguntando dónde estaban esas arañas tan laboriosas. Y los muchachos, aunque grandecitos ya, no parecían poder valerse para nada por sí mismos. “Mamá, ¿donde están mis zapatos?”. “Mamá, ¿y mi camiseta roja?”. “Mamá, ¿y mis libros?”. “Mamá ¿y mi cuaderno?”. “Mamá, ¿bajaste de Internet el trabajo sobre Gómez?”. Fuera de que debía batallar para que comieran sus vegetales, sopas y carnes guisadas. De ser por ello sólo tragarían papas fritas y pollo asado. Además estaba el lavar cerros y cerros de ropas, plancharlas, guardarla. Lavar los baños, limpiar las baldosas del lavadero, dejar brillante las ventanas. Todas esas cosas que los miembros de su familia daban por sentado que se hacían solas, que siempre era así sin que mediara ningún poder humano. Por lo tanto no era necesario notarlo o agradecerlo.
Mientras recorre el pasillo de los enlatados y pastas, entiende que así la veían. Era… mamá. Y le gustaba, su casa, su marido, sus hijos… pero ¿no podían ser más atentos? Mira su reflejo en el cristal de la heladería, sonriendo algo nerviosa, sintiéndose tonta, una mujer cuarentona algo ridícula. Se veía bien con su suéter negro, algo ajustado, reconoce con el rostro encendido. Había notado más de una mirada levemente interesada de hombres que iban por allí y topándosela se decían: nada mal, mami, te conservas bien a pesar de todo. Pero a ella no le interesaba. Ninguno de esos sujetos. Con paso trémulo va hacia la sección de las verduras.
-Le queda bonito el cabello cuando lo tiene suelto, señora. –le había dicho el muchacho, un mocetón veinteañero, de cuerpo trabajado, eso lo sabía, nadie normal era así, con esos bíceps y esos pectorales, por no hablar de la cintura estrecha.
Se lo dijo un día, hace tres semanas, de pasada, como quien comenta que hace calor después de haber hecho frío hasta el día anterior. Y ella, tomada por sorpresa, enrojeció, sonrió y no supo qué decir. Pareció una colegiala pillada fuera de base en clases cuando miraba una novela romántica en lugar de prestar atención a las ecuaciones. Llevaba el cabello alto ensortijado porque en verdad no se lo había lavado y no quiso atarlo esa mañana. Y el muchacho lo había notado, sonriéndole con desparpajo e indiferencia, como un jovencito cualquiera hablando de cualquier cosa.
Continuó con su carrito, esa primera vez, pero tuvo que volverse a mirarlo, mientras fingía revisar los precios de la charcutería envasada, tipo salchichas y tocinetas. El corazón había latido demasiado rápido, extrañándola, asustándola… agradándole y quiso saber por qué. Era delgado pero alto, de nuca casi rapada excepto por un cabello en cepillo en lo alto. ¿Habrá estado en el cuartel?, se preguntó, sorprendiéndose imaginándolo de traje verde, marchando, saltando, luchando cuerpo a cuerpo con alguien. Sus manos eran grandes, eso lo había notado. Fuerza, debía tener la fuerza y el vigor de la juventud.
Después de esa primera vez el joven no le volvió a hablar, sólo la miraba sonriente, y ella no sabía si se burlaba de su cabello suelto, desrizado, algo… lujurioso sobre sus hombros. Casi no se animó a llevarlo así después del comentario. Pero un impulso la obligó. Lo miró sonreír, amigable, tal vez creído en su poder que la obligaba a actuar así. No lo sabía. Pidió dos kilos de tomates, concentrándose con todas sus fuerzas en la forma de los vegetales, pero pendiente de sus manos grandes, que debían saber tocar con ternura recorriendo una piel, cálidas, firmes, o apretar con violencia, como… atrapando a una mujer por sus axilas, alzándola violento, obligándola a mirarlo a los ojos, sometiéndola. Sí, eran manos enormes, reconoció estremeciéndose con fuerza. Y cuando flexionaba el brazo, los bíceps también destacaban, y ella se preguntó qué se sentiría recorrerlos con sus manos, apretando. Debía ser puro músculo, músculo de hombre… no, de muchacho, de alguien que estaría, según los sexólogos en la cima de sus deseos sexuales.
-¿Desea algo más? –preguntó él, sereno, como si no se diera cuenta de nada. O tal vez no lo hacía.
Si, déjame recorrer tus hombros con mis manos por un momento, te juro que no deseo nada malo, no quiero arrastrarte de aquí, aunque mirarte sin esa franela seguro que sería todo un espectáculo. Pero amo a mi marido, ¿sabes? Y sin embargo quiero tocarte, saber si tus pectorales son tan firmes como parecen, con esos pezones destacando bajo la tela, ¿alguna mujer te los ha pellizcado? Imagino que si, que manos ansiosas han recorrido tu piel, adorándote, diciéndote que eres hermoso, y habrás sonreído, ¿verdad?, sabiendo que es cierto; y eso no me gusta, no quiero imaginar otras manos sobre ti. Yo quisiera. Yo deseo bajar mi mano y tocar…
-Si, un kilo de cebollas. Que no sean muy grandes…
Con voz temblorosa pidió algo de ajo después, y cuando él le dio la espalda, inclinándose a buscarlos, ella casi sintió desfallecer. Se veía tan… bien. Era una mujer madura, seria, no una carajita loca, no andaba buscando una aventura por calentorra o para pegarle cachos a su marido por venganzas inventadas, pero se vio acercándose a él, montando su mano en esa espalda, recia, seguramente caliente con el fuego de la juventud. Al hacerlo, él se volvería y entendería que era una pobre mujer casada con un marido de primera juventud con quien tenía sexo cinco veces a mes, si había suerte, y que a veces ni ella lo deseaba en serio, siendo más grato estar juntos en una cama, hablando de los problemas, de los muchachos y de mil vainas, sin interés físico.
Pero que esos asuntos eran gratos, que debían tratarse; el muchacho, Jacinto, ese era su nombre, lo entendería, y con una sonrisa la atraparía por los hombros, empujándola, cayendo sobre ese colchón rojizo de tomates fríos, redondos, y sin quitarle los ojos de encima, sus manos se meterían por debajo del suéter, acariciando su vientre, y ella gemiría, antes de que cayera sobre ella, besándola. Se resistiría, pero sólo un poquito, un beso era algo serio, pero ¿cómo detener a ese mocetón vigoroso, caliente, de manos traviesas, de labios firmes y rientes, de lengua ardiente, de deseo duro en la carne? Y sería grato, ardiente, poderoso; ella no pensaría en nada, o tal vez lloraría un poco, su marido no lo merecía, pero…
Sonriendo, sabiendo que ese calorcito en sus entrañas no eran simplemente nervios (los nervios de siempre cuando lo buscaba), rodea el pasillo… y encuentra a una muchacha delgada, de rostro aburrido, atendiendo en las verduras. Sintió un ramalazo extraño de inquietud, de miedo. Era como cuando sonaba un teléfono a las doce y media de la noche, sonido que decía ‘atiende, y prepárate, es grave’. Se le acercó.
-Buenas, ¿y Jacinto? –pregunta ronca. La muchacha la mira sin interés.
-Se fue para el coño. –y a mí me ponen a atender esta vaina, parece decir.
No hay palabras para describir su desazón, su desencanto, su… pérdida. Aquel ritual que alegraba sus mañanas, que despertaba una tonta fantasía para todo el día, inocente, idiota, de llegar y verlo, de imaginar, de soñar, se había terminado. Tentada estuvo de abandonar el carrito y marcharse, incapaz de atender o entender sobre cuentas, números de tarjetas de crédito y esas cosas. Esa noche su marido la encontró muy callada.
-Pareces triste, Martina.
-No es nada, cariño. –sonríe trémula.
-Algo debe ser. –es algo impaciente, como siempre cuando ella cae en esos estados de ánimos.- No importa, ¿adivina? –le sonríe.- La firma tiene entradas para una función de media noche mañana, será la premier en Venezuela de la película de los vaqueros maricones eso. Sé que no suena muy bien, pero será grato salir de casa. Seguro que viendo la tal Brokeback Mountain te diviertes un montón…
-Si, seguro será divertida. –concede, lejana, y tal vez por eso no repara en la cara de su marido.
La voz del hombre se había quebrado un poco, desazonado. Decir maricón le recordó, con desagrado culpable, el extraño momento cuando entró esa tarde en Contabilidad y tropezó a ese tipo, quien casi lo derriba y le sonrió amistoso luego… el tal Jacinto.
Julio César.
NOTA: Habrán algunos relatos más de este tipo y para no enredarme buscando imágenes usaré esta que me encanta. La miro y me digo… sí, hay historias interesantes todavía. Y gente soltaría, lo digo por el sujeto es
Ay, no, otra vez se me subió…
El físico culturismo es una de esas disciplinas que se mantienen en auge en todo momento, siempre hay quienes sueñan con tener esos cuerpos. Son gente vistosa, es verdad, y es uno de esos deportes donde están permitidos, todavía, esas prenditas minúsculas que ahondan el interés, tanto en hombres como en mujeres. Pero aquí hablaré de los machos men. Personalmente me tocó ir a un evento donde 'posaba’ un primo mío y me sentí casi un mirón malicioso. Yo no entiendo todavía como Raúl tuvo la… entereza de salir y hacer esas cosas. Enseñaba todo, literalmente, y sonreía bobo mientras lo buceaban todas esas personas (casi todos tipos). Creo que eso tiene un nombre en sexología que no es simplemente exhibicionismo. Y claro que lo digo como una reacción personal, pero ¡qué cosas! ¡Sentía yo tal vergüenza!
No sé porqué me imaginé que todo los que miraban lo hacían de forma ‘interesada’. Pero es que… seamos realistas, un deporte donde un carajo anda semi desnudo, todo depilado, en bikini, tetón, posando en forma descarada, ¿es una actividad para gente bien criada? Por otro lado está el fin en sí, un corredor se ejercita para ser más rápido, más ágil, un nadador igual. Un rey del básquet o del béisbol se prepara para una tarea específica, realizar una función, fuera de amasar músculos; pero ¿para qué otra cosa sirve el físico culturista? Únicamente para mostrar la masa, y si nos atenemos al cuento sobre los músculos que no crecen, la cosa empeora. Está bien, pueden actuar en cine de acción si tienen suerte, o porno, que siempre llama la atención, pero ¿para qué más?
Y con los años, si se descuidan, se ponen mal. A mi primo siempre le digo: ya te veré a los cincuenta usando sostén. En MTV, la de antes, recuerdo que había un reality show sobre chicos que querían ser culturistas, se veían tan listos y llenos de preocupaciones tan serias y reales como los muchachos de Baywatch; en uno de los preparativos antes de una eliminatoria, un tipo joven llamó a su papá para que lo ayudara… Y ni se imaginan, era para depilarse piernas y nalgas. Recuerdo que el hombre, todo cortado, miraba a la cámara y decía que nunca creyó llegaría el día en que ayudaría a su hijo a hacer eso (y no sé, pero no parecía muy orgulloso).
Pero claro, es un ‘deporte’, y de tipos rudos, que dudas caben. Uno los imagina en los vestuarios antes de salir, “¿y mi tanga? Yo la dejé aquí”. O “chico, te ves increíble con ese color de trusa, resalta tus ojos”. Estoy inventando, con toda seguridad no dicen nada de eso, ni los que esperan le miraran el trasero al que sale, o si lo hacen es para ‘comprobar’ que ha ejercitado bastante (ejercicios de c…); pero está el asuntillo del tipo que aplica los aceites… un trabajo resbaloso donde los halla. Imagino que uno de los requisitos para hacerlo bien, y por el que contratan a la gente es… tener las manos grandes.
Es juego, es sólo un juego malintencionado de mi parte, necesitaba llenar este espacio y como una antigua novia sale con un sujeto de estos, en su honor escribí esto no con tinta sino con veneno; que no se me acuse de prejuicioso, envidioso o mala gente (otra vez). Necesitaba con qué llenar esta página, y yo, como el Conde del Guácharo, no aprecio tanto a estos tipos que se ven mejor que uno en traje, o sin ellos.
Julio César.
A veces te extraño tanto que no puedo soportarlo.
Julio César.
Los conocidos se han extrañado que no halla contado a mi manera (suena a prejuiciado, ¿verdad? ¡Qué calumnia!) lo ocurrido en el país el pasado diciembre cuando el Gobierno intentó una reforma de la constitución que era de facto cambiarla por otra, una donde se legalizaba una dictadura, y entregaba poderes plenipotenciarios al Ejecutivo, es decir, a Hugo Chávez. Aquí reproduzco lo que recuerdo, fue un día agotador, muchas cosas se olvidan, otras se rememoran con cierta visión, en fin, y aunque no les interese, aquí lo dejo.
En la Biblia cuentan de un día cuando el ejército israelita libraba una gran batalla y el caudillo militar, creo que Josué, notó angustiado que la tarde iba cayendo y que al amparo de la noche el enemigo escaparía y se reorganizara. Para impedirlo, Dios hizo detener el Sol y la Tierra en su marcha alargando el día. No entraré en detalles sobre sí Dios pudo o no hacer tal cosa, pero las simbología para mí es lo importante. Hay días que exceden, aparentemente, el largo de veinticuatro horas. O será que la implacable ley de la relatividad nos atrapa a todos. Una hora bebiendo caña y hablando paja con gente a la que se quiere, parecen segundos; y una espera en un pasillo médico, expectante por el final de una intervención quirúrgica parecen días.
La República de Venezuela vivió uno de esos días el pasado domingo 2 de diciembre del año pasado. El jornada comenzó horriblemente temprano cuando me arrancaron de un sueño no muy profundo fanfarrias y cornetas del tipo que se oye en los cuarteles, del Comando Zamora llamando a sus partidarios a despertar e ir a tomar los centros de votación para ser todos primeros en las filas, maniobra destinada a llenar todo hueco que quedaran vacante en la conformación de las mesas electorales y copar el cupo de testigos independientes. Por alguna razón (lo atribuyo a simple maldad) el dichoso camión con la fanfarria se estacionó cerca de mi edificio y sonó y sonó de forma continua y horrible. Creo que se había accidentado o algo así. Mucha gente, entre ellos yo, les gritamos los que podían hacer con su camión y un pote de mantequilla, somos gente exquisita.
A las siete de la mañana me dirigí a mi centro de votación para luego recorrer todos los de la zona y verificar que las mesas se hubieran instalados. No lo habían hecho y ya había gente esperando en las colas. Pero no eran muchos. Del primer café que llevamos a nuestros testigos, supimos que la gente no estaba acudiendo, que algunos centros marchaban rapidito después del atasco inicial cuando ya había más de cuarenta personas en fila esperando la apertura. Eso me asustó, coño, ¿dónde estaban todos? Siguiendo las cosas por la radio, escuché a la profesora Marta Colomina con una queja parecía, que ella se angustió al ir a votar tempranito, y ver muy poca de la gente que ella estaba acostumbrada a ver allí. ¿Acaso no entendían qué nos jugábamos ese día?
De regreso en el ‘comando’, desde las diez de la mañana nos comunicamos con los distintos grupos. Me dieron una lista (en este país todos estamos en una lista), y me tocó llamar a gente que se sabía estaba en contra del Presidente, los del llamado antichavismo medio o suave. La operación era siempre igual: hola, soy fulano, llamo de tal sitio, por esto y esto, ¿ya votó? Y comenzaba el escarceo entre quienes no veían ya salida por la vía electoral, desencantados de tantos desengaños; los abstencionistas grupo al que pertenezco de corazón aunque deba salir a votar; y los que se habían sido convenciendo de que lo mejor era dejar a Chávez en paz o haría las cosas peores (el avestruz y la arena). Me gustaría pensar que convencí a algunos, pero Dios, qué amarga es la impotencia cuando intentas explicar la gravedad o transcendencia de algo.
Los nervios no me dejaban comer, tan sólo tomar café y aspirinas. Salí a visitar a los conocidos cuando me sustituyeron al teléfono, y les formé peos a los que yo sabía que eran antis, que odiaban lisamente a Chávez, o los que temían por el futuro de su gente, pero seguían en sus casas. Azucé a muchos a que fueron a votar, creo que regañadientes y hasta molestos conmigo. Un cuñado que amaneció enratonado de tanto tomar el día anterior, no fue, y discutí con él, diciéndole que esperaba nunca más oírlo hablar paja del Gobierno. A lo que respondió que Chávez no llegó gracias a él, que él votó la primera vez por Irene. Con eso me dejó sin argumentos, un día les hablare de mi mea culpa. Aunque, en mi favor, también yo caí en la trampa que adecos y copeyanos montaron y ejecutaron cuando pactaron su supervivencia con Chávez y sacrificaron a sus candidatos. Pero eso lo dejaré para otro día.
Mis hermanos, amigos y conocidos me enviaban mil y un mensajitos de texto por celular, todos en sus colas diciendo que marchaba rápido. Ellos cumplían. En las colas vi a gente que yo sabía chavista, como a la señora Ángela, bedel de la oficina donde laboro, y al verme vinieron esos saludos de gente que no tienen igual rango de trabajo, pero que en Venezuela no impide que uno hable y se cuente sus cosas. Bajito ella me dijo algo que me dejó pensativo y hasta esperanzado: que iba a votar por el NO, porque aunque amaba a Chávez, no era bueno darle más poder, que ya tenía bastante. Así, con una simpleza y una claridad que gente más preparada, estudiada y con más que perder si la cubanización llegaba, no veían o no querían enfrentar. Sin embargo no había suficientes personas movilizadas, ¿qué pasaba Dios mío?
Ya para la una de la tarde comenzó a hacerse evidente cierta tendencia. Una hermana que vive en La Silsa, zona populosa y chavista, mientras esperaba su turno para votar, allí donde todos la saben antichavista, escuchó a dos coordinadores de centros, vestidos ilegalmente con las franelas rojas, cuando uno, muy preocupado le decía al otro: chamo, está ganando el NO. Inmediatamente ella trasmitió la información que otros se encargaron de regar, corrió la noticia de que en Miranda, la gran Caracas y Carabobo, la cosa parecía, increíblemente, favorable a nuestra causa, aún en regiones muy afectas al presidente, como las cercanas poblaciones de Guarenas, Guatire, Araira y la zona de Barlovento. Pero ni así la cosa era tranquilizante, ¿dónde estaba la gente de la oposición? Por experiencias pasadas sabíamos que el Gobierno en los últimos momentos acarrearía gente en la llamada Operación Galope, cuando los autobuses gobierneros irían a las parroquias a llevar gente casi a rastras a votar.
La estrategia se hizo visible pasada las dos y medias de la tarde: los estudiantes, en sus diferentes centros se habían puesto de acuerdo para asistir todos en cambote a las mismas horas, votar y quedarse en el mismo para copar el espacio y presenciar los escrutinios, ya que para endulzar a la gente para que fueran a sufragar, el Consejo Nacional Electoral había prometido que se contaría manualmente el 54% de todas las papeletas electorales depositadas (en el referéndum presidencial se contó el 1%, y al Centro Carter y a la OEA le pareció mucho). La mayoría de las mesas contó con esa fiscalización, fuera de la actuación más respetuosa del Plan República en manos de los militares, atribuido al pronunciamiento que días antes había hecho el ex ministro de la defensa, y ex compañero del alma del presidente Chávez, el general Raúl Isaías Baduel, recordándole a sus hermanos de armas cuál era su deber y el peligro de incumplirlo.
Todo el mundo estaba en ascuas; en los grandes centros, Caracas, Valencia, la misma Maracay, por no hablar de Maracaibo y las pequeñas ciudades mirandinas, se corría ya el rumor del triunfo del NO, pero una cosa era tener esos exit pool, pocos fiables ya que un país que vio como un grupo de venezolanos fueron perseguidos, acosados y destruidos por firmar pidiendo un referéndum, la tristemente celebre Lista Tascón (estoy en esa), no iban a responder realmente por cuál opción se decidieron. Dentro de los Comandos la gente andaba como autómatas, esperanzados; nos decíamos unos a otros que sí, que habíamos ganado, que la reforma sería parada. Luego comenzaron a llegar otros rumores: que se estaba concentrado un gentío a las puertas de Miraflores y ya estaban tomando caña y festejando, que se levantaba una tarima con un muñeco inflable gigante del Presidente desde donde este anunciaría el triunfo del SI, flanqueado por los militares. Dentro de la dirigencia se inició un forcejeo, la gente del Comando de la Resistencia, con Antonio Ledesma, Oscar Pérez y Andrés Velásquez a la cabeza, eran partidarios de romper el pacto de silencio y anunciar las cifras, ya que agencias tarifadas, como REUTER, hacía rato que había violado dicha confidencialidad exponiendo cifras interesadas.
Para las seis y media de la tarde todo era nervios, y fue cuando el líder estudiantil, Yon Goicoechea, casi se mete en un problemón; este muchacho enorme, de rostro redondo de luna y sonrisa extraña por un problema dental, llamaba a los jóvenes a permanecer alerta, que pronto se darían los resultados y felicitaba a todos por la tarea realizada, que todos habían cumplido. ¡Prácticamente anunciaba el triunfo del NO!, cosa que aún o se podía hacer legalmente; cosa que fue duramente atacada por la gente del régimen, con Jorge Rodríguez, el desequilibrado y delirante general de la derrota, a la cabeza. Pero las horas pasaban, los rumores hablaban de reuniones en Miraflores y en Fuerte Tiuna, de llamadas a la presidenta del CNE, Tibisay Lucena de parte de la vicepresidencia para que se invirtieran cifras, que los militares habían sido informados de que no se aceptarían esos resultados y que había comenzado un enfrentamiento feo entre civiles y militares que deseaban se respetaran los comicios.
El retardo inexplicable e inexcusable para dar los resultados cuatro horas después de finalizados los comicios, con un sistema automatizado que se nos vendió como seguro, fiable, y rápido (fuera de caro, ahora hay más ricos), estaba asustando a todo el mundo. La gente del Comando de la Resistencia llegó al CNE y se quedaron allí, sin importar las malas caras y los chillidos de los seguidores del régimen; cuando intentaron desalojarlos se resistieron con entereza, Andrés Velásquez, chiquito de estatura se enfrentaba con energía a un gorila que lo empujaba. Ismael García, líder del grupo PODEMOS, ese hombre detestable pero valiente, qué dudas caben, se presentó también, a fiscalizar, a prestar más ojos atentos en la defensa del NO, haciendo un llamado a la calma pero a permanece alertas, exigiendo que se dieran los resultados que manejaban todos.
Llegaron las ocho de la noche, las nueve, las once; se decía que el Alto Mando había sido llamado nuevamente por el Presidente, fue cuando Raúl Isaías Baduel hizo una nueva aparición pública, recordándole a los uniformados cuál era su deber: acatar la voluntad de las mayorías. Poco después se dijo que el general que coordinaba el plan republica, González Gonzáles, había puesto su cargo a la orden, y que gente relacionada con Baduel dentro del mundo militar dejaron saber claramente que no se anotaban en un golpe contra la voluntad expresada. Se habló de una discusión a gritos, con insultos y groserías incluidas, entre Jorge Rodríguez y Tibisay Lucena, quien hasta lloró, apoyada por Sandra Oblitas, otra rectora del CNE, a quien llamó como testigo y tal vez como apoyo moral para enfrentar al cínico ex vice presidente. A la mujer se le exigía dar ciertos resultados, y por alguna razón, tal vez temor ante lo que pudiera suceder si se violaba el resultado (no todos pueden aceptar que corra sangre sin sentirse moralmente responsable) ésta se negó. Era lo que corría de boca en boca y a través de las mensajerías de textos de los celulares.
Para el momento cuando un enérgico Antonio Ledesma hizo su aparición por televisión, exigiendo que se dieran ya los resultados, un sonoro cacerolazo se hacía oír de Este a Oeste en toda Caracas, la gente estaba arrecha, el día había sido largo, la tensión grande, se quería descansar ya, pero no se podía. No había resultados y uno no podía ni considerar el cerrar los ojos y dormir sin saber. Para las doce de la noche, nuevos y feroces comentarios comenzaron a circular, que sí Lina Ron, líder popular chavista, estaba llamando a gritos a su gente para ir hasta la plaza Altamira para desbaratar una concentración opositora allí, pero que nadie le hizo caso. Luego el rumor más sorprendente e inquietante de todos: estaban desmontando la tarima frente a Miraflores. Ese era el grito del triunfo del NO, pero ni así podíamos estar tranquilos, esta gente había demostrado en el pasado tal desprecio por la voluntad popular, apadrinados por el Centro Carter y la OEA, que nadie quería hacerse ilusiones. Y mientras llegaba la una de la madrugada el temor, la depresión y el desencanto comenzó a aflorar: no se daban los resultados porque se estaban maquillando las cifras, no reconocerían el triunfo que se sabía desde tempranas horas de la noche. Y nuevamente el cruce de mensajes de textos comenzó, llamando a los distintos grupos a esperar la señal para salir a la calle. Se esperaba sólo una chispa, y con cierto fatalismo se habló de que no podían matarnos a todos, que en algún momento se detendrían y el Gobierno entraría en crisis.
Pasadas la una de la madrugada, Tibisay Lucena, presidenta del CNE, hizo su aparición acompañada del resto de los rectores. Comenzó a leer los formulismos, lentamente, de forma desesperante, con voz tartajeante. En el Comando todo eran nervios, había un silencio de angustia, de esperanzas y de temor. Habían hombres y mujeres, muchachos y no tan muchachos, que miraban como hipnotizados la pantalla, con ojos intensos, deseando, esperando, tal vez rezando, parecían tener esperanzas, aún con los ojos aguados mientras oraban por lo bajo. Otros caminábamos de aquí para allá. Yo, lo confieso, me preparaba para lo peor, para otra bofetada, otra burla. Tibisay seguía, nadie la escuchaba en realidad, a mí, el corazón, mi corazón, no me dejaba oír nada. Comenzaron las cifras: “la opción del NO”, y dijo números que no escuché, “para un total…”. Y allí hubo como un gemido contenido, yo no quería oír, diría que habíamos perdido. Pero terminó: “del cincuenta coma…”. No había terminado de expresarla y ya gritábamos, saltábamos, la gente se abrazaba, reían, otros lloraban. Yo todavía no podía creerlo, no sé como el corazón no se me detuvo (se me acusó, desde mucho antes, de ser hombre de poca fe).
Pero había felicidad, más que eso, alivio. Ese mamotreto de reforma constitucional, que era el cambio por otra, una donde se legalizaban abusos y desplantes, desmanes, arbitrariedades, dejando la puerta franca para confiscaciones, adoctrinamientos y persecuciones, había sido derrotada. El trabajo estaba hecho, la gente había cumplido. Es difícil olvidar la intensidad del llanto de tantos, creo que en el fondo eran personas como yo, que aunque abrigaban esperanzas, y rogaban a Dios, aún sentían miedo, dudas, no del triunfo del NO, sino de que no fuera reconocido. Lo demás fueron las boberías de Hugo Chávez reconociendo su derrota, una ‘pírrica’ derrota que él no habría aceptado, olvidando convenientemente que su Asamblea Nacional había sido electa con el doce por ciento de todos los votantes inscritos y con un tres por ciento de votos nulos. Eso no lo recordó en ese momento ni los adulantes de turno. Luego vino la farsa de las felicitaciones al Presidente de gobiernos extranjeros por aceptar la derrota. Cuánta hipocresía y complicidad criminal de estos gobiernos, ¿acaso no era su deber acatar lo que dijeran las urnas? ¿O pensaban en verdad que estamos en manos de un mandamás que reina y decide por todos y hay que agradecerle portarse bien una vez?
En verdad estaban aliviados de que Chávez aceptara su derrota y que no la desconociera y sacara luego el ejército a las calles a cargar contra los manifestantes, porque eso habría sido feo, pero nada habrían dicho o hecho tampoco. Es fácil hablar cuando no hay consecuencias. Yo, como el gobierno español, no habría desperdiciado la oportunidad de quedarme callado. Felicitar al Gobierno, por aceptar un resultado real, es como imaginar que pudo no hacerlo, entonces ¿de qué clase de gobierno hablamos? La tercera imbecilidad que se dijo fue que se había demostrado confianza en el CNE y la independencia de poderes, como si el mismo Chávez no hubiera dicho de su propia boca (no que los venezolanos eran una mierda, eso vendría después), que él había ordenado al CNE no dar ningún resultado hasta que él tuviera todos los cómputos. Él no quería que se conocieran y el resto de Venezuela tuvo que calársela pero aún así, hay independencia. Esa noche se ganó bastante, más de lo que muchos imaginan, pero todavía falta.
Hoy el régimen no cuenta con la desidia complicidad del gobierno español en sus delitos, ni con el silencio cómplice y alcahueta del régimen en Colombia, quienes no desearon ver que de este lado el chacal estaba enloquecido de rabia y podía saltar la verja hacia su patio. Hoy, Venezuela está más sola, pero es mejor así para su lucha a tener que enfrentar a tantos gobiernos extranjeros que no hacen más que apadrinar regimenes criminales, como muchos hacen desde hace más de cuarenta años con el de Fidel Castro en la sufrida isla de Cuba. Pero en fin, esa noche celebramos, hubo que hacerlo aunque ya voces agoreras, como Baduel, la Colomina y Rafael poleo alertaban que sin importar lo que expresara la gente, el régimen intentaría introducir los cambios constitucionales, así actúan estas satrapías. Y así está ocurriendo; y desconcierta ver que Bolivia, Ecuador y Argentina van por el mismo camino.
Julio César.
Lo tienen bueno, barato y bonito…
Nada. En la vidriera enmarcada en colores oscuros no había ningún objeto, ninguna cosa que permitiera descifrar mejor aquel cartel: caballero, pase, descubra y lleve nuestro fascinante y excitante producto. Eso rezaba. Llamativo, exótico. Ambiguo. Los hombre, jóvenes y los no tanto, que se detenían y miraban, sentían la curiosidad correr por sus venas: pornografía, sólo podía tratarse de eso. Y tragaban saliva como los perros de Pavlov. Tan convencidos estaban que al acercarse alguna mujer por el pasillo del Centro Comercial escapaban casi a la carrera, como si temieran verse sorprendidos pagando a una trabajadora de la calle, y con moneditas. Generalmente la mujer que pasaba miraba el cartel, enfurruñaba la cara, también creía era pornografía y miraba al prófugo intentando descubrir quién era para denunciarlo.
Sin embargo, algunos entraban picados por la curiosidad. El lugar era pequeño, tal vez un metro y medio de ancho, por dos de largo ya que una barra alta limitaba el espacio. Detrás había una cortina, cerrada, que atrapaba las miradas calenturientas y desataba las imaginaciones (aunque todas iban camino a la bragueta, sin mucha originalidad), ¿qué habría allí, detrás de esas telas baratas de cuadritos?: pornografía, mucha, nueva y desconcertante pornografía, era la respuesta excitante y embriagadora. Incluso había quienes pensaban, los más desatados, en algún tipo de lugar donde hermosa chicas… La imagen quedaba corroborada por dos detalles. Uno era el vendedor, un joven delgado de sonrisa enigmática, agradable, atractivo a su manera, una que era ambigua también; la clase de sujeto que vende porno y no causa inquietud (o favores sexuales, pensaba mas de uno con ciertas cosquillas). El segundo detalle eran las fotografías en las paredes laterales.
Eran de chicas jóvenes, increíblemente pechugonas y cubiertas por mínimas tiritas por sostén, que invitaban a hacer preguntas: ¿Cómo se sostenían? ¿Por qué no reventaban? Las miradas de las chicas eran empañadas, sugerentes, anhelantes, como la de modelos profesionales, esas pobres muchachas muertas de hambre que parecen venir de veranear en Somalia y que se encontraran de pronto ante una hamburguesa con todo, caliente y olorosa. Las otras eran de tipos jóvenes, mazacotudos, lampiños y de miradas que intentaban ser virilmente masculinas, pero que difícilmente hubieran atraído la atención de las mujeres, inquietando únicamente a algunos tipos.
-¿Dígame, señor? –pregunta el joven, cortando al cliente, ¿qué iba a decir?
-Eh, yo, pasé para ver qué había.
-¿Sí…? –y lo mira fijamente, haciéndolo sudar.
-Si, me preguntaba… ¿qué venden aquí? –se lanza de sopetón, ¡ahora sabría!
-¿Usted qué buscaba? ¿Qué desea encontrar? –responde el chico y lo desconcierta y asusta.
-Yo, no lo sé, ¿qué venden…? –insiste, algo histérico, sintiéndose molesto también.
-Satisfacción. –responde con una sonrisa tonta, amistosa, como si explicara todo, y no explicaba un coño.- ¿Le interesa?
-No lo sé… -angustiado, presintiéndose atrapado en algún macabro juego, insiste.- Cuando dices satisfacción… -se corta y acalora, está molesto y curioso, desea irse, seguro de haberse equivocado, pero atado también. Allí debía haber algo inimaginable, bueno, sorprendente y único (porno del duro).
-Eso. Satisfacción. –repite el joven algo impaciente por primera vez, mirando elocuente su reloj.- ¿Le interesa o…? –y el otro se atraganta, quiere preguntar qué carajo es lo que tienen, pero no se anima.
-Bueno… -capitula.
Lo mira sonreír y entrar a la trastienda. El chico vuelve casi en seguida con una caja grandecita, aparentemente pesada. ¿Alguna muñeca? ¿Una caja de DVDs? ¿Algún libro? ¿Tal vez… (y tiembla de fiebre) algún juguetito exótico? El muchacho tiende la caja en la barra, al tiempo que otra persona, una mujer, sale de detrás de la cortina. El joven saca un libro hermoso, grueso, de apariencia muy costosa.
-Esta es nuestra mejor obra. Una Sagrada Biblia finamente encuadernada, para que aproveche sus momentos de ocio y soledad, ilustrada para que los muchachos la disfruten, y tiene hojas en blanco para que trace su árbol genealógico. Será la Biblia familiar, ¿no es hermosa, madre Teresa?
-Así es, hijo mío… -responde la monja sonriente, pero mirando al cliente con ojos de halcón.- ¿Se lleva esta sola o desea dos o tres más, para sus amistades?
……
Si yo tuviera dinero para botar, montaría un negocito así por una semana, tan sólo para molestar. De hecho pensé en titularlo: TRAMPA PARA TURISTAS; pero habría sido muy obvio, ¿verdad?
Julio César.
NOTA: Este es parte de una pequeña colección de relatos similares, que llamo DIVAGANCIAS, por lo tanto, y para no darme mala vida, usaré esta fotografía que tanto me gusta, siempre.
-No tengo nada, nada es mío... como no seas tú.
Ennis le gritó que si sabía que iba a México lo mataría; lo acusó de robarle toda una vida obligándolo a no ser nada. Le gritó que se fuera, que lo dejara... para luego caer mal.
-Perdóname, Jack, por favor… -deja escapar al fin, entre jadeos ahogados, él que no sabe llorar, ni explicarse, ni ser débil.
-Calma, todo está bien. –tiene que acunarlo al sentirlo temblar y caer, entregarse a su angustia como muy pocas veces ha hecho, y eso no le agrada. El tonto, el llorón era él, no Ennis.
-Olvida lo que te dije, nunca podría hacerte daño... nunca me dejes. Eres lo único que tengo al final, lo único que se supo mantener en mi vida; eres el único que siempre estuvo a mi lado, la única persona con la que siempre conté y necesité. Eres... –y se ahoga, ocultando el rostro mojado contra su pecho, percibiendo el corazón amado.
-¡Basta! –lo calla con urgencia.- Hablaremos de eso después. Ahora sólo cálmate. –le sonríe lleno de amor pero también de inquietud. Sabía mal al dueño de su corazón, pero también sabía que si Ennis decía algo ahora, dejándose llevar por su dolor, mañana se arrepentirá de todo lo expresado, mortificándose, atormentándose inútilmente; porque así era. Y él, que lo amaba tanto, hasta ese dolor quería evitarselo; media vida la había dedicado a eso, a quererlo, y eso significó sacrificar muchas veces lo que deseaba hacer u oír, por él, por su Ennis del Mar.- Cálmate ya, vaquero… vamos a tomar algo de whisky... todavía nos quedan unas horas para despedirnos. Mira el riachuelo... que azul, la tarde va cayendo, tal vez las truchas se atonten y pesquemos una, al menos una vez antes de partir...
Julio César.